La guerra es ese sitio que cambia a las personas. Normalmente para mala y para muestra el botón que encuentra Frank en Vietnam. Frank Castle, que nace porque la guerra decide que todavía puede empeorar las cosas. Porque, claro, si uno piensa en el origen del Castigador, lo normal es imaginar a un hombre traumatizado por la pérdida de su familia, completamente roto por dentro y con una calavera en el pecho que viene a decir algo así como: “Hola, soy la solución a todos tus problemas, especialmente si tus problemas son las mafias, los asesinos y una preocupante falta de cadáveres”.

Garth Ennis debió de pensar que aquello era demasiado sencillo. Así que cogió a Frank Castle, lo metió en Vietnam, lo dejó pudrirse en una base militar perdida en mitad de la nada y se preguntó qué pasaría si a un ser humano le quitáramos progresivamente todo lo que le queda de humanidad hasta convertirlo en una máquina de matar con la capacidad emocional de una excavadora. El resultado es el Marvel Must-Have «El Castigador: Nacimiento», editado por Panini Comics, un tomo que contiene The Punisher: Born #1-4 y que viene a demostrar que, para algunas personas, volver de una guerra no significa abandonar el infierno. Significa llevárselo puesto.
Aquí está una de las grandes virtudes de Ennis. No necesita que Frank Castle pierda a su familia para convertirlo en El Castigador. La familia será el detonante posterior, el empujón definitivo, la tragedia que terminará de cerrar la puerta. Pero en aquí descubrimos que detrás de esa calavera ya había algo. Algo bastante feo, para qué vamos a engañarnos. Frank Castle no es exactamente un ciudadano ejemplar al que un día le ocurre una desgracia y se despierta pensando que quizá debería empezar a disparar a delincuentes con una ametralladora. No. El hombre ya lleva dentro una relación con la violencia, el deber y la guerra que haría sospechar hasta al psicólogo militar más optimista. Lo que hace Ennis es coger ese germen y plantarlo en el peor terreno posible: Vietnam.

La guerra de Vietnam está llegando a su final y aquello tiene aproximadamente el mismo aspecto que tendría una barbacoa organizada por Satanás después de tres días sin dormir. Los soldados están agotados, la moral está por los suelos, los mandos escurren el bulto, los recursos desaparecen y la sensación general es que Estados Unidos quiere marcharse de allí cuanto antes, preferiblemente sin mirar demasiado hacia atrás por si alguien pregunta quién ha dejado semejante montón de cadáveres. En medio de este panorama tenemos al capitán Frank Castle, que parece ser el único individuo del campamento que no ha recibido el memorándum informando de que aquello está perdido. Castle no quiere marcharse. Castle quiere combatir. Quiere cumplir su misión. Quiere seguir hasta el final. Y ahí empieza la parte verdaderamente incómoda del personaje: mientras los demás sueñan con volver a casa, él parece sentirse más cómodo rodeado de barro, sangre, napalm, cadáveres y vietnamitas intentando matarlo. Vamos, que si le hubieran ofrecido unas vacaciones en Benidorm probablemente habría preguntado dónde estaba el enemigo.
Ennis utiliza a Stevie Goodwin como una especie de testigo privilegiado de esta locura. Goodwin representa al soldado que está deseando salir de allí, contar los días que le quedan y volver a una existencia en la que la principal preocupación sea pagar el alquiler o discutir con el vecino por el ruido. Castle, en cambio, parece haber encontrado en la guerra su ecosistema natural. Y ahí está la verdadera tragedia. Para algunos hombres, la guerra es una experiencia que quieren olvidar; para Frank Castle, empieza a convertirse en el único lugar donde sabe exactamente quién es. Y esto es lo que hace que la historia resulte mucho más perturbadora que una simple colección de tiros, explosiones y miembros amputados, aunque Ennis tampoco vaya a privarnos precisamente de esas cosas. Aquí hay violencia, y bastante. Pero no está puesta para que el lector diga “¡qué burrada!” y pase página mientras se come una bolsa de patatas. La violencia forma parte del ambiente, es casi un personaje más. Vietnam no aparece como un escenario exótico para que los héroes hagan heroicidades. Aparece como una trituradora humana. Una máquina absurda en la que los hombres entran siendo una cosa y salen convertidos en otra.

Darick Robertson se encarga del dibujo y su estilo encaja como un puñetazo en la mandíbula. Su trabajo es áspero, realista, oscuro y especialmente adecuado para representar una guerra donde nadie parece estar pasando un buen día. Los soldados están agotados, sucios, demacrados y llenos de heridas. Los rostros transmiten miedo, resignación y locura. No hay glamour en la guerra y Robertson tampoco parece dispuesto a concedérselo. Cada página parece oler a humedad, pólvora y desesperación. Y cuando llega la acción, el dibujante no necesita convertirla en un espectáculo pirotécnico. La hace brutal porque resulta física, cercana y desagradablemente creíble. Tom Palmer aporta las tintas y Paul Mounts el color, completando una estética que contribuye a que tenga ese aspecto de pesadilla militar que necesita. Aquí nadie está limpio, nadie está descansado y nadie parece haber recibido un vale para una sesión de spa.
Panini Comics recupera esta historia con los cuatro números de Born, en un Marvel Must-Have que resulta especialmente recomendable para cualquiera que quiera conocer la etapa de Garth Ennis al frente de Punisher. Y conviene recalcar que aquí no estamos ante un Castigador diseñado para que Spiderman pueda aparecer balanceándose entre edificios y hacer una gracieta. Este es el Frank Castle adulto, desagradable, obsesivo, brutal y profundamente roto. El que mira la guerra y parece pensar que, después de todo, quizá aquello no sea tan diferente de lo que lleva dentro.

«El Castigador: Nacimiento» es, en definitiva, un cómic sobre cómo un hombre puede acostumbrarse tanto al infierno que, cuando finalmente tiene la oportunidad de abandonarlo, descubre que no sabe vivir fuera de él. Ennis convierte a Frank Castle en una tragedia con piernas, fusil y una cantidad de munición que haría sudar hasta al departamento de logística del Pentágono. Eel resultado es una de esas lecturas que dejan claro que El Castigador no nació cuando asesinaron a su familia en Central Park. Aquello solo fue el momento en que la bestia dejó de fingir. Frank Castle ya estaba muerto mucho antes. En Vietnam simplemente aprendió a caminar como un cadáver, a disparar como una ametralladora y a mirar al mundo como si todos los problemas pudieran solucionarse con una bala bien colocada. Y lo peor es que, después de leer este tomo, casi entiendes por qué.
