Spiderman y Lobezno 2: fusiones imposibles

Nos subimos al Delorean y llegamos a los años noventa. Estamos muy cerca pero no del todo. Basta con abrir el segundo tomito de «Spiderman y Lobezno» y dejar que Kaare Andrews y Gerardo Sandoval nos recuerden cómo era aquella maravillosa época en la que los superhéroes tenían músculos suficientes para alimentar durante meses a toda la industria cárnica. Panini Comics continua la recopilación en este volumen los números 6 a 10 de la serie de Marc Guggenheim, y el resultado es exactamente lo que promete: acción, multiversos, violencia, chistes, personajes fusionados y dos tipos con problemas que solucionan sus diferencias repartiendo sopapos.

Después de un primer arco que dejaba sensaciones bastante desiguales, Guggenheim decide que lo mejor para recuperar el pulso es subir el volumen hasta que salten los altavoces. El número 6 funciona como una especie de epílogo de lo anterior, intentando profundizar en la relación entre Peter Parker y Logan y, de paso, reflexionando sobre la responsabilidad, la muerte y esa pequeña diferencia moral que existe entre «yo no mato» y «yo mato porque alguien tiene que hacerlo». Un asunto que podría dar muchísimo juego entre Spiderman y Lobezno, dos personajes que llevan décadas discutiendo precisamente porque uno intenta conservar cierta humanidad mientras el otro la lleva a navajazos. El problema es que este episodio se queda un poco en tierra de nadie. La relación entre ambos protagonistas debería ser el motor de la historia, pero aquí parece que Guggenheim está buscando las piezas del motor debajo del sofá. Hay conversaciones, bromas, algún viejo conocido pero la sensación es la de estar ante un capítulo que necesita existir porque la numeración dice que tiene que existir. No es un desastre, ni mucho menos, pero tampoco es precisamente el momento en el que uno se levanta del sofá y grita «¡esto es el noveno arte!».

Por suerte, a partir del número 7 la cosa cambia considerablemente. Y cambia porque Guggenheim parece comprender que, si vas a montar una historia de Spiderman y Lobezno ambientada en el multiverso y protagonizada por un villano que se dedica a coleccionar versiones alternativas de nuestros héroes, lo último que necesitas es ponerte demasiado solemne. Aquí toca pisar el acelerador, lanzar a los protagonistas a otra realidad y comprobar qué ocurre cuando Marvel decide meter todos sus juguetes en una batidora. Y la respuesta es bastante divertida.

Peter y Logan terminan en un universo alternativo donde las cosas han salido incluso peor de lo habitual, que ya tiene mérito. Allí aparece Arachnix, una especie de amalgama de Spiderman y Lobezno que ha decidido que matar versiones alternativas de ambos es una estupenda manera de pasar el rato. Porque si algo nos ha enseñado el multiverso es que siempre existe una versión de cualquier personaje que tiene peores ideas que el original. Y, naturalmente, también aparecen versiones fusionadas de otros personajes, con combinaciones tan absurdas como curiosas. Namthor(demasiado pecho para este personaje), Hulkamental(ojo con el nombre) y compañía parecen diseñados siguiendo el principio científico de «¿y si juntamos estas dos cosas y vemos qué pasa?». No es precisamente algo muy nuevo. Tampoco pretende serlo. Y quizá ahí esté buena parte de su encanto.

Marc Guggenheim construye una aventura muy clásica, con Peter y Logan enfrentándose a una amenaza gigantesca mientras saltan de un escenario a otro. La trama es bastante más ligera que en el volumen anterior y, en determinados momentos, incluso demasiado ligera. Algún episodio tiene aroma de relleno y se nota cierta prisa por llegar a la conclusión. Pero también es verdad que aquí el objetivo no parece ser construir una epopeya que cambie para siempre el Universo Marvel. El objetivo es que Spiderman y Lobezno se peguen con cosas muy grandes mientras intercambian pullas. Y en eso funciona.

