Uno podría pensar que ser “policía” en las tierras del rio Misisipi consiste básicamente en ponerse una estrella, montar a caballo, perseguir forajidos y disparar al aire mientras el resto de la población contempla admirada semejante despliegue de autoridad. Una profesión sencilla, vaya. Algo así como ser funcionario, pero con revólver y muchas más posibilidades de acabar muerto antes de cobrar la jubilación. El problema es que River Bass no tiene la suerte de vivir en un Oeste donde las cosas sean tan fáciles. Para empezar, es negro. Y para continuar, tiene una familia. Lo primero ya supone un problema considerable en Norteamérica (bueno ahora también pasa con cualquiera que no sea blanco). Lo segundo, como demuestra este segundo integral de «Marshal Bass», puede ser directamente una condena a muerte.

Astiberri recupera en este volumen los álbumes «Los Lobos», «El amo Bryce» y «La muerte miserable y solitaria de Mindy Maguire», con traducción de Isabel Moragón y Sara Bueno Carrero. Además de muchas páginas de extras para que podamos comprobar que Darko Macan e Igor Kordey no se conforman con torturar a su protagonista durante tres historias. También quieren que tengamos pruebas documentales de cómo lo hacen. 224 páginas en cartoné, a color y con un tamaño generoso para que cada disparo, cada cuchillada y cada gesto de mala leche pueda contemplarse con la comodidad que merece una sociedad en la que prácticamente nadie parece haber descubierto todavía las ventajas de resolver los conflictos mediante el diálogo.
River Bass está inspirado libremente en Bass Reeves, una figura histórica fascinante que fue uno de los primeros marshals afroamericanos del Oeste. Pero Macan no pretende hacer una biografía académica ni convertir al personaje en un santurrón con estrella de sheriff incorporada. Al contrario: toma la figura histórica, la arroja al barro, le coloca una familia problemática alrededor y decide comprobar cuánto sufrimiento puede soportar un hombre antes de mandar a paseo la placa, el caballo y probablemente a toda la humanidad. El resultado es un western que utiliza la historia como punto de partida para construir una ficción brutal, incómoda y, sobre todo, tremendamente entretenida. Porque Marshal Bass tiene una particularidad muy saludable: aquí nadie parece estar bien de la cabeza. Los buenos tienen defectos, los malos tienen razones, los inocentes suelen acabar muertos y los culpables acostumbran a sobrevivir lo suficiente como para arrepentirse de no haber muerto antes.

El Oeste de Marshal Bass se aleja por completo del western cinematográfico tradicional, donde los héroes llegan a un pueblo, descubren al villano de turno, intercambian unos cuantos disparos y se marchan convertidos en leyenda. En el universo de Darko Macan, el Oeste es un lugar mucho más sucio, violento y miserable, poblado por personajes que esconden cadáveres, rencores y secretos. River Bass, en lugar de ser un pistolero invencible, es un hombre que intenta ejercer la ley en una sociedad que constantemente cuestiona su autoridad y su propia humanidad.
Uno de los elementos más importantes de la serie es precisamente esa visión de la violencia como consecuencia de un sistema social basado en la desigualdad. Los cadáveres que aparecen a lo largo de las historias no son simples adornos para aumentar la espectacularidad. Detrás de ellos existe una sociedad donde la vida humana tiene distinto valor dependiendo de quién sea la víctima. River Bass representa la ley, pero su placa no lo protege de los prejuicios raciales. Aunque oficialmente es un hombre de autoridad, sigue siendo visto por muchos como alguien inferior por el color de su piel. Macan utiliza esta contradicción para construir un protagonista mucho más complejo que el habitual héroe del western. Bass es competente, resistente y peligroso, pero no tiene el poder de solucionar los problemas de una sociedad entera a base de disparos. El racismo no aparece como un simple elemento decorativo del contexto histórico, sino como una parte fundamental del mundo en el que vive el personaje. La ley puede reconocer a Bass, pero eso no significa que la sociedad esté preparada para hacerlo. A esta crudeza se suma un humor negro constante. Macan utiliza la ironía para enfrentarse a situaciones miserables y violentas, consiguiendo que el lector se ría incluso cuando lo que está ocurriendo resulta bastante poco gracioso. En este Oeste, el humor funciona casi como un mecanismo de supervivencia.

Igor Kordey es el cómplice perfecto para lo que se desarrolla en estas viñetas. Su dibujo tiene la contundencia necesaria para representar un Oeste sucio, violento y físicamente agotador. Sus personajes no parecen modelos de catálogo vestidos de cowboy. Parecen personas que llevan demasiado tiempo viviendo en un mundo donde lavarse es una actividad secundaria y donde dormir tranquilo exige comprobar primero que nadie está esperando detrás de la puerta. Kordey dota a los escenarios de una enorme personalidad y consigue que la suciedad, el polvo, el sudor y la sangre formen parte de la atmósfera. Y cuando llega la violencia, el dibujante no necesita pedir permiso. Los disparos tienen peso, los cuerpos reciben los impactos y las heridas no parecen efectos especiales perfectamente coreografiados. Hay brutalidad, pero también una enorme expresividad. Los rostros cuentan tanto como los diálogos y las miradas previas a los enfrentamientos tienen esa tensión característica del western en la que uno sabe que alguien va a morir, aunque todavía no sepa exactamente quién. En ocasiones ni siquiera parece importar quién empiece el tiroteo. Lo importante es que alguien terminará perdiendo.
La grandeza de Marshal Bass reside precisamente en esa mezcla entre western clásico y revisión contemporánea del género. Macan conoce perfectamente los códigos del Oeste y los utiliza para darles la vuelta. Kordey convierte ese mundo en un lugar tangible, desagradable y fascinante. Y juntos consiguen que las aventuras de River Bass sean algo más que una sucesión de tiroteos. Son una reflexión sobre la violencia, la discriminación, la justicia, la memoria y la supervivencia. Y sí, también hay muchísimos tiroteos. Tampoco vamos a engañarnos. Esto sigue siendo un western. Aquí las conversaciones importantes tienen la mala costumbre de terminar con alguien sangrando. Pero precisamente por eso funcionan tan bien. La violencia no aparece como un simple espectáculo gratuito, sino como la consecuencia lógica de un mundo en el que prácticamente todos los problemas llevan generaciones resolviéndose a tiros.

Astiberri vuelve a cuidar la edición con el mimo habitual. El formato grande permite disfrutar especialmente del espectacular trabajo de Kordey, el cartoné le da al volumen esa apariencia de objeto que uno debería colocar en una estantería y mirar con orgullo, y las cuarenta páginas de extras son la guinda para quienes, además de disfrutar de las desgracias del protagonista, queremos saber cómo se fabricaron. Porque si vas a gastarte la vida contemplando cómo asesinan personajes ficticios, por lo menos que sea en una edición estupenda.
Por eso, este segundo integral de «Marshal Bass» confirma que Darko Macan e Igor Kordey encontraron una fórmula extraordinariamente eficaz para hacer un western moderno: coger la tradición, quitarle el romanticismo, añadirle racismo, violencia, humor negro, personajes moralmente cuestionables y una cantidad razonable de cadáveres, agitarlo todo y entregárselo al lector con una sonrisa maliciosa. Y funciona. River Bass continúa siendo uno de esos personajes que parecen más reales que muchos personajes históricos. Quizá porque no es un héroe perfecto. Es un hombre atrapado en un mundo horrible, intentando hacer lo correcto mientras descubre que hacer lo correcto no garantiza absolutamente nada. Y eso, probablemente, es lo más realista de toda la serie.
