Moon Deer: engañosamente adorable

Existe una ley no escrita en el mundo del cómic que dice que, si en una portada aparece un animalito con ojos grandes y aspecto entrañable, lo normal es pensar que estamos ante una historia amable, tierna y apta para todos los públicos. Pues bien, «Moon Deer» llega para demostrar que esa ley vale exactamente lo mismo que las promesas de un político en campaña electoral cuando dice que todo será diferente con él. Porque sí, la portada te enseña un cervatillo espacial. Un cervatillo. En el espacio. Si eso no parece el argumento de una película familiar de domingo por la tarde, ya me dirán ustedes qué lo parece. Uno abre el tomo pensando que va a encontrarse una aventura simpática sobre amistad, esperanza y posiblemente algún mensaje ecologista de esos que te hacen sentir mejor persona. Lo que encuentra es una persecución cósmica, un universo al borde del colapso, una amenaza conocida como el Gran Silencio y una historia que poco a poco te va quitando la alfombra bajo los pies mientras sonríe con cara inocente. Muy feo por parte de Yoann Kavege. Muy efectivo también.

Publicado en España por Tengu Ediciones, «Moon Deer» es uno de esos cómics que disfrutan engañando al lector. Lo atraen con una apariencia de cuento ilustrado y luego lo lanzan a una odisea espacial que tiene más de reflexión filosófica que de fábula infantil. Es como si alguien hubiera mezclado una película de animación adorable con una crisis existencial del tamaño de una galaxia. La historia sigue a un pequeño ciervo astronauta que transporta un misterioso huevo mientras huye desesperadamente de una perseguidora tan insistente que haría parecer discretos a los cobradores de facturas. El universo se encuentra amenazado por algo llamado el Gran Silencio y, por alguna razón que iremos descubriendo poco a poco, ese huevo podría decidir el destino de todo cuanto existe. Y aquí llega la primera sorpresa. Prácticamente nadie habla.

Kavege decide contar gran parte de la historia a través de imágenes, expresiones, movimientos y silencios. Lo cual es una demostración de valentía artística o una declaración de guerra contra los lectores despistados. Probablemente ambas cosas. Durante las primeras páginas uno avanza intentando descifrar exactamente qué está pasando. Hay persecuciones, explosiones, naves que se estrellan, criaturas extrañas y escenarios imposibles. Todo es fascinante de ver y ligeramente desconcertante de entender. Es como entrar en mitad de una película cuando ya lleva cuarenta minutos empezada y fingir que sabes perfectamente quién es cada personaje. Sin embargo, poco a poco la historia empieza a funcionar. Las piezas encajan. Los silencios adquieren sentido. Y uno descubre que la ausencia de diálogos no es un capricho artístico, sino una herramienta narrativa fundamental.

Kavege quiere que observemos. Quiere que interpretemos. Quiere que nos equivoquemos. Y vaya si lo consigue. La gran virtud de Moon Deer es que juega constantemente con las expectativas del lector. Desde el diseño del protagonista hasta la propia estructura del relato, todo parece pensado para llevarnos a determinadas conclusiones. Nosotros, obedientes como siempre, caemos en la trampa con entusiasmo. Y cuando llega el desenlace… Bueno. Digamos simplemente que hay motivos por los que la gente hablará del final de este cómic. No entraré en detalles porque sería un crimen estropear una de las mejores bazas de la obra, pero sí puedo decir que es uno de esos finales que obligan a replantearse buena parte de lo leído. Kavege juega limpio, pero también juega muy bien.

Mientras tanto, el apartado gráfico se dedica a recordarnos cada pocas páginas que estamos ante un autor con un talento con los lápices fuera de toda discusión. Los escenarios son imaginativos, extraños y fascinantes. Cada planeta parece tener sus propias reglas, su propia historia y su propia personalidad. Hay paisajes que transmiten belleza, otros que transmiten desolación y algunos que provocan la sensación de que el autor ha tenido sueños muy raros y ha decidido compartirlos con todos nosotros. Y menos mal. Porque visualmente el cómic es una barbaridad. Las secuencias de persecución tienen una energía tremenda. Las escenas de acción poseen una claridad admirable. Los personajes transmiten emociones sin necesidad de abrir la boca. Y el uso del color convierte muchas páginas en auténticos espectáculos visuales. La narración funciona precisamente porque Kavege entiende que el dibujo no está para acompañar la historia: es la historia.

Hay momentos en los que uno se sorprende pasando varios minutos contemplando una sola página. No porque sea complicada de entender, sino porque resulta imposible no quedarse admirando los detalles. Y eso tiene mérito. Mucho mérito. Especialmente en una época en la que algunos cómics parecen competir por ver quién mete más cuadros de texto por centímetro cuadrado. Aquí ocurre justo lo contrario. Moon Deer confía en la inteligencia del lector. A veces incluso demasiado. Hay secuencias que pueden resultar algo confusas y momentos en los que uno agradecería una explicación adicional. No porque la historia sea mala, sino porque Kavege prefiere sugerir antes que explicar. Es una apuesta arriesgada. Pero también es parte de la personalidad de la obra.

Al final, la sensación que deja el cómic es muy curiosa. Empieza pareciendo una aventura ligera y termina convirtiéndose en algo bastante más profundo. Empieza pareciendo una historia sobre escapar y acaba hablando de conceptos mucho más grandes. Empieza con un cervatillo adorable y termina obligándote a pensar sobre cosas que probablemente no esperabas encontrarte cuando abriste el tebeo. Y eso tiene bastante mérito para una obra que apenas necesita palabras para conseguirlo. Muchos cómics hablan mucho y dicen poco. Moon Deer hace exactamente lo contrario.

En cuanto a Yoann Kavege, cuesta creer que estemos ante un debut. No porque la obra sea perfecta, que no lo es, sino porque demuestra una confianza enorme en sus propias herramientas. Guion, dibujo, color y puesta en escena trabajan en la misma dirección. Todo parece formar parte de una visión muy clara de lo que el autor quiere contar. Y eso convierte el tebeo en algo más que una simple curiosidad. Lo convierte en una de esas obras que permanecen rondando por la cabeza cuando se termina la lectura.

Al cerrar el tomo uno recuerda la aventura, recuerda las persecuciones, recuerda los paisajes imposibles y recuerda el final. Pero sobre todo recuerda la sensación de haber sido engañado de la manera más elegante posible. Y la verdad es que no puedo evitar admirar a un autor capaz de hacer eso utilizando como cómplice a un cervatillo espacial con cara de no haber roto nunca un plato. Así que sí, recomiendo «Moon Deer». Pero con una advertencia. No os fíes del cervatillo. Nunca os fíes del cervatillo. Los personajes con aspecto adorable son los más peligrosos. Disney lleva décadas avisándonos y seguimos sin aprender.

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