Deathlok Marvel Limited Edition TPB 2: aventuras solventes y apariciones olvidables

Este segundo Marvel Limited Edition de Deathlok demuestra que, en Marvel, incluso cuando un personaje cae en el limbo editorial siempre hay alguien dispuesto a sacarlo de allí para meterlo en un cómic donde probablemente nadie sabía muy bien qué hacer con él. Después de un primer volumen extraordinario, que recogía la revolucionaria etapa de Rick Buckler y Doug Moench, aquí toca asistir a las apariciones posteriores de Luther Manning entre 1976 y 1984. Y la diferencia es considerable. Hemos pasado de un personaje adelantado a su tiempo a una especie de invitado especial que aparece por ahí, saluda, recibe una paliza y vuelve a desaparecer. Un poco como ese familiar al que solo ves en bodas y siempre acaba igual de borracho y llamando la atención.

Panini Comics junto a SD reúne en 200 páginas Marvel Team-Up #46, Marvel Spotlight #33, Marvel Two-In-One #26-27 y #54, y Captain America #286-289. Una selección bastante interesante desde el punto de vista histórico porque permite seguir qué hizo Marvel con Deathlok después de cancelar su serie regular. Y la respuesta, durante bastante tiempo, parece ser: “pues que se pase por otras colecciones y ya veremos”. Entre medias aparecen Spiderman, la Cosa, Nick Furia, Thundra y el Capitán América, porque si algo tenía Marvel en los setenta y ochenta era una extraordinaria capacidad para organizar reuniones familiares sin avisar a nadie.

El volumen arranca con Marvel Team-Up #46, escrito por Bill Mantlo y dibujado por Sal Buscema, con Mike Esposito y Petra Goldberg en el apartado artístico. Y aquí Deathlok tiene la suerte de caer en manos de dos profesionales que sabían perfectamente cómo construir una historia de superhéroes clásica sin necesidad de que nadie inventara la rueda. Spiderman viaja accidentalmente en una máquina temporal del Doctor Muerte y termina en el futuro devastado de Deathlok. Porque, evidentemente, cuando Peter Parker toca una máquina del tiempo, lo normal es acabar en una distopía tecnológica llena de cadáveres y no en unas vacaciones en la playa. Mantlo aprovecha muy bien el contraste entre el humor y la humanidad de Spiderman y el tono oscuro del mundo del ciborg. Sal Buscema, por su parte, es Sal Buscema haciendo lo que mejor sabía hacer. Es una aventura sencilla, pero funciona extraordinariamente bien. Deathlok no necesita ser explicado con veinte páginas de exposición: basta con poner a Spiderman en su mundo para que entendamos lo jodido que está todo.

Después llega Marvel Spotlight, con David Kraft, Rich Buckler, Klaus Janson, Arvell Jones, Michael Nasser y Don Warfield. Esta historia continúa directamente los acontecimientos del primer volumen y recupera la dimensión más propia del personaje. Aquí se nota que Deathlok funciona mucho mejor cuando la historia gira alrededor de él y no cuando aparece como figurante con armadura. La mezcla de ciencia ficción, viajes temporales, conspiraciones y futuros apocalípticos sigue teniendo bastante encanto. El problema llega con Marvel Two-In-One. Aquí Deathlok se encuentra con la Cosa y, francamente, parece que alguien en Marvel ha decidido que si el personaje no tiene una serie propia siempre puede utilizarse como electrodoméstico argumental. En los números #26 y #27, escritos por Marv Wolfman y dibujados por Ron Wilson, Deathlok aparece en el presente y termina metido en una historia con Mentallo y el Arreglador. Hasta aquí, todo razonable. El problema es que Luther acaba convertido prácticamente en un pelele, prisionero de los Cuatro Fantásticos y posteriormente víctima de un aparato de control mental. La cosa llega a tal extremo que Ben Grimm tiene que viajar hasta Inglaterra para conseguir curarlo. Deathlok, el Demoledor, el hombre atrapado en una pesadilla tecnológica del futuro, reducido básicamente a “paciente con problemas de mantenimiento”. La evolución del personaje resulta tan poco digna que casi esperas que Reed Richards aparezca con una caja de herramientas.

