Resulta curioso comprobar cómo funciona la memoria de los que conocimos de primera mano a Naranjito. Puedes pasarte años sin acordarte de un personaje, de una colección o incluso de dónde carajos guardaste aquel tomo que jurabas que ibas a releer, pero un día alguien decide recuperar una serie casi diez años después y todos tenemos que comportarnos como si este muchachote grandote hubiera regresado ayer mismo de tomarse una infusión de camomila. Así llegamos a «Huck: Big Bad World», editado en España por Panini Comics y que recopila los seis números de esta continuación de la historia creada por Mark Millar y Rafael Albuquerque en la editorial americana Image Comics. Casi una década después de la primera miniserie, Huck vuelve a ponerse manos a la obra para hacer lo que mejor se le da: ayudar a los demás. Y, teniendo en cuenta quién es su guionista, que el protagonista quiera hacer el bien sin necesidad hechizar o chupar la arteria aorta a nadie ya puede considerarse una anomalía digna de estudio.

Porque Huck es un personaje bastante extraño dentro del universo de Mark Millar. No porque tenga superpoderes, que en esto de los cómics ya hemos llegado a un punto en el que cualquier martes por la tarde puede aparecer un señor con poderes para controlar las tostadoras, sino porque es buena persona. Buena persona de verdad. Sin ironías, sin segundas intenciones y sin esa obligación tan moderna de convertir a cualquier héroe en un individuo emocionalmente destruido que necesita vengar la muerte de sus padres antes de poder desayunar. Huck tiene fuerza sobrehumana, resistencia extraordinaria y unas capacidades que le permitirían solucionar muchos problemas a base de mamporros, pero él prefiere utilizar sus poderes para hacer una buena acción cada día. Mark Millar, el hombre que durante buena parte de su carrera ha llevado los superhéroes al territorio de la violencia, el exceso y el «vamos a ver cuánto podemos tensar esto antes de que alguien se queje«, decide ahora que lo interesante puede ser contar la historia de un tipo que simplemente quiere ayudar. Uno casi espera que al terminar el cómic aparezca una nota del editor diciendo que se ha producido un error y que en realidad esto debía haberlo escrito otro. Pero no. Es Millar. Y lo curioso es que funciona.
Se recupera al protagonista después de aquella primera miniserie y amplía considerablemente su universo. Huck vive acompañado por su madre y termina involucrado en la búsqueda de otras personas que, como él, poseen habilidades extraordinarias. El responsable de poner todo esto en marcha es el doctor Harper, un hombre que lleva tiempo intentando localizar a Sophia, una mujer relacionada con el origen de estos individuos con poderes. Así que Huck, su madre y Harper se lanzan a recorrer el mundo buscando a otros seres especiales. Dicho así parece el principio de una película familiar de aventuras, pero tranquilos, que estamos ante Mark Millar y en algún momento la cosa se va a poner bastante fea. Aunque el juego que se puede ver con Huck y el autismo también se podría tener en cuenta, pero eso ya sería otra cosa. De la misma manera algunas cosas aparecidas en estas viñetas me recuerdan en algunos momentos a las historias de Hellboy.

Yendo al meollo del asunto, la primera mitad del tomo funciona casi como un viaje iniciático. Huck va encontrando personas con capacidades muy diferentes y descubriendo que no todos los que poseen poderes han decidido utilizarlos para salvar gatitos atrapados en árboles. Aparece Lorenzo, por ejemplo, un personaje que puede hacerse invisible y que trabaja para el crimen organizado. Es prácticamente el reverso de Huck. Mientras uno emplea sus habilidades para ayudar a desconocidos, el otro las utiliza para ganarse la vida haciendo cosas que probablemente no figurarían en ningún manual de conducta ciudadana. La comparación resulta divertida porque plantea una cuestión muy sencilla. Tener superpoderes no convierte automáticamente a nadie en una buena persona. Puedes ser capaz de atravesar paredes y seguir siendo un gilipuertas de manual. La genética, por lo visto, no incluye código moral.
También conocemos a otros personajes con habilidades bastante peculiares y descubrimos que existe una comunidad de personas extraordinarias que lleva años viviendo escondida. Y aquí es donde la historia empieza a cambiar. Lo que parecía una aventura de descubrimiento se convierte progresivamente en una historia de persecución. Los seres diferentes no están ocultos porque sean aficionados a la tranquilidad rural, sino porque existe una organización que lleva tiempo buscándolos. Aparece una entidad dedicada a localizar y eliminar a estos individuos. Porque cuando el mundo descubre que existen personas con poderes extraordinarios, siempre hay alguien que decide que la solución más razonable consiste en cazarlas. Es una tradición tan arraigada como cuando un facha se acerca a un inmigrante o a alguien de izquierdas.

