A Nick Drake le pasó una de esas cosas que convierten una vida en una paradoja bastante cruel. Consiguió ser mucho más famoso después de muerto que cuando estaba vivo. No es precisamente el tipo de promoción que uno recomendaría a un músico, salvo que el departamento de marketing del sitio ese donde se supone que van las almas haya mejorado muchísimo sus estrategias de venta. Durante su corta carrera publicó únicamente tres discos, pasó bastante olímpicamente de conciertos y entrevistas y consiguió que su música llegara a muy poca gente. Después murió con solo 26 años y, con el tiempo, aquella escasa repercusión se transformó en culto. De repente, todos parecían haber descubierto al genio que nadie había tenido demasiado interés en escuchar cuando todavía podía haberlo disfrutado.

Nick Drake es, por tanto, uno de esos artistas que parecen diseñados para alimentar la leyenda del creador maldito: talento extraordinario, escaso reconocimiento, aislamiento, problemas personales, una muerte prematura y una obra que acaba siendo reivindicada por generaciones posteriores. Un material que, en manos de Jason, parece casi una invitación formal a hacer un cómic. El noruego lleva décadas demostrando que siente cierta debilidad por personajes peculiares, artistas, escritores, músicos y demás criaturas humanas que parecen llevar una existencia ligeramente desplazada respecto al resto de la sociedad. Y si alguien podía contar la historia de Drake sin convertirla en una sucesión de fechas, discos y tragedias subrayadas con rotulador rojo, ese alguien era Jason.
«Cello Song. La historia de Nick Drake» no pretende ser una biografía musical exhaustiva. Si alguien viene buscando una reconstrucción minuciosa de cada sesión de grabación, la lista completa de músicos que participaron en sus discos o un apasionante relato sobre las ventas probablemente haya mejores opciones. Jason está interesado en otra cosa. En el hombre que había detrás de esas canciones y, sobre todo, en la distancia cada vez mayor que se fue abriendo entre Nick Drake y el mundo que lo rodeaba. Y ahí es donde el cómic encuentra su verdadera personalidad.

Jason no necesita llenar las páginas de explicaciones para mostrarnos a alguien que se va encerrando progresivamente en sí mismo. Sus personajes hablan poco, se miran mucho y parecen tener permanentemente algún pensamiento a varios kilómetros de distancia. En este tebeo esa característica se convierte en una herramienta perfecta. Los silencios pesan, las conversaciones parecen quedarse a medias y determinados momentos cotidianos adquieren una importancia mucho mayor de la que tendrían en una biografía convencional. Porque el Nick Drake de Jason no es solamente el músico que compuso canciones delicadas y melancólicas. Es también un hombre que parece incapaz de encontrar su lugar, alguien que se va alejando de los demás mientras intenta refugiarse en su propio universo. La música es fundamental, por supuesto, pero Jason está mucho más interesado en aquello que sucede alrededor de ella: las frustraciones, la incomunicación, las expectativas incumplidas y esa sensación de estar viviendo una existencia que se escapa poco a poco entre los dedos.
Lo interesante es que Jason no intenta desaparecer detrás de Nick Drake. Podría haber ocurrido fácilmente. Cuando un autor adapta la vida de una figura tan peculiar, existe siempre el riesgo de que el protagonista termine devorando al creador. Aquí sucede justo lo contrario: Drake entra en el universo de Jason y ambos mundos se contaminan mutuamente. El músico conserva su identidad, pero la historia adquiere el particular sentido del humor, el surrealismo y la melancolía que caracterizan al autor noruego. Y resulta especialmente apropiado porque existe una especie de parentesco espiritual entre ambos. Nick Drake construyó una música íntima, contenida y profundamente personal. Jason hace algo parecido con sus cómics. Ninguno necesita levantar demasiado la voz para conseguir que algo termine resonando. La diferencia es que Jason ha tenido bastante más suerte con el público que Drake. Por lo menos de momento no parece necesario esperar a su fallecimiento para empezar a comprar sus tebeos, detalle que siempre es de agradecer.

Gráficamente, Jason vuelve a demostrar por qué su estilo es tan reconocible. Su dibujo aparentemente sencillo esconde una extraordinaria capacidad en su trazo. Las figuras, limpias y estilizadas, están construidas con muy pocas líneas, pero cada una parece ocupar exactamente el lugar que necesita. No sobra prácticamente nada. Es una economía visual que puede parecer fácil hasta que uno intenta hacer algo parecido y descubre que, efectivamente, no era fácil en absoluto. En este tebeo funciona especialmente bien porque el dibujo consigue mantener un curioso equilibrio entre la ligereza y la tristeza. Las imágenes pueden resultar simpáticas, incluso cómicas, mientras debajo permanece siempre esa sensación de pérdida. Jason no necesita dibujar una lágrima gigantesca ocupando media viñeta para transmitir tristeza. Le basta con colocar a un personaje en una habitación, hacerlo mirar hacia algún sitio y dejar que el lector complete lo que está sucediendo. Esa confianza en el lector es una de las grandes virtudes del comic.
Por otro lado, la edición española de Astiberri presenta las 104 páginas del álbum en rústica con solapas, con traducción de Óscar Palmer, rotulación de Ana González de la Peña y maquetación de Alba Diethelm. Un trabajo editorial que acompaña adecuadamente una obra en la que el silencio y el ritmo tienen tanta importancia como los propios diálogos.

Nick Drake murió demasiado joven, después de haber pasado buena parte de su vida sintiéndose fuera de lugar y de haber conseguido un reconocimiento que llegó cuando ya no podía disfrutarlo. Jason, por su parte, consigue algo mucho más complicado que reconstruir esa vida: consigue transmitir la sensación de estar dentro de ella. Y eso deja un poso extraño cuando cerramos el tebeo. Porque quizá «Cello Song» no sea tanto la historia de un músico que murió demasiado pronto como la historia de un hombre que nunca terminó de encontrar una manera satisfactoria de estar en el mundo. Jason lo cuenta sin grandes aspavientos, con sus personajes de ojos enormes, sus silencios, sus absurdos y sus pequeños golpes de humor. Como si incluso ante una tragedia semejante todavía hubiera espacio para mirar la vida de reojo y pensar que, francamente, menudo desastre de planeta nos ha tocado.
