“De la tierra nos alzamos.
De las naves vivimos.
De las estrellas, la esperanza”.
Muchas novelas de ciencia ficción que empiezan con una nave espacial explotando, trescientos cadáveres flotando por el vacío y un señor muy cabreado jurando venganza contra una civilización alienígena. Y luego está «El largo viaje a un pequeño planeta iracundo», de Becky Chambers, que parece haberse propuesto demostrar que también se puede hacer ciencia ficción hablando de sentimientos, convivencia, cocina, amistad y de quién ha dejado los cacharros sin fregar. Y lo más desconcertante de todo es que funciona. Vaya si funciona.
Aprovechando que Runas de Alianza Editorial ha recuperado esta primera novela de la serie de La Peregrina con traducción de Alexander Páez García, toca volver a subir a bordo de esa maravillosa nave tuneladora y reencontrarnos con una tripulación que tiene más química que muchas familias humanas y bastante menos tendencia a acabar las cenas tirándose los platos a la cabeza. La novela de Chambers es, en apariencia, una aventura espacial, pero en realidad es una historia sobre encontrar un lugar al que llamar hogar. Y sí, también hay agujeros de gusano, alienígenas y un viaje hacia un planeta que tiene la cortesía de ser pequeño, irascible y extraordinariamente interesante.
La protagonista es Rosemary Harper, una joven que decide dejar atrás su pasado y empezar de cero enrolándose en la Peregrina, una vieja nave encargada de construir túneles espaciales que permiten conectar puntos muy alejados de la galaxia. Una elección laboral perfectamente razonable si uno está cansado de su vida anterior y considera que la solución a sus problemas consiste en meterse en una lata espacial con una panda de alienígenas, una inteligencia artificial y un capitán que parece demasiado tranquilo para las cosas que le van a caer encima. Rosemary llega buscando anonimato y distancia, pero descubre algo mucho más peligroso: una familia.
La Peregrina está tripulada por un grupo absolutamente peculiar. Tenemos a Sissix, una alienígena reptil con una cultura y unas costumbres que permiten a Chambers jugar constantemente con nuestra idea de lo que consideramos normal; Kizzy y Jenks, dos humanos encargados de mantener la nave funcionando a base de conocimientos técnicos, improvisación y probablemente algún tipo de pacto secreto con las leyes de la física; Doctor Chef, uno de los últimos miembros de una especie al borde de la extinción y, posiblemente, el cocinero que todos querríamos tener después de una semana comiendo comida precocinada; Ohan, cuya existencia resulta bastante más complicada de explicar sin meterse en un jardín biológico considerable; el capitán Ashby y la inteligencia artificial de la nave. Y aquí está precisamente el gran triunfo de Chambers: consigue que te importen todos ellos. No porque sean perfectos, sino porque están llenos de pequeñas rarezas, contradicciones, miedos y deseos. Rosemary empieza siendo la recién llegada, pero poco a poco también nosotros nos convertimos en polizones de la Peregrina. Subimos a bordo, conocemos a la tripulación, nos acostumbramos a sus costumbres y, cuando queremos darnos cuenta, ya estamos preocupados por lo que le ocurre a esa gente. El problema es que, llegados a este punto, abandonar la nave se convierte en una posibilidad bastante desagradable.
La misión que pone en marcha la historia es sencilla sobre el papel. La Peregrina recibe la oportunidad de construir un agujero de gusano en una región hasta entonces aislada y conectar el territorio de una especie que ha permanecido apartada debido a los conflictos entre sus diferentes clanes. Para Ashby y su tripulación, el trabajo puede convertirse en un auténtico golpe de suerte económico. Y para el lector significa la excusa perfecta para recorrer un universo lleno de especies, culturas y mundos diferentes. Pero Chambers no utiliza ese universo para montar una competición de explosiones. Aquí no estamos ante una historia en la que cada capítulo necesita destruir una estación espacial para mantener entretenido al personal. El viaje es precisamente lo importante. Las paradas, las conversaciones, las relaciones entre los miembros de la tripulación y las diferentes sociedades que van conociendo permiten descubrir un escenario mucho más amplio de lo que parece al principio.
