Existe una cantidad ingente de personajes que, cuando la vida se les complica, buscan ayuda. Hablan con un amigo, visitan al psicólogo, se toman unas vacaciones o, en casos especialmente desesperados, se apuntan a pilates. Masacre, no. Wade Wilson pertenece a esa selecta categoría de personas que, cuando tienen un problema, consiguen fabricar tres problemas nuevos, matar a alguien por el camino y después preguntarse por qué todo les sale mal. Es como ese amigo que llega a tu casa diciendo «solo necesito desahogarme» y dos horas después tienes un coche ardiendo en el jardín, una denuncia de la comunidad y un señor vestido de Spiderman intentando entrar por la ventana.

En el tercer tomo de Marvel Héroes de «Masacre de Daniel Way», nuestro psicópata favorito decide que la solución a una vida sentimental inexistente, una estabilidad mental comparable a la de una batidora sin tapa y una reputación profesional que consiste básicamente en que nadie sensato quiere contratarlo es… irse al espacio. Cuando has tocado fondo, no siempre tienes que cavar. A veces puedes coger una nave espacial y buscar un fondo nuevo en otra galaxia. Porque Wade Wilson ya ha hecho prácticamente todo lo que se puede hacer en la Tierra. Ha muerto, ha vuelto, ha sido mutilado, ha discutido con superhéroes, ha roto la cuarta pared hasta dejarla para tirar, ha tenido una relación sentimental con la Muerte y ha convertido su propia existencia en una mezcla de tragedia griega, comedia de bar y accidente laboral. Así que Daniel Way debió sentarse delante del ordenador, mirar la página en blanco y pensar: «Bien. ¿Qué queda?». Y como aparentemente nadie encontró un extintor a tiempo, la respuesta fue: alienígenas.
Este volumen reune material de Deadpool vol. 3 #32-49, 33.1 y 49.1. Cuatrocientas cincuenta y seis páginas. Una barbaridad. Una cantidad de Masacre suficiente para que, cuando termines el tomo, necesites exactamente lo mismo que él: un psiquiatra, una botella de agua y alguien que te confirme que sí, efectivamente, acabas de leer eso. La gran idea de este volumen es mandar a Masacre al espacio para que aumente su prestigio como mercenario. Porque claro, si eres un asesino a sueldo con una trayectoria profesional plagada de cadáveres, enemigos y decisiones cuestionables, lo normal para mejorar tu currículum es ampliar el mercado. El hombre no quiere ser el mejor mercenario de la Tierra. Eso sería demasiado sencillo. Quiere ser el mejor mercenario de la galaxia. Hay que pensar a lo grande. O, en su caso, hay que pensar poco y disparar mucho. Y aquí Daniel Way se desmelena.

La aventura espacial parece escrita bajo la premisa de «¿cuántas cosas absurdas podemos meter antes de que el lector empiece a sospechar?». Aparecen razas alienígenas, mercenarios intergalácticos, planetas con personalidad propia, criaturas que parecen haber sido diseñadas por alguien que llevaba demasiadas horas sin dormir y enemigos que podrían competir tranquilamente en un concurso de «¿quién tiene el concepto más ridículo?». Y en medio de todo eso está Wade, feliz como un niño en una tienda de armas. Porque si hay algo que le gusta a Masacre más que matar gente es hacerlo en situaciones completamente innecesarias.
El viaje espacial permite además que Way se divierta con las referencias, las parodias y la cultura pop. Masacre no puede ver una franquicia famosa sin meter la cuchara. No puede contemplar un cliché sin destrozarlo. No puede hablar con otro personaje sin convertir la conversación en una competición para ver quién acaba antes perdiendo la paciencia. Y, naturalmente, tampoco puede aceptar que está dentro de un cómic sin recordárselo al lector cada vez que tiene ocasión. La cuarta pared ya no existe. Ha sido asesinada. Y probablemente Wade tiene el cadáver guardado en algún armario.

Pero debajo de todo este festival de chorradas hay una cuestión bastante más seria. Wade quiere morir. Y esto, que en cualquier otro cómic sería un asunto dramático de primer orden, en manos de Daniel Way se convierte en una situación en la que el protagonista decide que Hulk es básicamente su última esperanza. Sí, Hulk. Nuestro querido Bruce Banner. Porque hay que tener una mentalidad muy particular para pensar: «Quiero desaparecer del mundo. ¿Quién podría ayudarme? ¿Un terapeuta? ¿Un médico? ¿Un sacerdote? No. El gigante esmeralda». Y lo peor es que tiene sentido. El factor curativo de Masacre convierte su existencia en una broma cruel. Puede sobrevivir a prácticamente cualquier cosa. Su cuerpo se empeña en seguir funcionando aunque su cabeza lleve años pidiendo vacaciones. De modo que el enfrentamiento con el monstruo gamma tiene una mezcla estupenda de humor y tragedia. Wade quiere que el gigante verde lo mate y Hulk, como buen profesional de la destrucción masiva, se lo toma bastante en serio.
Después llega el psiquiátrico. Porque si hay una conclusión lógica a todo esto es que Masacre necesita tratamiento profesional. Mucho tratamiento profesional. Probablemente varios profesionales trabajando por turnos. Meter a Wade Wilson en una institución mental es una idea que parece escrita por alguien que odia profundamente a los trabajadores de la sanidad. Porque imaginemos la escena: «Tenemos un nuevo paciente». «¿Qué le pasa?». «Habla solo». «Bueno, eso no es tan raro». «Habla con nosotros desde dentro de las viñetas». «Ah». «Tiene dos katanas». «¿Las ha entregado?». «No». «¿Tiene armas de fuego?». «Sí». «¿Y cómo hemos conseguido ingresarlo?». «No lo sé». «¿Dónde está el médico?». «Ha pedido la baja». Y Wade, por supuesto, encuentra en el psiquiátrico otro escenario perfecto para hacer de las suyas. Allí entra en juego su relación con su terapeuta, que evoluciona de una manera que demuestra que siempre se puede empeorar una situación que ya parecía imposible de empeorar. Masacre enamorándose de su psiquiatra es exactamente el tipo de decisión sentimental que tomaría un hombre cuyo historial amoroso ya incluye a la propia Muerte. Hay personas que buscan pareja en una aplicación. Wade Wilson busca pareja entre las personas que cobran por intentar arreglarle la cabeza. No parece una buena estrategia. Aunque, siendo justos, ninguna estrategia sentimental de Masacre parece especialmente recomendable.

