Mucha gente pasa por el instituto durante unos años y sale de allí con un título, una cierta formación académica y, con suerte, algún recuerdo que no implique sudores fríos. Luego está «Benito Boniato», que decidió convertir el Bachillerato en una condena a perpetuidad. Mientras otros estudiantes tenían como objetivo aprobar, sacarse el título y empezar a preocuparse por los problemas de la vida adulta, Benito comprendió muy pronto que había una opción mucho más cómoda: no avanzar jamás. Una estrategia vital admirable, si uno consigue ignorar por completo las expectativas de sus padres, la paciencia de sus profesores y el pequeño detalle de que algún día hay que terminar los estudios.

Benito Boniato es, en esencia, el hombre que hizo de suspender una vocación. Un pionero. Un adelantado a su tiempo. Cuando todavía no existían los cursos online, las academias de recuperación, los tutoriales de YouTube ni esa maravillosa posibilidad contemporánea de preguntarle a una inteligencia artificial cómo resolver los deberes, Benito ya había descubierto el método pedagógico definitivo. Confiar en que la situación se arregle sola. Y si no se arregla, siempre queda la excusa.
Carlos y Luis Fresno tuvieron la feliz ocurrencia de convertir semejante desastre académico en protagonista de una serie de historietas, y ahora Dolmen Editorial recupera sus primeras aventuras en este integral de 240 páginas que reúne cronológicamente las historias publicadas entre 1977 y 1979. Es decir, tenemos aquí el equivalente editorial a abrir el expediente académico de un alumno que lleva cuarenta y tantos años repitiendo curso. Solo que, en lugar de encontrar suspensos, amonestaciones y alguna nota desesperada del profesor de Matemáticas, encontramos un montón de historietas estupendas. Y eso sí que es un milagro educativo.

Si existe un personaje capaz de demostrar que el fracaso escolar puede convertirse en patrimonio cultural, ese es Benito Boniato. Mientras Marvel necesitaba rayos cósmicos, mutaciones y dioses nórdicos para crear héroes, los Fresno solo necesitaron un chaval, un pupitre y un boletín de notas. El resultado fue mucho más realista y, probablemente, más terrorífico para cualquier padre. Un estudiante que parece haber hecho de la mediocridad académica una disciplina olímpica. Lo mejor es que Benito no está solo en esta misión. A su alrededor se despliega todo un ecosistema de sufrimiento: compañeros de clase, profesores que deberían recibir una pensión de invalidez por estrés postraumático y una familia que contempla su trayectoria académica con esa mezcla de cariño y resignación que aparece cuando uno ya ha asumido que las expectativas eran un error. Y aquí es donde Carlos y Luis Fresno demuestran su talento. Porque podrían haberse limitado a hacer chistes sobre un estudiante torpe, pero consiguen algo mucho más divertido. Construir alrededor de Benito un pequeño universo en el que todos parecen tener una razón perfectamente válida para querer estrangularlo.
Las primeras aventuras reunidas en este volumen son historias cortas, muchas de una o dos páginas, y funcionan con una precisión que tiene algo de mecanismo de relojería. Se plantea una situación cotidiana, Benito toma una decisión que probablemente no habría aprobado ni el más optimista de sus profesores, la situación se complica y llega el inevitable desastre. Una estructura sencilla, sí, pero también extraordinariamente eficaz. Y es que el problema de Benito no es que sea tonto. Eso sería demasiado fácil. El problema es que tiene ideas. Ideas terribles, por supuesto, pero ideas al fin y al cabo. Y lo peor es que suele ejecutarlas con una confianza que haría palidecer a cualquier estratega militar.

