Muchos humanos nacen para convertirse en héroes y luego están los que, sencillamente, tienen la mala suerte de encontrarse con la Historia en el peor momento posible y deciden plantarle cara. Madeleine Riffaud pertenece claramente al segundo grupo, aunque después de conocer su vida uno empieza a sospechar que lo de «mala suerte» se queda bastante corto. Porque si a cualquier adolescente le dices que tiene que enfrentarse a una guerra, una ocupación militar, la tuberculosis, la clandestinidad, la Gestapo, la tortura y una sentencia de muerte, probablemente su primera reacción sea pedir que le cambien de asignatura. Madeleine, en cambio, decidió que aquello era una buena ocasión para meterse en la Resistencia. Así, sin más. Porque aparentemente tenía otras cosas que hacer y ninguna le parecía suficientemente complicada.

Yermo Ediciones recupera y reúne en este monumental primer volumen de «Madeleine, resistente» los dos primeros álbumes de la obra de Jean-David Morvan, Madeleine Riffaud y Dominique Bertail llamados “La rosa sin espoleta” («La Rose dégoupillée«) y “El edredón rojo” («L´edredon rouge«) en un voluminoso cartoné de 264 páginas. Es decir, un tomo que físicamente ya te avisa de que aquí no hemos venido a leer una aventurilla de domingo mientras esperamos que se haga la tortilla. Aquí hay Historia, memoria, dolor y una mujer que tuvo la pésima ocurrencia de ser extraordinariamente valiente en una época en la que serlo podía costarte la vida. Y precisamente ahí está una de las grandes virtudes de esta obra. Madeleine Riffaud no aparece convertida en una superheroína de tebeo. No necesita lanzar rayos, conducir un Batmóvil ni tener un señor millonario que le pague los gastos. Lo que hace resulta muchísimo más incómodo: recuerda. Y recordar con precisión determinadas cosas es una forma bastante contundente de darle una patada en los dientes al olvido.
La historia comienza en 1939, aunque la narración se remonta a la infancia de Madeleine, en un Somme todavía marcado por las heridas de la Primera Guerra Mundial. La niña crece en un ambiente familiar que la marcará profundamente, especialmente por la influencia de su abuelo, mientras el mundo se va encaminando alegremente hacia otra carnicería continental. Porque la humanidad, como sabemos, tiene una capacidad extraordinaria para tropezar con la misma piedra, levantarla, pintarla de otro color y volver a tropezar con ella con entusiasmo. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Madeleine se convierte en refugiada y conoce muy pronto lo que significa que la guerra deje de ser algo que ocurre en los periódicos y pase a formar parte del paisaje cotidiano. Bombardeos, desplazamientos, miedo, ocupación, violaciones y un régimen de Vichy que convierte la vida de millones de franceses en un ejercicio permanente de humillación y supervivencia.

Entonces aparece uno de los elementos que hacen especialmente interesante el relato. Madeleine no se convierte en luchadora contra los nazis porque de repente le caiga encima una capa y escuche música épica de fondo. Su conciencia política y su decisión de luchar se van construyendo poco a poco. Hay experiencias familiares, lecturas, pérdidas, injusticias y una progresiva comprensión de lo que está sucediendo a su alrededor. La guerra no fabrica una heroína de la noche a la mañana; fabrica una persona que aprende que mirar hacia otro lado tampoco es una opción. Aunque antes de convertirse tendrá que enfrentarse a algo tan poco heroico como la tuberculosis. Y aquí la vida vuelve a demostrar que cuando quiere ponerse creativa, se pasa tres pueblos. La joven acaba ingresada en un sanatorio de los Alpes y allí conoce nuevas experiencias, amistades y un amor que tendrá consecuencias decisivas en su trayectoria.
Todo esto podría haberse contado como un dramón de manual, con violines entrando por la izquierda y personajes mirando al horizonte mientras una voz en off explica lo muchísimo que sufren. Pero Morvan y Riffaud optan por otro camino. El relato es sereno, preciso y contenido. Y eso hace que duela más. Porque la obra no necesita gritar para resultar terrible. Las muertes, las pérdidas, las enfermedades y la violencia aparecen integradas en la vida de Madeleine. Son acontecimientos que la transforman, que dejan cicatrices y que explican a la mujer en la que terminará convirtiéndose. Especialmente doloroso resulta todo lo relacionado con su abuelo y con determinadas experiencias que vive antes incluso de entrar plenamente en la Resistencia. Aquí no hay necesidad de añadir toneladas de melodrama. La realidad ya viene con suficiente material como para dejar al lector mirando la pared unos minutos después de cerrar el tebeo.

