Siempre existen muchas formas dignas de despedirse. Una última copa, un abrazo, un “nos vemos pronto”, incluso fingir que no lloras mientras miras cómo el tren se aleja. Luego está EC Comics, que decidió despedirse de «The Haunt of Fear» como quien sospecha que unos señores muy serios con corbata están a punto de venir a quitarte el negocio. Antes de que eso sucediera metieron cadáveres, venganzas, políticos hipócritas, vampiros, infidelidades, locos, funerarios y una cantidad de mala leche suficiente como para alimentar a un pueblo entero de puritanos estadounidenses. Porque si vas a morir, al menos procura hacerlo dejando claro que los que te están matando son unos carcas. Y así llegamos al volumen, publicado por Diábolo Ediciones, el quinto y último tomo de una colección que termina precisamente cuando empezaba a ponerse todavía más divertida la fiesta. Qué oportuno. Cuatro números, veinte historias y una sensación bastante parecida a la de terminar una serie que llevabas años siguiendo: “¿Y ahora qué demonios hago yo con mi vida?”.

Este volumen recopila The Haunt of Fear #25-28, publicados entre mayo y diciembre de 1954, y supone el cierre de una de las grandes cabeceras de terror de EC Comics. Y aquí conviene detenerse un momento, porque lo que estamos leyendo no es simplemente una colección de historietas macabras de los años cincuenta. Es también el testimonio de una industria que se estaba dando de bruces contra la censura, el conservadurismo, la paranoia social y esa maravillosa costumbre humana de pensar que si algo no te gusta, lo mejor es prohibirlo (no sé si os suenan ciertas cosas que pasa últimamente). La cruzada contra los cómics de terror y crimen terminó provocando la creación del Comics Code Authority, ese simpático mecanismo diseñado para conseguir que los cómics fueran tan inocuos que probablemente un niño pudiera leerlos sin sufrir otra consecuencia que quedarse dormido.
Naturalmente, EC Comics era uno de los objetivos principales. Y cuesta no sonreír cuando uno contempla ahora aquellas historias y piensa en la gravedad con la que algunos adultos de los cincuenta afirmaban que estos tebeos iban a corromper a toda una generación (bueno, ahora critican a los videojuegos como problema principal). Porque sí, aquí hay asesinatos, cadáveres, venganzas sobrenaturales, infidelidades, mutilaciones, vampiros y personajes con una salud mental que probablemente habría hecho las delicias de cualquier psiquiatra. Pero también hay una cantidad considerable de sátira, crítica social y mala leche dirigida precisamente contra quienes pretendían decidir qué podía leer la gente. El monstruo, al final, no siempre está en la tumba. A veces lleva traje, corbata y ocupa un despacho sobre todo en los ámbitos políticos.

EC no parece tener intención de marcharse discretamente por la puerta de atrás. Más bien parece querer salir tirando los muebles por la ventana mientras grita: “¡Y todavía tenemos tiempo para contaros otra historia de gente muriendo de maneras horribles!”. Hay incluso anuncios y páginas editoriales que dejan constancia del conflicto que estaba viviendo la editorial. En uno de ellos, EC llega a lanzar una pulla contra quienes pretendían destruir los cómics acusándolos de ser comunistas. Porque, evidentemente, si en los años cincuenta americanos alguien te criticaba, siempre existía la posibilidad de llamarlo rojo y esperar que el asunto quedara resuelto. La diplomacia estadounidense, edición de bolsillo.
Entonces aparecen las historias. El primer número recopilado abre con El Recién Llegado, de Otto Binder y Graham Ingels, una historia que demuestra que EC tenía una especial predilección por las madres completamente desquiciadas. Si alguien pensaba que la maternidad era sinónimo de ternura, aquí tiene una buena oportunidad para replantearse sus convicciones. También encontramos ¡Indispuesta!, de Al Feldstein y George Evans, donde un marido harto de una esposa mandona decide solucionar sus problemas matrimoniales de una forma que cualquier terapeuta de pareja consideraría ligeramente excesiva. Y cuando digo “ligeramente” estoy siendo generoso. EC nunca tuvo demasiados problemas para convertir una discusión doméstica en un asunto criminal.

El volumen continúa manteniendo un nivel altísimo, y quizá uno de los mayores placeres de esta última entrega sea comprobar la variedad gráfica. Graham Ingels domina el territorio de la pesadilla con una facilidad insultante, mientras Jack Davis aporta una energía caricaturesca que hace que incluso las situaciones más macabras tengan un punto de humor negro. Marie Severin, George Evans, Jack Kamen, Reed Crandall o Bernard Krigstein completan un desfile de artistas que convierten cada relato en una pequeña pieza de artesanía. No es simplemente que dibujen bien. Es que cada uno tiene una personalidad visual perfectamente reconocible.
Para destacar tenemos la última historia de The Haunt of Fear. Jack Davis se encarga del dibujo y Carl Wessler adapta un relato de Ray Bradbury, El Ataúd. El protagonista es el propietario de una funeraria obsesionado con que sus clientes tengan el mejor aspecto posible dentro de sus ataúdes, mientras su yerno parece bastante más interesado en el dinero. Una forma particularmente siniestra de plantear una disputa familiar sobre la gestión del negocio. Bradbury, por cierto, ya había demostrado sobradamente que podía convertir una idea aparentemente sencilla en algo inquietante, y aquí la adaptación encuentra en Davis al dibujante perfecto para darle ese toque entre macabro, grotesco y perversamente divertido.

La edición de Diábolo, en cartoné, a color y con 160 páginas, vuelve a ser una auténtica gozada. Estamos hablando de historias que originalmente aparecieron en los años cincuenta y que ahora podemos disfrutar en color y en una edición cuidada. Es un lujo. Un lujo de esos que te hacen mirar la cartera con expresión de cadáver, pero un lujo al fin y al cabo. Además, las traducciones de Santiago García y Alfonso Bueno permiten que el material llegue al lector español con naturalidad, algo especialmente importante en unos cómics donde los diálogos, los golpes de efecto y los pequeños chistes editoriales forman parte esencial de la experiencia.
El quinto volumen de «The Haunt of Fear» es, en definitiva, mucho más que el último tomo de una colección. Es el certificado de defunción de una época, pero también la demostración de que aquella muerte no fue definitiva. EC desapareció prácticamente de los kioscos, sus cabeceras fueron víctimas de la censura y la presión social, pero sus historias sobrevivieron. Y aquí estamos, más de siete décadas después, leyendo sobre cadáveres, vampiros, venganzas y políticos hipócritas mientras contemplamos cómo aquellos supuestos “peligrosos cómics” han terminado convertidos en auténticos clásicos.