Además, la humanidad recibe aquí un saludable baño de humildad. Olvidémonos del típico futuro en el que los humanos son los reyes del mambo galáctico, han colonizado media galaxia y tienen una bandera plantada en cada planeta. En el universo de Chambers somos más bien los parientes pobres que tuvieron la suerte de ser encontrados por alguien con mejores recursos tecnológicos. La humanidad sobrevivió porque otras especies descubrieron las naves generacionales que habían abandonado una Tierra moribunda. Es decir, que nuestro glorioso destino como especie interestelar empieza básicamente con un «menos mal que pasaban estos por aquí«. Y esta perspectiva resulta refrescante. Chambers no necesita convertir a los humanos en salvadores ni en villanos. Somos simplemente otra especie dentro de un ecosistema muchísimo mayor. Una especie con sus prejuicios, sus problemas, sus contradicciones y sus meteduras de pata, exactamente igual que las demás.
Eso también explica que la novela tenga un tono tan particular. Es una historia optimista, incluso acogedora, pero no es ingenua. Aquí hay problemas serios, conflictos y situaciones dolorosas. El universo no se convierte mágicamente en un lugar maravilloso porque la tripulación de la Peregrina sea encantadora. Y eso puede gustar. Porque Chambers consigue algo bastante complicado. Hacer una novela reconfortante sin convertirla en una novela tonta. Hay una diferencia importante entre ser optimista y ser idiota. El universo puede ser cruel, pero también puede haber gente que decida ayudarse. Pueden existir guerras y xenofobia, pero también personas capaces de convivir con quienes son completamente diferentes. Y quizá esa sea una de las ideas más bonitas de la novela: no necesitamos parecernos para construir una familia.
En cuanto al estilo, Chambers escribe con una ligereza que permite que las páginas avancen con facilidad. No intenta demostrar constantemente lo inteligente que es. Y eso, en ciencia ficción, resulta casi revolucionario. La autora tiene ideas interesantes, pero no necesita envolverlas en una tonelada de jerga para demostrarlo. No necesitas ser un loco de la ciencia ficción para disfrutarla. Puedes entrar pensando que esto de los alienígenas y las naves espaciales no es lo tuyo y acabar preguntándote cuándo demonios sale el siguiente libro de la Peregrina. Es una estrategia peligrosa por parte de Chambers. Te deja entrar tranquilamente y, cuando quieres darte cuenta, ya tienes cariño por media tripulación.
En definitiva, «El largo viaje a un pequeño planeta iracundo» es una novela que demuestra que la ciencia ficción no necesita gritar para resultar poderosa. Puede hablar de agujeros de gusano y civilizaciones alienígenas, pero también de sentirse fuera de lugar, de empezar de nuevo, de construir vínculos y de descubrir que la familia puede ser algo mucho más amplio que compartir ADN. Y puede hacerlo mientras una tripulación intergaláctica discute, trabaja, cocina, se enamora, se enfada y trata de no romper la nave. Así que sí, Runas recupera una novela que merece volver a estar en las estanterías. Chambers construye un universo enorme sin necesidad de enseñárnoslo entero y consigue que una vieja nave termine pareciendo uno de esos lugares literarios a los que uno querría volver de vez en cuando. Una especie de casa rural interestelar con alienígenas y bastantes más posibilidades de que el vecino mida dos metros y tenga una biología completamente incompatible con la nuestra. Ahora solo queda subir a bordo, cerrar la escotilla y dejar que la Peregrina haga lo que mejor sabe hacer: llevarnos muy, muy lejos. Y, de paso, recordarnos que quizá el futuro no consista en conquistar la galaxia, sino en aprender a convivir con quienes no se parecen absolutamente en nada a nosotros. Una idea bastante revolucionaria para una especie que todavía no reconoce que el color de la orina es del mismo color para todo el mundo.