En la segunda entrega, El edredón rojo, la cosa cambia de marcha. Si el primer volumen era la construcción de Madeleine como persona, el segundo es el momento en que esa persona entra de lleno en la clandestinidad. Y aquí se acabó lo de «vamos viendo». Madeleine adopta el nombre de Rainer María Rilke y comienza a participar activamente en la Resistencia. Eso implica aprender las reglas de la clandestinidad, moverse con cuidado, conseguir armas, transportar información, colaborar con otros resistentes, organizar acciones y asumir que cualquier error puede terminar con una visita de la Gestapo que nadie ha solicitado. Lo fascinante es que la Resistencia que muestra la obra está formada por personas jóvenes, imperfectas, cansadas y aterrorizadas. No son una colección de estatuas heroicas convenientemente colocadas para que el lector pueda admirarlas. Son seres humanos que saben que pueden morir. Y aun así continúan.
El relato se torna así más dinámico, más peligroso y mucho más cercano a la actividad clandestina. Se nos explica cómo funcionan las células, cómo se establecen los contactos, cómo se consiguen recursos y, sobre todo, cómo cada pequeña acción puede tener consecuencias enormes. Una entrega de información puede parecer poca cosa. Conseguir comida puede parecer poca cosa. Encontrar un escondite puede parecer poca cosa. Hasta que descubres que, en una dictadura, esas «pocas cosas» pueden significar vivir o morir. Y mientras tanto, la Gestapo aprieta cada vez más. El título El edredón rojo adquiere así un significado especialmente poderoso. No es simplemente un objeto doméstico convertido en elemento dramático. Es el símbolo de la ayuda anónima de personas corrientes que decidieron arriesgarlo todo para proteger a quienes luchaban contra la ocupación. Una mujer desconocida escondiendo a Madeleine mientras los alemanes la persiguen. No hace falta una estatua, una medalla ni una fanfarria. A veces la heroicidad consiste literalmente en levantar un edredón y decir: «Aquí no está».

En el aspecto gráfico, Dominique Bertail realiza un trabajo magnífico, demostrando que no hace falta llenar las páginas de fuegos artificiales para conseguir que una historia golpee con fuerza. Su dibujo combina un cierto clasicismo con una sensibilidad moderna, creando unas páginas elegantes, detalladas y tremendamente atmosféricas. Pero si hay algo que define visualmente este volumen es su espectacular cromatismo basado en los tonos azules, un recurso que impregna prácticamente toda la obra y que consigue transmitir una sensación de recuerdo, melancolía y distancia temporal. Es como si estuviéramos contemplando la memoria de Madeleine a través de una vieja fotografía que todavía conserva intacta toda su carga emocional. Bertail presta una enorme atención a la ambientación, recreando con precisión las calles, edificios, vehículos, uniformes, interiores y escenarios de la Francia ocupada. Las composiciones son generalmente limpias y fluidas, alternando páginas estructuradas en tiras con grandes viñetas panorámicas y espectaculares planos generales. También destaca su tratamiento de los personajes, especialmente de Madeleine, cuyo rostro se convierte en uno de los principales vehículos narrativos. Sus expresiones transmiten miedo, tristeza, rabia, determinación y agotamiento sin necesidad de exageraciones. Todo ello convierte el dibujo en un complemento perfecto para un relato donde la emoción nunca necesita ser subrayada con rotulador fosforito.
Llegamos a uno de los aspectos más interesantes de la edición de Yermo. Estamos ante un volumen grande, pesado y con una reproducción que permite disfrutar realmente del trabajo de Bertail. En una obra donde el dibujo y el tratamiento del color tienen tanta importancia, editarlo en un formato generoso no es precisamente un lujo innecesario. Aquí sí tiene sentido. Además, el conjunto de los dos primeros álbumes permite apreciar muy bien la evolución de Madeleine. Desde la niña y adolescente marcada por las circunstancias hasta la joven que entra en la clandestinidad y empieza a convertirse en una figura fundamental dentro de la Resistencia.

Eso nos lleva a la gran ironía de todo esto. Mientras nosotros vivimos una época en la que hay gente capaz de considerar una tragedia nacional que una aplicación tarde diez segundos más en cargar, Madeleine Riffaud tuvo que aprender a sobrevivir mientras una potencia ocupante (por no llamarles otra cosa muy malsonante) controlaba su país. Nosotros nos indignamos porque se ha agotado una edición limitada de un cómic; ella tenía que preocuparse de que no la descubrieran, de conseguir armas y de que sus compañeros no fueran detenidos y torturados. La comparación es injusta, evidentemente. Pero sirve para recordar algo que esta obra hace extraordinariamente bien: devuelve dimensiones humanas a palabras que corren el riesgo de convertirse en simple vocabulario histórico. Resistencia. Ocupación. Fascismo. Nazismo. Gestapo. Tortura. Libertad. No son etiquetas decorativas. Detrás de ellas hubo personas que tuvieron que decidir qué hacer cuando la Historia llamó a su puerta. Y Madeleine decidió abrir.
Queda así «Madeleine, resistente» como una lectura magnífica, dura y profundamente humana. No porque pretenda convertir a su protagonista en una estatua de mármol, sino precisamente porque nos recuerda que detrás de esa figura histórica hubo una joven que enfermó, sufrió, amó, perdió a seres queridos, tuvo miedo y, aun así, decidió resistir. Porque Madeleine Riffaud murió en 2024, a los cien años, pero aquí no está contando una leyenda sobre sí misma. Está dejando testimonio de una vida que parece escrita por un guionista con problemas serios para calcular hasta dónde puede llevar el sufrimiento de un personaje. La diferencia es que esto ocurrió de verdad. Y quizá por eso, cuando terminamos de leer, lo último que apetece hacer es soltar una gracieta. Bueno, eso y conseguir inmediatamente el siguiente tomo. Porque una vez que Madeleine se pone a resistir, ya podemos ir olvidándonos de descansar.
