Convertir a prácticamente todos los habitantes de Manhattan en personitas araña no parece, a primera vista, la idea más sensata que se le puede ocurrir a un guionista. Aunque, pensándolo bien, en un universo donde se existen chicas ardilla, cabezones con piernas muy pequeñas o mujeres con extensiones más largas que el acueducto de Segovia está situación no debería sorprendernos. Si además el responsable de semejante despropósito es Dan Slott, podemos esperar que detrás del festival de telarañas haya algo más que gente pegándose tortazos por las fachadas.

Eso sucede en el número 34 del Marvel Saga TPB del «El Asombroso Spiderman» que recupera Spider-Island, una de las grandes sagas de la etapa de Slott al frente del trepamuros. La idea tan sencilla como acertada. Una misteriosa infección empieza a convertir a los ciudadanos de Nueva York en versiones de nuestro querido Peter. De repente, cualquiera puede lanzar telarañas, trepar por las paredes, saltar como una pulga con sobredosis de cafeína y, presumiblemente, llegar tarde al trabajo con una excusa bastante más convincente que “se me ha pegado la sábana”. El problema es que tener poderes no convierte automáticamente a nadie en héroe. Y aquí está precisamente la gracia del asunto. Slott utiliza una premisa deliberadamente disparatada para volver a una de las ideas fundamentales del personaje: la responsabilidad. Porque una cosa es tener poderes arácnidos y otra muy distinta decidir qué hacer con ellos. Algunos ciudadanos descubren que pueden utilizarlos para ayudar a los demás; otros concluyen que, ya que les ha tocado la lotería genética, lo lógico es dedicarse al robo. El ser humano, siempre demostrando que la evolución tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Eso sí, Peter Parker se encuentra con el peor de los problemas posibles para alguien acostumbrado a ser “The Special One” como diría un aficionado al futbol cuando de repente ya no es especial. La ciudad está llena de personas que pueden hacer prácticamente lo mismo que él. Y, sin embargo, pronto queda claro que Peter no es Spiderman por poder pegarse a una pared o lanzar telarañas. Lo es porque lleva años tomando decisiones incómodas, sacrificando su propia felicidad y metiéndose en problemas que nadie le había pedido que solucionara.

Slott aprovecha muy bien esta situación para reivindicar al personaje sin necesidad de ponerse solemne ni escribir un tratado filosófico sobre la responsabilidad. La aventura funciona como un espectáculo superheroico gigantesco, pero debajo de las explosiones, los villanos, los poderes arácnidos y la inevitable acumulación de gente disfrazada hay una reflexión bastante sencilla sobre por qué Peter Parker sigue siendo Peter Parker. Y eso permite que Spider-Island sea mucho más divertida cuando abandona el protagonismo exclusivo de Peter. Tía May, Mary Jane, Carlie Cooper, J. Jonah Jameson y un buen puñado de secundarios tienen sus momentos de gloria. Especialmente divertido resulta contemplar qué ocurre cuando personajes que conocemos perfectamente reciben de golpe las habilidades especiales. Algunos reaccionan con responsabilidad. Otros se vienen arriba. Y Jameson, naturalmente, demuestra que incluso con poderes arácnidos sigue siendo Jameson. La genética podrá darte telarañas, pero no hay virus en el planeta capaz de curar según qué manías.
Por supuesto, detrás de todo está el Chacal, porque si en una historia de Spiderman aparece una plaga relacionada con arañas y experimentos científicos, apostar por Miles Warren no requiere exactamente la capacidad deductiva de Sherlock Holmes. El villano vuelve acompañado de nuevas amenazas y de una conspiración que va creciendo hasta adquirir dimensiones bastante más serias. Slott sabe manejar muy bien ese equilibrio entre el tono juguetón de la historia y las consecuencias dramáticas que van apareciendo conforme avanzamos. También hay espacio para ampliar el papel de Peter dentro del Universo Marvel. Su relación con la Fundación Futuro y los Nuevos Vengadores ayuda a recordar que, aunque el tipo siga preocupándose por llegar a fin de mes y por sus problemas sentimentales, ya no es simplemente el superhéroe adolescente que se balanceaba por Nueva York en solitario. Peter ha terminado convertido en una pieza importante del entramado superheroico de Marvel. Una ironía considerable para un personaje cuya vida personal sigue teniendo la estabilidad laboral de un castillo de naipes durante un terremoto.

En el apartado artístico tenemos a Humberto Ramos como principal responsable de que esta invasión arácnida tenga semejante energía. Su estilo encaja especialmente bien con el tono de Slott. Ramos puede llenar una página de personajes, acción, edificios, telarañas y gente haciendo cosas que desafían las leyes de la física sin que la escena pierda dinamismo. Su Spiderman tiene una elasticidad casi caricaturesca que le viene de maravilla a una historia que nunca pretende comportarse como un drama realista. Y cuando toca representar Manhattan convertido en una gigantesca guardería de trepamuros, Ramos parece pasárselo particularmente bien. Hay páginas cargadas de personajes en las que resulta casi imposible no detenerse a buscar qué está haciendo cada uno. Eso también provoca alguna secuencia algo más confusa de lo deseable, pero tampoco vamos a exigir orden administrativo a una ciudad en la que millones de personas acaban de recibir poderes de araña. El resto del dibujo se reparte entre nombres como Giuseppe Camuncoli, Stefano Caselli, Barry Kitson, Lee Garbett, Emma Ríos o Max Fiumara, entre otros. La variedad estilística es inevitable en un arco de estas dimensiones, aunque el conjunto mantiene una coherencia suficiente para que los cambios no resulten especialmente problemáticos. La labor de los entintadores y coloristas como Carlos Cuevas, Karl Kesel, Javier Rodríguez, Edgar Delgado o Marte Gracia también contribuye a mantener ese tono de peliculero que pide la historia.
Spider-Island funciona, así como una especie de examen colectivo de responsabilidad disfrazado de orgía arácnida. Y Slott consigue que no parezca que estamos asistiendo a una clase de educación cívica impartida por un señor vestido de licra. Hay humor, acción, sorpresas, secundarios con protagonismo, villanos, simbiontes y suficientes telarañas como para dejar Manhattan convertida en un gigantesco tendedero. Además, leído hoy, resulta interesante comprobar hasta qué punto Slott tenía clara su manera de entender al personaje y su universo. No se limita a recuperar elementos clásicos, sino que los mezcla con nuevas ideas y utiliza el enorme reparto del hombre araña para construir una historia que puede ser espectacular sin olvidarse de aquello que hace que Peter Parker siga funcionando después de tantas décadas.

El resultado es un tomo voluminoso que incluyen los números The Amazing Spider-Man 659-673 y FCBD 2011, con 258 páginas, en rústica y con traducción de Santiago García, que Panini Comics publica en su línea Marvel Saga TPB. Un tomo bastante más grande del resto de la línea debido a la cantidad de cosas que se meten aquí dentro. Al final, la gran broma de este tomo del Asombroso Spiderman consiste en que la historia empieza preguntándose qué ocurriría si todo el mundo pudiera ser alguien con poderes arácnidos y termina demostrando justamente lo contrario. El hombre araña no consiste únicamente en tener poderes. Y eso, viniendo de una saga en la que Manhattan parece haber sido tomada por una convención de cosplayers de los primos de Tom Holland, tiene bastante mérito.
