Hay pocas cosas más peligrosas en la Era Hiboria que una espada bien afilada, una horda de bárbaros cabreados y un rey que empieza a perder completamente la cabeza. Y en la entrega 18 de «Conan El Bárbaro», editado por Panini Comics y que recopila Conan the Barbarian #26-27 USA de Titan Comics. Jim Zub decide juntar las tres cosas, agitarlas con bastante violencia y comprobar qué ocurre cuando metemos a Conan en medio de una crisis política. Lo de siempre pasa: gente que conspira, gente que traiciona, gente que muere y Conan repartiendo mamporros con la eficiencia de un señor que ha decidido que la diplomacia está sobrevalorada. Vamos, una mañana cualquiera en Aquilonia.

Puedes tener un reino muriéndose de hambre, una guerra a punto de estallar, un rey completamente tarado y una población al borde de la revuelta y, aun así, siempre habrá algún noble pensando que lo realmente urgente es conspirar para quedarse con el trono. Si algo nos ha enseñado la historia es que cuando un país se va al carajo, lo primero que hay que hacer es buscar una silla más grande para sentarse encima de los escombros. Y ahí tenemos a Aquilonia, con el rey Numedides haciendo honor a la tradición de monarcas que deberían estar recibiendo tratamiento médico, pero en lugar de eso, siguen teniendo ejército, corona y capacidad para firmar órdenes de ejecución.
La historia llamada “The Conquering Crown” nos coloca en un momento especialmente interesante de la vida del Cimmerio. Conan ya no es simplemente aquel muchacho que vaga por el mundo buscando comida, mujeres, tesoros y oportunidades para comprobar cuántas personas puede derribar antes de que se le acabe el desayuno. Ahora es un mercenario curtido, un guerrero respetado y, para desgracia de su tranquilidad futura, alguien que empieza a llamar demasiado la atención. Uno empieza repartiendo mamporros y termina repartiendo decretos. La evolución profesional de este hombre es digna de estudio. El problema de ser bueno en algo es que tarde o temprano alguien se da cuenta. Y si eres Conan y lo que haces bien es matar gente con una espada mientras sobrevives a situaciones que acabarían con cualquier persona sensata ingresada en un hospital hiborio, lo normal es que termines convertido en líder de una banda de mercenarios. Y después, claro, vienen los reyes. Y los palacios. Y las coronas. Y toda esa maravillosa basura administrativa que consiste en sentarse en una silla dorada mientras los demás intentan apuñalarte por la espalda.

