Perdidos por el más allá 3: mujeres que no siguen el guion. Más allá de lo convencional

Son muchos los autores que necesitan inventarse una vida extraordinaria para tener algo que contar. Ramón Boldú, en cambio, tiene la cortesía de ahorrarnos el esfuerzo. Le basta con abrir el cajón de los recuerdos y sacar de ahí divorcios, trabajos absurdos, personajes impresentables, situaciones surrealistas, fenómenos paranormales, cadáveres famosos y, por si todavía quedaba algún hueco, los entresijos de la televisión. Porque si algo demuestra el tercer volumen de «Perdidos por el más allá» es que la realidad, cuando se pone a trabajar, no necesita guionistas. Necesita un abogado.

En esta tercera entrega de la serie publicada por Astiberri, Boldú vuelve a convertir su propia existencia en materia prima para un tebeo que tiene la saludable costumbre de no comportarse como una autobiografía convencional. Aquí no encontraremos al autor contemplando su ombligo mientras recuerda con nostalgia los grandes momentos de su vida. Nada de eso. Boldú mira hacia atrás, encuentra un incendio, se mete dentro y luego decide dibujarlo para que los demás podamos reírnos de las quemaduras. Y eso, teniendo en cuenta el material que maneja, tiene bastante mérito.

El punto de partida de esta entrega resulta especialmente jugoso. La experiencia de Boldú como guionista de televisión. Y si alguien pensaba que escribir para la pequeña pantalla consistía en sentarse delante de un ordenador, tomar un café y decir cosas como “necesitamos más tensión en el tercer acto”, este cómic viene dispuesto a destruir semejante fantasía con la delicadeza de una apisonadora. Tras las cámaras aparecen abusos, chapuzas, miserias, egos, situaciones disparatadas y esa maravillosa fauna humana que surge cuando demasiadas personas descubren que unas cuantas pueden tener poder sobre las demás.

El título, «Mujeres que no siguen el guion«, apunta precisamente hacia uno de los asuntos más incómodos del comic. Las relaciones de poder y los abusos que han acompañado durante décadas a determinadas industrias audiovisuales. Boldú aborda situaciones de mujeres que se encuentran con la posibilidad de tener que aceptar determinadas condiciones para conseguir un papel, una oportunidad o simplemente que alguien vuelva a acordarse de que existen. Y lo hace sin convertir el cómic en un sermón. La denuncia está ahí, perfectamente visible, pero el autor utiliza el humor como bisturí. Una herramienta especialmente eficaz porque permite señalar lo miserable sin necesidad de colocar un cartel luminoso que diga “ATENCIÓN: ESTO ES MISERABLE”. Y ahí está una de las grandes virtudes de Boldú. Sabe que el humor no elimina la gravedad de lo que cuenta. Al contrario, muchas veces consigue que resulte todavía más incómodo. Uno se ríe y, unos segundos después, se da cuenta de que acaba de reírse de algo que, en realidad, tiene bastante poco de gracioso. Es una especialidad de la casa: convertir la tragedia en comedia sin hacer desaparecer la tragedia.

El propio autor ha explicado que una de sus estrategias consiste en reírse de sí mismo antes de hacerlo con los demás. Si tiene que contar algo miserable de otra persona, procura encontrar algo todavía más miserable en su propio historial. Es una filosofía bastante sana para alguien que lleva años convirtiendo su vida privada en material público y que, según reconoce, ya acumula unas cuantas querellas. El método Boldú podría resumirse así: “Si voy a dejarte en evidencia, primero me dejo yo”. Democrático, terapéutico y probablemente más barato que un abogado. Pero Perdidos por el más allá no se queda en la televisión. Porque, aparentemente, Boldú decidió que contar sus experiencias laborales y los abusos de la industria audiovisual no era suficiente. Había que meter también a la NASA, el tiempo, el más allá y unas investigaciones secretas relacionadas con la naturaleza de la realidad. Porque claro, después de una jornada normal en televisión, lo lógico es ponerse a investigar si el tiempo existe realmente. Una persona corriente habría encendido Netflix. Boldú no.

El resultado es una mezcla peculiar de autobiografía, humor, ciencia ficción, filosofía y paranormalidad que encaja perfectamente dentro del universo de la serie. Lo extraordinario no aparece como un elemento ajeno a la realidad cotidiana, sino como otra pieza más del despropósito. En el mundo de Boldú, que la NASA haya investigado secretos relacionados con el más allá no parece mucho más extraño que conseguir trabajo en televisión sin que alguien intente aprovecharse de ti. Y probablemente esa sea precisamente la gracia. También tenemos, por supuesto, al cadáver de Evita Perón y la rocambolesca aventura que protagoniza, o protagoniza por ausencia, porque cuando tu personaje principal lleva tiempo muerto la capacidad para protestar por cómo lo representas se reduce considerablemente. Boldú utiliza este episodio para seguir ampliando ese territorio en el que lo histórico, lo absurdo y lo sobrenatural pueden compartir página sin necesidad de pedir permiso. Y funciona porque el autor no parece demasiado preocupado por respetar las fronteras entre géneros. ¿Autobiografía? Sí. ¿Humor? Constantemente. ¿Denuncia social? También. ¿Filosofía? Cuando toca. ¿Paranormalidad? Por supuesto. ¿Una historia protagonizada indirectamente por el cadáver de Evita Perón? Naturalmente. Lo único que falta es que aparezca un dinosaurio vestido de astronauta para completar el menú, aunque a estas alturas uno tampoco apostaría dinero en contra.

Gráficamente, Boldú mantiene ese dibujo rápido, directo y expresivo que caracteriza su obra. Él mismo reconoce que se considera más guionista que dibujante, y probablemente ahí esté una de las claves para entender su estilo. No busca deslumbrar con páginas de virtuosismo académico ni convertir cada viñeta en una demostración de músculo gráfico. Su dibujo está al servicio de la narración, de los personajes y, sobre todo, del ritmo. Las expresiones faciales, las posturas y la gestualidad ayudan a convertir cada situación en un pequeño gag incluso cuando el asunto que se está contando tiene bastante mala leche. Y eso es importante porque este tebeo necesita precisamente esa velocidad. Boldú cuenta muchas cosas, y las cuenta como quien conversa con alguien en un bar que acaba de descubrir que lleva media hora escuchando una historia que empezó hablando de televisión y ha terminado explicando la naturaleza del tiempo y la trayectoria post mortem de Evita Perón. Lo lógico sería pedir otra cerveza. Y seguir escuchando.

Al final es una tercera entrega que amplía el universo de «Perdidos por el más allá» y confirma que Boldú sigue teniendo una materia prima extraordinaria: él mismo y ese circo llamado realidad. Un circo donde hay abusos, fracasos, televisión, sexo, ciencia, fantasmas, cadáveres célebres y personajes capaces de hacer que uno eche de menos la tranquilidad de una vida aburrida. Boldú sigue demostrando que la autobiografía no tiene por qué ser un ejercicio de solemnidad ni una colección de fotografías familiares con cara de “mira qué interesante ha sido mi existencia”. Puede ser también una patada en la puerta, una carcajada incómoda y una confesión en voz alta de que todos estamos improvisando. Algunos, además, tenemos la suerte de que Ramón Boldú lo dibuje. Y visto lo visto, quizá sea mejor que llegue pronto esa cuarta entrega prometida. Porque a estas alturas uno ya quiere saber qué demonios puede pasar después. Aunque, tratándose de Boldú, la respuesta probablemente sea: absolutamente cualquier cosa.

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