Marvel ha descubierto una de las leyes fundamentales del universo. Si algo funciona, relánzalo. Si funciona muy bien, renuméralo. Y si sigue funcionando después de haberlo renumerado, cámbiale el título, ponle un número 1 y haz como si el lector acabara de aparecer por primera vez en una tienda de cómics. Así llegamos a Caballero Luna: Puño de Khonshu 1, porque aparentemente «Caballero Luna», «La Venganza del Caballero Luna» y ahora «Puño de Khonshu» eran exactamente el mismo título durante demasiado tiempo y alguien en Marvel empezó a ponerse nervioso. No vaya a ser que una colección llegue al número 50 y el lector sepa perfectamente dónde está.

Por lo demás, ninguna novedad. Marc Spector sigue estando como una cabra, Khonshu sigue siendo ese compañero de piso que jamás paga el alquiler, pero siempre tiene una opinión sobre cómo deberías organizar tu vida, la Misión de Medianoche sigue funcionando como una mezcla entre refugio de acogida, centro social y consulta psiquiátrica sin licencia, y Jed MacKay continúa escribiendo al personaje con una tranquilidad que empieza a resultar sospechosa. Porque mientras Marvel relanza la cabecera con la alegría de quien cambia los muebles de sitio para convencer a la familia de que ha reformado la casa, MacKay lleva años construyendo una de las versiones más interesantes del Caballero Luna moderno.
El tomo recopila Moon Knight: Fist of Khonshu #0-5 y arranca con un número cero. Porque, naturalmente, si vamos a empezar de nuevo, lo primero que necesitamos es un número que no sea el número uno. Es una tradición editorial tan absurda que ya resulta entrañable. El #0 sirve para recordarnos quién es cada miembro de la Misión de Medianoche y qué demonios ha pasado hasta ahora. Una especie de «anteriormente en Caballero Luna», pero con la ventaja de que no necesitamos escuchar una voz en off mientras aparecen imágenes de gente mirando dramáticamente al horizonte. Y lo mejor es que este número cero está realizado con bastante inteligencia. Khonshu ejerce de maestro de ceremonias y se encarga de poner al lector al día. Algo bastante conveniente porque, después de varios años de historias, muertes, resurrecciones, vampiros, dioses, sociedades secretas y demás actividades que uno normalmente no incluiría en un currículum, el Caballero Luna empieza a necesitar un diagrama de flujo. Marc Spector ha muerto, ha vuelto, ha cambiado de situación, ha tenido problemas con Khonshu y ahora se encuentra con que durante su ausencia las calles han sido tomadas por nuevas bandas criminales. Lo habitual cuando uno se toma unas vacaciones.

El problema ahora es una nueva droga que mezcla química y magia. Porque ya sabemos que en Marvel un narcotraficante jamás puede limitarse a vender cocaína en una esquina (bueno sí, pero hace mucho tiempo). Hay que añadir magia. Y si se puede añadir un dios egipcio, mejor. El resultado es una guerra de bandas que enfrenta al Caballero Luna con Achilles Fairchild, un mafioso que parece haber entendido perfectamente que el mercado de la droga necesitaba una pequeña innovación sobrenatural. El capitalismo siempre encuentra nuevos nichos. MacKay vuelve a demostrar aquí que conoce perfectamente las posibilidades del personaje. Y eso es especialmente llamativo porque el Caballero Luna es uno de esos personajes que históricamente ha pasado por tantas versiones que podría tener una reunión de antiguos guionistas y acabar en una pelea por decidir cuál de todos era el verdadero Marc Spector. MacKay, sin embargo, ha conseguido construir una versión coherente durante años y, lo que es todavía más complicado, hacer que parezca que cada nueva historia tiene un motivo para existir. No se dedica a resetearlo todo porque Marvel haya cambiado otra vez el encabezado de la portada. Al contrario: recoge lo anterior y lo utiliza. Es decir, hace exactamente lo contrario de lo que parece indicar un número 1. Algo revolucionario. Casi subversivo.
MacKay entiende además que el Caballero Luna funciona mejor cuando no sabemos exactamente qué pasa dentro de su cabeza. Y por eso muchas veces son los demás personajes quienes terminan definiéndolo. Para algunos es un protector. Para otros, un psicópata con complejo de justiciero. Para otros, una especie de leyenda urbana. Y probablemente todos tengan razón. Porque una de las grandes aportaciones de MacKay ha sido precisamente crear una comunidad alrededor del personaje. La Misión de Medianoche ya no es simplemente el sitio donde Marc vuelve después de una paliza para contemplar dramáticamente la ciudad. Se ha convertido en un elemento fundamental de la colección. Sus miembros tienen personalidad, relaciones y conflictos propios, y permiten que la serie respire. Porque por mucho que nos guste ver al Caballero Luna golpeando criminales hasta convertirlos en recuerdos borrosos, seis números de eso acabarían siendo un poco repetitivos. Incluso para Marc.

