
“También vivió aquí Corto Maltés. Pero de su paso nada dicen las guías oficiales.»
Entre las urbes más célebres que cubren nuestro planeta, si hay una que se puede catalogar de icono universal que ha perdurado por siglos desde la Edad Media, esa es Venecia. Levantada como refugio frente a las invasiones bárbaras mientras el imperio romano de occidente cayó, se erigió como potencia naval y comercial potenciando el intercambio de mercancías en el medievo. A pesar de la decadencia que trajo consigo el descubrimiento de América y la posterior pérdida de Chipre en 1570 en manos turcas, su esplendor se ha ido manteniendo a lo largo de los siglos. Cimentado en los restos de la “Serenissima República”, ejemplo de estabilidad sustentada por una oligarquía que perduró como legado entre generaciones, solo truncado por la toma de la ciudad por Napoleón en 1797.
Perdida su independencia desde entonces, de la Serenísima quedan los restos entre los canales que albergan la ciudad. Así como sus calles y callejones de ensueño, donde una belleza decadente ha cautivado a viajeros, anónimos e ilustres, hasta nuestros días cuando es tomada día si y día también por hordas de turistas. Aún con ello, sus lugares conservan encanto y magia. Aunque los locales de las calles más concurridas estén ocupados por las mismas franquicias que podemos encontrar en cualquier ciudad, si nos alejamos de éstas aún hay ecos de magia escondida. De esa que no reparan los que visitan lugares bajo el mantra de “ver lo imprescindible en un día”.

Fuera del bullicio, sigue quedando encanto para que el tiempo se detenga y los detalles se revelen, desplegando de igual modo la historia que encierran y la imaginación que despierta. De forma sosegada, emanando en portales que pasan desapercibidos. En patios donde la belleza formal, aun decrépita, sigue siendo digna de contemplar y la fantasía se alimenta entre oriente y occidente. Y como dijo el gran Hugo Pratt, “la fantasía es el patrimonio del hombre libre”.
“Cuando los venecianos se cansan de sus autoridades oficiales, van a alguno de estos tres lugares secretos y, abriendo las puertas que están al fondo de esos patios, se van para siempre hacia lugares bellísimos y hacia otras historias…”

Aunque nació en Rímini, Hugo Pratt pasó su infancia en Venecia, dejándole una profunda huella que también retroalimentó a la ciudad. Esa bidireccionalidad se puede rastrear en su mayor creación, Corto Maltés. Ningún autor de cómic ha homenajeado a las calles de Venecia como Pratt. Véase sin ir más lejos su magnética “Fábula en Venecia” (“Favola di Venezia – Sirat Al-Bunduqiyyah”, «Fable de Venise«), cuyo magnetismo sigue intacto a pesar de los años transcurridos. Ese encanto, construido a pie de las calles y a la orilla de los canales de Cannaregio, está presente en la forja de Corto. Un héroe ya romántico de un tiempo que ya no existe. Como Venecia, que no deja de ser una ciudad anacrónica en tiempos urgentes donde no queda espacio para contemplar y reflexionar. Sin embargo, existen ambos: ciudad y personaje. Una como espacio físico que resiste el empuje del turismo que la sostiene del mismo modo que la desnaturaliza. Otro como personaje de ficción ya inmortal, puro siglo XX hecho viñeta evocadora de tiempos pasados y exóticos, con sabor a salitre y a aventura. Es ahí donde Venecia y Corto Maltés se encuentran con Hugo Pratt y salen al paso del viajero en la obra que hoy nos ocupa: “La Venecia secreta de Corto Maltés” ( “Le guide de Venise. D’après l’œuvre d’Hugo Pratt«, “Corto sconto. Itinerari fantastici e nascosti di Corto Maltese a Venezia”), donde Guido Fuga y Lele Vianello proponen deambular por Venecia de una forma tan mágica como evocadora. Indicaciones que son expuestas entre dibujos de Pratt para mayor disfrute de quien busque lograr la ilusión de convertirse en viajero en lugar de turista, para perderse por esas calles alejadas del bullicio y quizá, con suerte, poder entrar la Corte Sconta detta Arcana.
Repartidas las rutas en siete puertas (“de la Aventura”, “del Mar”, “de Oriente”, “del Oro”, “del Amor”, “del Color” y “del Viaje”) esta obra es más que una guía al uso. Es una invitación a empaparse del ambiente de esa Venecia que se resiste a desaperecer. Una que mantiene el encanto decadente y evoca tanto a la historia – entre anécdotas protagonizadas por personajes célebres, incluidas del propio Pratt – como nos pone sobre el mapa los lugares de los hechos históricos acaecidas en la ciudad. Entre medias, la sugestión de poder encontrarse a Corto Maltés se mantiene en un texto que, si bien es práctico, también se permite momentos más cercanos a lo literario, para mayor deleite de las rutas propuestas.

Traída al mercado en castellano por Norma, con traducción de Manel Domínguez y René Parra Lambiés, en 2019 contó con una nueva edición revisada, donde todos los datos de los establecimientos se actualizaron y, a día de hoy, siguen proporcionando utilidad para callejear por la ciudad de los canales. Hecho que puede mutar al estar tratándose de una ciudad presa del turismo de masas. Lo que si permanece inalterable son los itinerarios mágicos que propone, ocultos a lo previsible y seductores. Que no renuncian a las estampas más conocidas de la ciudad, pero ofrecen acceder a otras con el encanto y privilegio de huir de lo convencional para adentrarse en lo fantástico. Donde la belleza está en los detalles inadvertidos por muchos paseantes, como patios, soportales, puertas y ventanales. Como el sol que entra tímidamente en un callejón, jugando mientras despliega su magia iluminando lo que toca…
Más que una guía, “La Venecia secreta de Corto Maltés” se revela como un perfecto aliado para deambular entre canales y callejuelas. Alejado de lo evidente y permitiendo que el viajero mire, observe y se recree en la contemplación. Acercándose, como dicen los autores evocando a Pratt, “al conocimiento secreto”. Descubriendo la eternidad de lo que perdura entre la muchedumbre y el paso del tiempo. Dejando de ser turistas y alentando el instinto de mirar lo que merece ser visto con la calma que precisa. Encontrándonos con esa Venecia imposible, que a menudo se difumina entre las hordas del turismo, pero que aún existe. La Venecia de la Serenissima, la de Hugo Pratt y tantos personajes célebres que pasaron por ella. También la imaginaria de Corto Maltés, cuyos rastros reales se pueden descubrir junto a estas páginas. Y quizá, durante el paseo, se materialice la noble ilusión de convertirse en un viajero que descubre momentos y lugares irrepetibles.

“Como en un dibujo de Hugo Pratt”
Suena, al acabar estas líneas, “Polaroids” de Diego Vasallo, canción de la que tomamos prestado el verso anteriormente citado.