La estructura del tomo está bastante bien planteada porque divide la historia en dos partes claramente diferenciadas. Primero tenemos la búsqueda, el descubrimiento de nuevos personajes y la ampliación del universo de Huck. Después llega la amenaza y la persecución. Es una fórmula clásica, pero efectiva, y permite que el lector se encariñe con algunos de esos personajes antes de que empiecen los problemas serios. Y cuando los problemas llegan, llegan con la delicadeza de una colonoscopia sin anestesia. Uno de los elementos más interesantes es precisamente comprobar cómo nuestro protagonista afronta una situación que supera con mucho su rutina de buenas acciones. Porque una cosa es ayudar a alguien a encontrar las llaves del coche y otra bastante diferente es descubrir que existe una organización dedicada a eliminar a personas como tú. Huck no deja de ser Huck, pero la historia empieza a poner a prueba esa filosofía tan sencilla que lo define. Y ahí el personaje gana profundidad sin necesidad de convertirlo en otro héroe atormentado. Sigue siendo una persona que quiere hacer el bien, solo que ahora hacer el bien tiene consecuencias bastante más complicadas.
Millar introduce además un golpe dramático importante que cambia el tono de la historia. Y aquí se nota que, por mucho que parezca que está intentando redimirse de todos sus excesos, el hombre sigue siendo Mark Millar. Puede escribir sobre bondad, esperanza y personas que se ayudan unas a otras, pero tampoco podemos esperar que de repente se haya convertido en el guionista de Espinete y Don Pinpón. Cuando llega el momento de hacer daño, sabe perfectamente dónde golpear. Precisamente porque el tono general de Huck es mucho más luminoso que el de otras obras suyas, ese giro resulta especialmente efectivo. Cuando todo el mundo está acostumbrado a que los personajes de Millar sufran, la tragedia forme parte del paisaje; aquí duele más porque durante buena parte del relato se había construido una sensación de esperanza.

Rafael Albuquerque vuelve a encargarse del dibujo y ofrece un trabajo notable durante los seis números. No creo que estemos ante una obra que permita hablar de un despliegue gráfico absolutamente espectacular, pero Albuquerque demuestra oficio de sobra. Su dibujo funciona especialmente bien en las escenas de acción, donde consigue transmitir la fuerza de Huck y hacer que los enfrentamientos tengan energía y claridad. Las secuencias de rescate y las peleas entre superhumanos están muy bien resueltas y algunas escenas adquieren una dimensión casi cinematográfica. También destacan los momentos más tranquilos, los paisajes y esa sensación de viaje que acompaña a buena parte de la historia. Además, Albuquerque tiene la virtud de no convertir a Huck en una simple masa de músculos con patas. El personaje puede ser físicamente impresionante, pero conserva una apariencia cercana y vulnerable. Esa diferencia entre lo que Huck puede hacer y lo que realmente quiere hacer resulta fundamental para que funcione. Dave McCaig, por su parte, aporta un color cálido y ligeramente nostálgico que encaja perfectamente con la propuesta. Su trabajo contribuye a que el cómic tenga una atmósfera más amable, incluso cuando la historia empieza a ponerse bastante negra.
El principal problema es que en determinados momentos la expansión del universo se come demasiado espacio del protagonista. Algunos personajes secundarios resultan interesantes, pero adquieren tanto protagonismo que uno empieza a preguntarse si Huck se ha marchado a comprar el pan y ha dejado que los demás continúen la serie. Lorenzo, por ejemplo, funciona muy bien como contraste con Huck, pero durante parte de su aparición la historia parece desviarse hacia él. También habría sido bastante útil incluir un resumen de la primera miniserie. Han pasado muchos años y quizá Millar confía demasiado en nuestra capacidad para recordar todos los detalles de una historia que leímos hace mogollón de tiempo. A estas alturas uno necesita un resumen incluso para recordar por qué ha entrado en la cocina para pillar algo de cenar, así que no habría estado de más echarnos una mano con un par de paginas de recordatorio.

Después de cerrar el tebeo se nota que Mark Millar parece haber descubierto que también puede escribir sobre gente buena. Quizá después de tantos años destripando personajes a base de colmillos, haciendo saltar edificios por los aires y llevando a sus personajes hasta extremos que harían sudar a cualquier psicólogo, haya decidido que tampoco está mal escribir sobre un tipo que quiere que los demás estén bien. No sé si esto significa que estamos ante una nueva etapa espiritual del guionista o simplemente ante un pequeño descanso antes de volver a hacer alguna barbaridad, pero disfrutemos del momento. «Huck: Big Bad World» es una continuación muy bien pensada. No será la obra que cambie tu manera de ver los tebeos, pero entretiene. Albuquerque cumple con solvencia y Millar demuestra que todavía sabe escribir sin apretar el botón de “modo vampiro zumbado». Incluiso hacerlo con corazón cuando le sale de los mismísimos.
