El segundo tomo de «Caballero Luna: Puño de Khonshu» llega para demostrarnos que Marc Spector puede ser resucitado, apalizado por un asgardiano, traicionado por sus amigos, perder su casa y acabar metido en una guerra de bandas mágicas y aun así levantarse al día siguiente con la misma expresión de “esto lo arreglo yo solo”. Porque si algo caracteriza al Caballero Luna es esa maravillosa capacidad para convertir cualquier problema razonable en una crisis existencial de proporciones bíblicas. Si además tenemos a Jed MacKay escribiendo, podemos estar tranquilos. Habrá violencia, traumas, dioses egipcios, personajes con problemas emocionales y una cantidad considerable de gente que debería sentarse a hablar tranquilamente pero decide como adultos funcionales que son, darse de hostias.

Este tomo recopila los números 6 al 10 de Moon Knight: Fist of Khonshu y continúa directamente la historia donde la dejamos en el primer volumen. Marc Spector había regresado de entre los muertos dispuesto a recuperar su territorio, su identidad y, si era posible, un mínimo de estabilidad emocional. Una ambición completamente desmesurada para alguien cuya vida parece escrita por un guionista que disfruta especialmente viendo sufrir a sus protagonistas. La Misión de Medianoche ha quedado atrás, Nueva York está llena de nuevas amenazas y Fairchild, un delincuente con aspiraciones de villano de primera división y, detalle sin importancia, sangre asgardiana, ha convertido el tráfico de una droga mágica en uno de esos pequeños negocios familiares que conviene no montar en tu barrio. El problema es que Marc, siendo Marc, decide enfrentarse a él directamente. Porque cuando uno ha sido derrotado por demonios, dioses, criminales, vampiros, alienígenas y sus propios problemas psicológicos, lo lógico es pensar: “Quizá debería pedir ayuda”. Pero no. Marc piensa: “Voy a pegarle”. Resultado: Achilles lo convierte en una alfombra con lunares en cuestión de segundos. Y aquí empieza realmente la fiesta.
MacKay recoge las consecuencias de esa derrota para construir una historia que, debajo de las peleas, los poderes sobrenaturales y las inevitables cantidades industriales de sangre, vuelve a centrarse en aquello que mejor sabe hacer con Caballero Luna. Meterse dentro de la cabeza de Marc Spector y comprobar qué demonios está pasando allí (no está pasando nada bueno). Aunque, siendo justos, tampoco es que esperásemos encontrar dentro de su cabeza una sala de meditación con velitas aromáticas y música relajante.

Uno de los grandes aciertos de MacKay durante toda su etapa ha sido entender que Caballero Luna no funciona simplemente como un tipo vestido de blanco que sale de noche a repartir mamporros. Marc es un personaje construido sobre contradicciones, traumas, identidades, culpa, ego y una relación bastante complicada con la idea de ser un héroe. Y aquí todo eso vuelve a tener peso. La derrota frente a Achilles no es solamente física. Es un golpe directo al orgullo de Marc, a su percepción de sí mismo y a esa necesidad casi patológica de demostrar que él puede encargarse de todo. Naturalmente, no puede. Y lo interesante es que MacKay no convierte esto en una simple repetición del “Marc tiene problemas mentales, qué triste”. El guionista lleva bastante tiempo utilizando la psicología del personaje como parte estructural de la historia y no como decoración dramática. Marc se relaciona con los demás a través de su identidad como Caballero Luna, y eso tiene consecuencias. Tigra vuelve a ocupar un papel importante y la relación entre ambos demuestra hasta qué punto la obsesión de Marc por su misión puede acabar destruyendo la confianza de quienes le rodean. Porque Marc Spector tiene un talento extraordinario para hacer que la gente que lo quiere termine pensando: “Este tío es imposible”. Y probablemente tengan razón.
También vuelve Bola 8, que poco a poco se ha convertido en una pieza fundamental dentro de este particular ecosistema lunar. MacKay sabe repartir protagonismo y, sobre todo, entiende que una serie como esta necesita que los personajes secundarios tengan personalidad propia y no estén ahí únicamente para preguntarle al protagonista si se encuentra bien. La dinámica entre ellos aporta humor, tensión y humanidad, tres cosas que ayudan a que la colección no se convierta en una sucesión de monólogos existenciales interrumpidos por alguien intentando arrancarle la cabeza a Marc. Además, MacKay demuestra una vez más que tiene memoria. Mucha memoria. Demasiada, probablemente. Mientras otros guionistas pueden mirar la continuidad de Marvel como quien mira una declaración de la renta y decide cerrar la pestaña inmediatamente, MacKay disfruta recuperando personajes, conceptos y elementos del pasado editorial del Caballero Luna para darles una nueva utilidad. No se trata simplemente de sacar referencias para que el lector diga “¡eh, me acuerdo de ese!”, sino de incorporarlas a la trama. Y eso se agradece especialmente en una colección que lleva ya tantos años jugando con la historia del personaje.

