Marvel Must-Have. Masacre: Presidentes muertos

Estados Unidos tiene muchos problemas. Algunos económicos, otros sociales, otros políticos con su presidente naranjito y, por lo visto, también uno necromántico. Porque si algo necesitaba el país para solucionar sus desgracias era resucitar a todos sus presidentes muertos y descubrir que, una vez fuera de la tumba, tampoco están demasiado contentos con cómo ha quedado el invento. Una idea tan disparatada que solo podía acabar en manos de Masacre, el único sujeto al que puedes encargar una misión de semejante calibre sin que nadie se moleste en comprobar si ha entendido correctamente las instrucciones. Todo eso aparece en el tomo de «Masacre: Presidentes muertos» que recopila los seis primeros números de Deadpool vol. 4, con Gerry Duggan y Brian Posehn al frente del guion, y supone el comienzo de una de las etapas más recordadas del personaje.

La premisa es de esas que parecen concebidas durante una conversación especialmente poco productiva. Un antiguo agente de S.H.I.E.L.D. se dedica a resucitar presidentes estadounidenses para que arreglen el país. El pequeño inconveniente es que regresan convertidos en una colección de cadáveres homicidas con muy pocas ganas de debatir sus diferencias mediante el diálogo. Y como mandar a los Vengadores a asesinar expresidentes quedaría regular en las fotos oficiales, alguien decide que la solución diplomática es enviar a Wade Wilson. Porque, naturalmente, si tienes un problema relacionado con George Washington, Abraham Lincoln, Nixon y compañía, lo primero que buscas es a un mercenario psicópata con la cara hecha un mapa y una tendencia preocupante a solucionar cualquier discusión a tiros. La política estadounidense nunca había tenido un protocolo de actuación tan sencillo.

Duggan y Posehn entienden perfectamente que la gracia no está solamente en la ocurrencia inicial. Podrían haberse limitado a presentar un presidente zombi detrás de otro para que Masacre lo despedace mientras hace chistes. Y durante algunos momentos, de hecho, se acercan peligrosamente a esa fórmula. Pero el arco tiene bastante más intención de la que aparenta. Cada presidente sirve como excusa para jugar con alguna peculiaridad histórica, convirtiendo la trama en una especie de concurso de cultura general en el que la respuesta correcta consiste en descubrir qué mandatario va a recibir la próxima ensalada de espadazos. Washington y Lincoln tienen un papel especialmente destacado, mientras que otros mandatarios aparecen casi como figurantes de lujo. Chester A. Arthur ese presidente que nombraron en Jungla de Cristal 3 puede estar tranquilo. Quizá no tenga demasiado protagonismo, pero al menos ha conseguido algo que muchos políticos vivos envidiarían, aparecer en un cómic de Masacre y salir de él relativamente indemnes.

El arranque funciona especialmente bien porque Wade no está solo. Primero tenemos a Benjamin Franklin convertido en una especie de fantasma asesor, que ya es una situación bastante complicada para cualquier persona normal, pero absolutamente cotidiana para Masacre. Después aparece la agente Preston, que empieza como enlace de S.H.I.E.L.D. y acaba adquiriendo una importancia mucho mayor. Preston cumple además una función fundamental: ser la persona relativamente normal que tiene que contemplar todo este despropósito y preguntarse, presumiblemente cada cinco minutos, por qué no ha solicitado un traslado.

Entonces llega Doctor Extraño. La aparición del buen Stephen mejora considerablemente la dinámica porque Masacre necesita personajes capaces de devolverle los golpes verbales. El personaje funciona especialmente bien cuando tiene delante a alguien que no se deja arrastrar inmediatamente por su locura. Strange mantiene su habitual aire de superioridad mientras Wade convierte cada conversación en una oportunidad para decir alguna barbaridad. La combinación tiene un ritmo cómico estupendo y demuestra algo que Duggan y Posehn parecen tener bastante claro. Masacre es mucho más divertido cuando tiene alguien con quien rebotar sus chistes.