Los exámenes son, evidentemente, uno de sus campos de batalla favoritos. Ahí Benito demuestra una imaginación admirable. Donde otros ven preguntas, él ve oportunidades. Donde otros ven respuestas, él ve problemas. Y donde el profesor espera encontrar conocimientos, Benito ofrece una combinación de ingenio, picaresca y absoluta falta de preparación que debería estudiarse en las facultades de Psicología. Porque el verdadero superpoder de Benito no es aprobar. Es sobrevivir. Sobrevivir al profesor. Sobrevivir al examen. Sobrevivir a sus propias decisiones. Y, sobre todo, sobrevivir a sus padres cuando lleguen las notas.
El humor de los Fresno bebe de la tradición de la historieta española de humor, con juegos de palabras, equívocos, situaciones absurdas y chistes populares adaptados a la narrativa gráfica. Pero lo interesante es que, pese al paso de las décadas, muchas de esas situaciones continúan siendo reconocibles. El mundo ha cambiado una barbaridad, pero hay una constante universal que ni siquiera la evolución tecnológica ha conseguido eliminar: el estudiante que no ha estudiado sigue existiendo. Podemos tener inteligencia artificial, realidad virtual, coches que aparcan solos y teléfonos que saben hasta cuándo tenemos que ir al baño, pero seguimos teniendo alumnos mirando una pregunta de examen como si estuviera escrita en sánscrito. Benito Boniato no necesitaba tecnología. Ya tenía excusas.

Una de las grandes virtudes de esta edición integral es precisamente que permite comprobar cómo evolucionó el personaje. El Benito de las primeras páginas no es exactamente el mismo que encontraremos después. Carlos y Luis Fresno fueron afinando el diseño, las expresiones, los secundarios y el ritmo hasta encontrar una identidad cada vez más sólida. Y poder leer las historias cronológicamente permite contemplar esa evolución con mucha claridad. Para quienes disfrutamos de los integrales, esto es un auténtico placer. Porque una recopilación ordenada no solo permite leer una serie: permite verla crecer. Y en este caso también permite comprobar cómo Benito consigue algo verdaderamente extraordinario. Evolucionar gráficamente mientras permanece exactamente igual de incapaz académicamente. Un logro que no está al alcance de cualquiera.
La restauración de Antonio Moreno y Choni Sierra completa una edición especialmente cuidada. Las páginas recuperan presencia y permiten disfrutar del trabajo de los autores con una presentación mucho más actual. Dolmen no se limita a recuperar el material, sino que lo presenta como lo que es. Una parte importante de la historia del cómic humorístico español. Y luego tenemos los extras, que incluyen portadas, pósters y una extensa entrevista con Carlos y Luis Fresno. Material que aporta contexto y que permite conocer mejor la creación y evolución de la serie. Después de comprobar durante 240 páginas la capacidad de Benito para meterse en problemas, resulta reconfortante descubrir que al menos los autores tenían las cosas bastante más claras.

«Benito Boniato: Estudia Bachillerato» es una estupenda recuperación de un personaje que merece regresar a las estanterías. Es divertido, ágil, lleno de pequeñas historias y, sobre todo, demuestra que el buen humor no necesita artificios. Carlos y Luis Fresno construyen una comedia basada en algo tan sencillo como observar la vida cotidiana y preguntarse qué ocurriría si al peor estudiante posible le diéramos la oportunidad de complicarla todavía un poco más. La respuesta es este volumen. Y funciona. Funciona porque Benito sigue siendo un desastre. Funciona porque sus profesores siguen sufriendo. Funciona porque sus compañeros siguen pagando las consecuencias. Y funciona porque, después de tantos años, todavía nos reconocemos en él. Eso sí, hay que reconocerle algo al muchacho. Mantenerse tantos años en Bachillerato tiene un mérito extraordinario. Cualquier otro habría tirado la toalla. Benito no. Benito persevera. No sabemos si algún día aprobará, pero desde luego ha conseguido algo que muchos estudiantes jamás alcanzaron. Convertir el fracaso en una carrera de larga duración. Un auténtico estudiante de fondo. Y con diploma. Probablemente falsificado.