Luego tenemos el Marvel Two-In-One #54, de Mark Gruenwald, Ralph Macchio, John Byrne, Joe Sinnott y Bob Sharen. Aquí Deathlok vuelve a convertirse en una especie de robot sin voluntad y acaba destruido por la Cosa y Quasar. Sí, destruido. Después de sobrevivir a futuros distópicos, viajes temporales, guerras y conspiraciones, resulta que lo que necesitaba era encontrarse con el departamento de guion de Marvel Two-In-One. Eso sí, hay que reconocer que contemplar a John Byrne dibujando estos cómics tiene premio. Aunque la historia no haga justicia al personaje, visualmente resulta muy disfrutable. Y es precisamente uno de los grandes atractivos de este tipo de recopilaciones. Incluso cuando el guion te está haciendo preguntarte qué has hecho para merecer esto, aparece un Byrne en plena forma y recuerdas por qué estos tebeos siguen teniendo interés décadas después.

Entonces llega el Capitán América. Los números #286-289, escritos por J. M. DeMatteis y dibujados por Mike Zeck, cambian completamente el panorama. Aquí Deathlok deja de ser el invitado de la semana y recupera aquello que hacía especial al personaje. Luther Manning viaja al presente de 1984 para intentar impedir el acontecimiento que desencadenó el futuro apocalíptico del que procede. Y el Capitán América termina viajando con él hasta esa línea temporal para enfrentarse a Hellinger. DeMatteis encuentra algo que parecía haberse perdido durante años: una razón para que Deathlok exista. Su historia deja de ser una sucesión de apariciones y se convierte en una auténtica conclusión. Hay tragedia, ciencia ficción, viajes temporales, identidad, sacrificio y una reflexión bastante interesante sobre la posibilidad de cambiar un futuro que parecía condenado. Y, sobre todo, hay algo insólito en un cómic de superhéroes. Un personaje que consigue cerrar su historia de una manera satisfactoria.

Mike Zeck está, además, espectacular. Su dibujo tiene una potencia tremenda y convierte cada página en una demostración de músculo gráfico sin necesidad de llenar todo de fuegos artificiales. Las escenas de acción funcionan, los personajes tienen presencia y Deathlok conserva ese aspecto entre humano, máquina y cadáver tecnológico que le sienta tan bien. Y las portadas son otro asunto. Algunas de las imágenes de Zeck forman parte de esa colección de portadas que uno puede reconocer décadas después, aunque haya olvidado perfectamente qué número estaba comprando.

Como lectura nueva, por tanto, el volumen es irregular. Como pieza de coleccionismo, resulta mucho más valioso. Ahí está probablemente la razón principal para agradecer esta edición de Panini. Permite reunir las apariciones clásicas de Deathlok y completar el recorrido de Luther Manning después de su serie original. Para un personaje tan peculiar y con una trayectoria tan accidentada, tener todo este material ordenado en dos tomos tiene bastante sentido. Porque Deathlok nunca fue un personaje diseñado para encajar cómodamente en el Universo Marvel. Era demasiado extraño, demasiado oscuro y demasiado preocupado por la ciencia ficción y los futuros distópicos para limitarse a intercambiar mamporros con el villano de turno. Cuando los autores entienden eso, funciona de maravilla. Cuando no, termina convertido en un robot al que la Cosa puede desmontar antes de irse a tomar una cerveza.

Quizá esa sea la gran paradoja de este segundo volumen. Deathlok está mucho mejor cuando los autores recuerdan quién es que cuando recuerdan simplemente que existe. Por suerte, DeMatteis y Zeck llegan al final para poner un poco de orden en el desastre y demostrar que Luther Manning todavía tenía una historia que contar. El primer tomo demostraba que Deathlok podía ser revolucionario. Este segundo demuestra que, incluso después de caer en el olvido, todavía podía conseguir un final digno.

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