La parte gráfica es otro de los grandes atractivos del volumen. Tony Moore se lo pasa estupendamente con el concepto y eso se nota. Su Masacre puede recibir cantidades de daño que harían dimitir a cualquier otro protagonista, pero aquí sirven para que Moore convierta cada combate en una carnicería de primera categoría. Sangre, vísceras, cadáveres putrefactos y miembros amputados aparecen con una alegría considerable, mientras Val Staples aporta el color necesario para que semejante festival de anatomía superheroica mantenga el tono de comedia. Moore, además, entiende algo esencial del personaje. Masacre puede resultar grotesco, pero nunca debería parecer simplemente desagradable. Su rostro desfigurado, sus poses exageradas y la expresividad de los personajes consiguen que la violencia tenga un componente caricaturesco. Es una diferencia importante. No estamos ante una historia de terror sobre cadáveres resucitados; estamos ante una comedia de acción en la que los cadáveres resucitados necesitan urgentemente que alguien vuelva a matarlos. Y ese alguien es Wade.

El tramo final consigue elevar la propuesta por encima de la simple gamberrada. La agente Preston adquiere un papel fundamental y la historia introduce un giro que afecta directamente al personaje. Sin desvelar demasiado los dos personajes quedan unidos más que nunca y eso hace que se abriera una nueva vía narrativa que tendrá consecuencias en la etapa posterior. De repente, aquello que parecía una excusa para hacer chistes sobre presidentes muertos empieza a construir una nueva dinámica para Wade. También queda una cuestión más personal relacionada con el propio Masacre, planteada a través de Doctor Extraño, que permite vislumbrar que Duggan y Posehn no quieren limitarse a encadenar ocurrencias durante toda la serie. Debajo de los chistes, la sangre y los presidentes zombis hay intención de desarrollar al personaje y explorar qué demonios queda de Wade Wilson cuando se acaba la broma.

Eso es precisamente lo que hace que este tebeo funcione mejor de lo que debería. La premisa es una estupidez monumental. Pero está escrita con suficiente oficio como para que esa estupidez tenga recorrido. Duggan y Posehn saben cuándo apretar el acelerador, cuándo introducir un personaje que cambie la dinámica y cuándo utilizar una barbaridad como punto de partida para algo ligeramente más serio. Y Tony Moore parece haber llegado a la serie con una única pregunta en mente: «¿Cuánta sangre puedo meter antes de que alguien de Marvel me diga que pare?». Afortunadamente para todos nosotros, parece que nadie se lo dijo.

Panini Comics recupera ahora estos seis números dentro de la colección Marvel Must-Have, una elección bastante lógica para un arco que funciona como puerta de entrada a una etapa completa. Es un tomo de esos que no necesitan demasiadas explicaciones: presidentes muertos, Masacre, magia, S.H.I.E.L.D., Doctor Extraño, el bueno de Benjamin convertido en fantasma y una cantidad de sangre suficiente para que cualquier profesor de Historia estadounidense abandone la profesión.

No es perfecto. Algún chiste se alarga demasiado, ciertas transiciones tienen la elegancia de una paella de chorizo con salchichas y el argumento amenaza ocasionalmente con convertirse en una sucesión de ocurrencias. Pero cuando funciona, funciona condenadamente bien. Porque «Masacre: Presidentes muertos» demuestra que para revitalizar a Wade no hacía falta complicarlo demasiado. Bastaba con quitarle algunas cositas que se habían vuelto cansinas, rodearlo de personajes capaces de plantarle cara y entregárselo a dos guionistas con ganas de hacer el cafre. El resultado es una etapa que entiende que la inteligencia y la estupidez pueden convivir perfectamente en la misma viñeta. Y pocas cosas resumen mejor el cómic que la idea de resucitar a todos los presidentes muertos para que salven Estados Unidos y, después de descubrir que han vuelto convertidos en una panda de homicidas, confiar la salvación nacional a Wade Wilson. Porque cuando la democracia se va al infierno, siempre queda Masacre para terminar de rematarla.

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