La relación entre ambos también está mejor llevada. Peter y Logan se conocen demasiado bien como para fingir que son amigos normales, así que su dinámica se mueve entre la camaradería, el cariño mal disimulado y esa clase de relación en la que uno insulta al otro mientras le salva la vida. Guggenheim aprovecha bien las diferencias entre ambos. Peter sigue siendo el tipo que intenta encontrar una salida sin matar a nadie y Logan continúa siendo el señor que considera que una solución permanente tiene ciertas ventajas. La gracia está en que, pese a sus diferencias, existe un respeto evidente entre los dos. Incluso cuando el guion se pone sentimental con Logan y Mariko, la historia consigue mantener un cierto equilibrio entre emoción y cachondeo superheroico. El reencuentro con Mariko aporta un componente más humano y permite recordar que debajo de las garras, los chistes y los músculos de titanio también hay un personaje cargando con una colección de tragedias sentimentales que daría para varias telenovelas japonesas.

Pero si algo domina este tomo es el apartado gráfico. Kaare Andrews y Gerardo Sandoval parecen haber recibido una instrucción muy sencilla: «dibujad los noventa». Y vaya si la cumplen. Andrews está especialmente cómodo en este terreno. Sus páginas tienen movimiento, exageración y un sentido del espectáculo que encaja como un guante con el tono de la serie. Spiderman se mueve como si la gravedad fuera simplemente una recomendación y Lobezno adopta poses que probablemente provocarían una hernia a cualquier ser humano que intentara imitarlas. Las proporciones pueden resultar ocasionalmente bastante particulares, pero forma parte del espectáculo. Aquí no hemos venido a comprobar si la anatomía humana permite que alguien tenga ese bíceps y, al mismo tiempo, pueda rascarse la espalda.

Sandoval, por su parte, tampoco se queda corto. Su dibujo tiene esa espectacularidad hipertrofiada tan característica del cómic superheroico de los noventa. músculos por todas partes, poses imposibles, personajes lanzándose unos contra otros y una energía que hace que incluso una conversación parezca estar a punto de convertirse en una pelea de taberna. En las secuencias de acción funciona especialmente bien, y consigue que los combates tengan una plasticidad considerable. El contraste entre Andrews y Sandoval resulta interesante porque ambos entienden perfectamente cuál es el espíritu de la serie. No buscan realismo. Buscan espectáculo. Y cuando aparece una criatura fusionada o una versión alternativa de algún personaje, directamente parece que han abierto un cajón lleno de juguetes Marvel y han decidido juntarlos sin leer las instrucciones. Brian Reber completa el festín con un colorido que ayuda a potenciar ese aspecto de cómic superheroico desatado. Las páginas necesitan llamar la atención y lo hacen. Aquí no hay intención de pasar desapercibido. Si un personaje puede ocupar media página mientras lanza una hostia que probablemente alteraría la órbita terrestre, pues se hace. Y si puede hacerlo mientras enseña abdominales suficientes para montar un rallador de queso, mejor todavía.

Eso sí, también hay que aceptar que el volumen es más irregular que el anterior. Hay momentos en los que la historia parece avanzar a trompicones y otros en los que el homenaje se come directamente el plato principal. Las fusiones de personajes son una idea simpática, pero también tienen ese aroma a «hemos pensado esto mientras tomábamos un café y ahora necesitamos cinco números para demostrar que era buena idea». Y el multiverso, como suele ocurrir, permite prácticamente cualquier cosa, lo que puede ser una bendición o una licencia para hacer trampas con absoluta impunidad.

Al final, este segundo y último tomito de «Spiderman y Lobezno» sabe perfectamente qué clase de fiesta quiere organizar. No viene a revolucionar el género, sino a recuperar una época en la que un cómic de superhéroes podía limitarse a ser espectacular, divertido y un poquito ridículo. Y, sinceramente, hay algo refrescante en ello. Entre tanto cómic que quiere ser trascendental, filosófico, adulto y capaz de solucionar todos los problemas de la humanidad, encontrarse con dos tipos disfrazados pegándose con una aberración resulta casi terapéutico. El problema es que los noventa también tenían sus cosas. Y aquí vienen todas con intereses.

Así que si echas de menos aquellos cómics en los que los músculos parecían tener músculos, los personajes podían fusionarse sin pedir permiso y cualquier discusión filosófica podía terminar con alguien atravesando una pared, este tomito te va a dar exactamente lo que buscas. Si, en cambio, esperabas una profunda exploración de la psicología de Peter Parker y Logan, quizá sea mejor que dejes el tomito en la estantería y leas algo diferente. Spiderman y Lobezno han venido a otra cosa. Han venido a repartir hostias. Y, por una vez, tampoco hace falta pedirles más.

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