Lo interesante es que Daniel Way consigue que todo este disparate tenga un fondo dramático. Wade es un personaje profundamente solo, y el humor es su manera de esconderlo. Cuanto peor está, más bromas hace. Cuanto más miedo tiene, más habla. Cuanto más necesita ayuda, más imposible resulta ayudarle. Y eso provoca que el lector pase de la carcajada al «pobre desgraciado» con una velocidad considerable. Claro que después Wade vuelve a abrir la boca y se acabó la compasión.
Artísticamente, este volumen es una auténtica reunión de vecinos. Bong Dazo, Sheldon Vella, Carlo Barberi, Salva Espín, Scott Koblish y John McCrea se reparten las páginas, acompañados por un ejército de entintadores y coloristas entre los que tenemos a Joe Pimentel, Walden Wong, Andres Mossa, Marte Gracia, Nick Filardi, Ferran Daniel, Jorge Gonzalez, Guru-eFX o Veronica Gandini que parece que Marvel hubiera decidido convocar a todo el departamento artístico por si acaso Wade rompía algo. Y probablemente lo rompió. La variedad de estilos funciona precisamente porque estamos hablando de Masacre. Aquí intentar conseguir una uniformidad absoluta sería absurdo. ¿Qué sentido tiene que el personaje sea un caos andante y que luego el dibujo tenga una estabilidad ejemplar? No. Aquí todo debe parecer a punto de descarrilar.

Carlo Barberi aporta un dibujo dinámico y expresivo. Bong Dazo encaja perfectamente con el tono más caricaturesco. John McCrea imprime su personalidad a las páginas y Salva Espín demuestra por qué se convirtió en uno de los artistas más asociados al personaje. Su Masacre tiene esa capacidad de parecer amenazador, idiota y absolutamente encantador en cuestión de segundos. Y luego está Scott Koblish, que directamente parece haber decidido que el realismo era una pérdida de tiempo. Su estilo caricaturesco encaja de maravilla con las situaciones más absurdas y convierte algunas escenas en auténticos dibujos animados con presupuesto para amputaciones.
Después de tres tomos, resulta bastante evidente que Way encontró una fórmula que funciona. Puede que algunos chistes sean mejores que otros. Puede que determinadas referencias hayan envejecido regular. Puede que en algún momento uno tenga ganas de decirle a Wade «cállate cinco minutos, por favor». Pero precisamente esa capacidad para resultar irritante forma parte del encanto. Masacre no es el amigo simpático. Es ese amigo que quieres mucho, pero al que jamás dejarías solo con tus llaves, tu coche, tu tarjeta de crédito o tu mascota. Y probablemente tampoco con una grapadora. Por eso este tercer volumen resulta tan divertido. No intenta convertir a Wade en un héroe convencional. No pretende limpiarlo, justificarlo ni convertirlo en una víctima adorable. Sigue siendo un asesino psicótico que hace cosas terribles y después se ríe de ellas. Pero Way consigue que entendamos por qué se comporta así. Y ahí está el equilibrio.

La edición de Panini Comics mantiene el nivel de los otros dos volúmenes. Tenemos la traducción de Uriel López, una introducción de Pedro Monje y multitud de extras al final del tomo como son portadas, bocetos o diseño de personajes. En definitiva, el tercer tomo de Marvel Héroes de Masacre de Daniel Way es lo que ocurre cuando un guionista decide que todavía no ha llevado suficientemente lejos a un personaje que ya estaba completamente fuera de control. Lo manda al espacio, lo enfrenta a Hulk, lo mete en un psiquiátrico, le proporciona nuevos enemigos, nuevos traumas y nuevas oportunidades para hacer el ridículo. Y lo mejor es que funciona.
Es violento, absurdo, gamberro, ridículo, divertido y, cuando menos te lo esperas, bastante triste. Exactamente como Wade Wilson. Un tomo para leer con una sonrisa, una cerveza cerca y la tranquilidad de saber que, por muy mal que vaya tu vida, siempre podría ser peor. Podrías ser Masacre y tener la capacidad física de sobrevivir eternamente a tus propias decisiones. Aunque, pensándolo bien, quizá eso explique por qué nunca aprende. No puede morir. Pero tampoco puede callarse. Y Daniel Way, afortunadamente para nosotros y desgraciadamente para la salud mental de Wade, tampoco.