Por otro lado, la llegada de Alessandro Cappuccio ha conseguido que su versión del Caballlero sea reconocible en cualquier lado. Su trabajo con las luces y las sombras sigue siendo magnífico. El traje blanco del Caballero Luna se convierte en una especie de faro macabro en mitad de la oscuridad. Marc aparece muchas veces como una figura que debería resultar imposible de ignorar, pero que al mismo tiempo parece surgir de la noche. El número cero es especialmente interesante porque Cappuccio aprovecha las páginas para realizar composiciones de gran tamaño y prácticamente convertirlas en ilustraciones. Es una manera estupenda de entrar en el tomo. Una pena que después haya que compartir el juguete. Porque Domenico Carbone y Devmalya Pramanik toman el relevo. Ambos realizan un trabajo solvente, aunque Cappuccio tiene una personalidad gráfica tan marcada que la comparación resulta inevitable. Carbone presenta un dibujo más expresivo, con menos peso del entintado, mientras que Pramanik resulta especialmente interesante por su dinamismo y por una puesta en página más juguetona. Rachelle Rosenberg, mientras tanto, tiene que hacer el trabajo ingrato de conseguir que tres dibujantes distintos parezcan formar parte del mismo cómic. Y lo consigue. Los colores mantienen una continuidad estética que ayuda a que la colección no parezca una especie de experimento en el que cada número se ha encargado a un dibujante diferente porque alguien olvidó renovar un contrato.
El final del tomo, además, deja las cosas bastante complicadas para Marc y compañía. Sin entrar en spoilers, los protagonistas terminan en una situación que amenaza con convertirlos en fugitivos de la ley. Porque evidentemente el Caballero Luna necesitaba más problemas. Bastante tenía ya con Khonshu, su historial médico, sus enemigos y su tendencia a solucionar las discusiones mediante traumatología experimental. Y aquí está la gracia de Puño de Khonshu. Después de cuatro años, MacKay consigue que uno tenga ganas de seguir leyendo. No porque haya pulsado el botón mágico de «borrar continuidad», sino precisamente porque ha demostrado que todo lo anterior sirve para algo.

Así que sí: otro número uno. Otra cabecera. Otro relanzamiento. Otra oportunidad para que el lector se pregunte si tiene que comprar el tomo editado por Panini Comics aunque ya tenga los anteriores. La respuesta es sí. Porque el Caballero Luna sigue funcionando. Marvel podrá cambiarle el nombre tantas veces como quiera. Podrá renumerarlo, relanzarlo, reempaquetarlo y probablemente venderlo dentro de cinco años con una pegatina que diga «ahora con más Khonshu especiado con lunitas». Pero mientras MacKay siga al mando, Marc Spector seguirá teniendo algo que muchos personajes de Marvel han perdido entre tanto evento, reboot y traje nuevo: una personalidad propia. Y eso, teniendo en cuenta que el pobre hombre ni siquiera tiene claro cuántas personalidades tiene, tiene bastante mérito.