En el apartado artístico tenemos una pequeña mudanza de turno. Alessandro Capuccio sigue siendo una referencia inevitable cuando pensamos en esta etapa, pero aquí el peso recae especialmente sobre Domenico Carbone y Devmalya Pramanik, con Rachelle Rosenberg al color. Carbone ofrece un dibujo más limpio, sencillo y de trazo grueso. Es un estilo bastante funcional y claro, especialmente útil en las escenas de acción, aunque quizá tenga menos personalidad que el de sus compañeros. Además, sus personajes presentan un aspecto algo más juvenil que en otras interpretaciones del personaje. No es un dibujo malo, ni mucho menos; simplemente resulta menos espectacular cuando se coloca al lado de páginas mucho más cargadas de detalle.
Entonces aparece Devmalya Pramanik. Lo de este hombre empieza a ser sospechoso. Porque lo que inicialmente parecía un dibujante llamado a cubrir huecos ha terminado convirtiéndose en uno de los grandes argumentos para seguir disfrutando visualmente de la serie. Sus páginas tienen textura, detalle y una enorme capacidad para transmitir movimiento. El Caballero Luna necesita cierta sensación de brutalidad física y Pramanik sabe proporcionársela. Sus figuras tienen peso. Las peleas duelen. Las sombras contribuyen a crear una atmósfera oscura y, sobre todo, el personaje sigue teniendo ese aspecto ligeramente perturbador que necesita alguien que se pase las noches vestido completamente de blanco mientras afirma trabajar para un dios egipcio. Pero si hay alguien que merece una mención especial es Rachelle Rosenberg. Su color es fundamental para conseguir que el Caballero Luna tenga esa presencia tan característica. El blanco del traje destaca constantemente frente a fondos oscuros y genera un efecto casi luminoso que convierte a Marc en una figura espectral. Es uno de esos casos en los que el color no se limita a rellenar dibujos, sino que participa activamente en la identidad visual del personaje.

Con el segundo tomo del «Caballero Luna: Puño de Khonshu» se confirma que Jed MacKay sigue teniendo al personaje perfectamente controlado. La colección quizá ya no tenga el factor sorpresa de sus primeros tiempos, cuando el autor consiguió devolver al Caballero Luna a primera línea con una mezcla extraordinariamente eficaz de violencia, humor, terror y drama psicológico. Pero tampoco necesita reinventarse constantemente. Lo que hace es mantener un nivel de calidad sorprendentemente estable. Y eso, en Marvel, casi parece un superpoder.
Marc sigue siendo un desastre. Sus relaciones personales siguen siendo un desastre. Su salud mental sigue siendo un campo de batalla. Sus enemigos siguen empeñados en matarlo y Khonshu sigue teniendo la delicadeza emocional de una apisonadora. Pero todo funciona. MacKay sigue escribiendo un Caballero Luna reconocible, complejo y tremendamente entretenido, mientras Pramanik y Rosenberg consiguen que visualmente la serie continúe teniendo una personalidad propia. Así que sí. Otro buen tomo. Otra paliza para Marc. Otra crisis existencial. Otra amenaza sobrenatural. Otra demostración de que el Caballero Luna necesita urgentemente unas vacaciones y, sobre todo, un terapeuta que cobre por adelantado. Y nosotros, mientras tanto, tendremos que esperar para comprobar qué desgracia nueva le cae encima. Porque ser fan del Caballero Luna en esta etapa es básicamente eso: disfrutar de una de las mejores series de Marvel mientras observas cómo el calendario editorial intenta asesinarte lentamente. Y, sinceramente, tampoco cambiaríamos de plan.