Aquilonia está hecha unos zorros. Numedides ha perdido completamente el juicio, o eso dicen los rumores. Y ya sabemos cómo funcionan los rumores: cuando alguien dice que el rey está loco, normalmente significa que el rey está loco, que alguien quiere que parezca loco o que el rey ha decidido demostrarlo personalmente asesinando a medio consejo. En cualquier caso, el panorama no es precisamente tranquilizador. La gente pasa hambre, las tensiones crecen y Zingara decide que una crisis interna es una oportunidad estupenda para invadir Poitain. Una decisión muy sensata, naturalmente. Porque si hay hambre, malestar social y un rey desequilibrado, ¿qué puede salir mal si además metes una guerra? Seguro que todo mejora. Los zingaranos cruzan la frontera y las tropas de Poitain salen a responder. El conde Trocero y sus caballeros marchan con toda la dignidad que se espera de la nobleza medieval hacia una emboscada que, por supuesto, demuestra que la dignidad sirve de muy poco cuando empiezan a llover flechas. Mientras tanto, en la capital, Numedides continúa con sus problemas mentales y decide que enviar refuerzos puede esperar. Es fantástico comprobar cómo funcionan los gobiernos en la Era Hiboria. Cuando tu país está siendo invadido, tienes dos opciones: mandar soldados o quedarte tranquilamente sentado. Numedides elige la segunda. Porque posiblemente enviar tropas implique tomar decisiones y eso siempre resulta agotador. Y entonces aparece Conan. El Cimmerio cabalga con los Lobos de Westermarck, convertido ya en un guerrero mucho más experimentado que aquel bárbaro que conocimos al principio de su carrera. Conan ha aprendido a mandar, a observar y, lo más importante, a comprender que sus compañeros tienen más posibilidades de sobrevivir si él toma las decisiones. Una filosofía de liderazgo bastante sencilla: “Si hago caso a estos imbéciles, morimos todos”. Y funciona. Cuando comienza la batalla, Conan demuestra una vez más que tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier situación en una carnicería perfectamente organizada. Mientras otros soldados se preguntan qué demonios está pasando, él ya está cortando cabezas, repartiendo espadazos y avanzando como si hubiera quedado con alguien para comer.
Jim Zub entiende muy bien algo fundamental: Conan no necesita que lo conviertan en un superhéroe moderno. No necesita chistes cada dos viñetas, ni frases ingeniosas mientras hace piruetas, ni una crisis existencial porque alguien le ha dicho que sus métodos son demasiado violentos. Conan es violento. Es un guerrero. Es lo que hace. Y, para ser sinceros, cuando uno ha intentado matarlo aproximadamente cuarenta veces antes del desayuno, tampoco parece el momento ideal para empezar a plantearse si la violencia es una buena herramienta de comunicación. Pero Zub también deja claro que Conan no es un bruto descerebrado. Esto es importante. El Cimmerio puede partirte la cabeza con una espada, pero también sabe pensar. De hecho, cuanto más se acerca a la corona, más evidente resulta que su principal ventaja no son sus músculos, sino su capacidad para sobrevivir. Conan observa. Aprende. Detecta las intenciones de los demás. Sabe cuándo atacar y cuándo esperar. Y en una corte llena de nobles sonrientes, probablemente esa sea una habilidad bastante más útil que saber bailar.

En el aspecto gráfico, Fernando Dagnino está sencillamente espectacular. Su Conan tiene presencia. Muchísima. Es musculoso, feroz y parece capaz de levantar una mula con una mano mientras con la otra se prepara el desayuno. Pero, sobre todo, tiene un físico que hace que las escenas de acción funcionen. Las batallas tienen fuerza, movimiento y violencia sin convertirse en un festival de manchas donde uno necesita un detective privado para descubrir quién está cortando a quién. Dagnino sabe representar la brutalidad de Conan, pero también sus momentos de astucia. Especialmente destacable es la secuencia en la que rescata a una muchacha mientras se enfrenta al general zingaro. Conan puede ser una máquina de matar, pero no necesita convertirse en un ariete humano durante cada combate. También sabe moverse, sorprender y utilizar la cabeza. Bueno, la cabeza y la espada. Principalmente la espada. El color de Diego Rodríguez completa perfectamente el dibujo y aporta una atmósfera de fantasía clásica que encaja como un guante con el estilo de Dagnino. Hay momentos que evocan incluso cierta ilustración clásica de aventuras, con ese aire de Príncipe Valiente pasado por una dieta intensiva de esteroides y con mucha menos paciencia para los enemigos.
Esta grapa número dieciocho de «Conan El Bárbaro» es, por tanto, un volumen muy disfrutable para cualquier aficionado al Cimmerio. Jim Zub demuestra que sabe manejar al personaje sin necesidad de convertirlo en algo que no es, mientras Fernando Dagnino ofrece un trabajo magnífico y detallado. La combinación funciona especialmente bien en las escenas de combate, pero también cuando Conan tiene que moverse por ese peligroso zoológico llamado corte real.

En definitiva, estamos ante un muy buen Conan: clásico, directo y con bastante mala leche. Una historia de guerra y política que demuestra que el Cimmerio puede desenvolverse tan bien en una batalla como en una corte llena de víboras. Jim Zub construye con solvencia el camino hacia la corona y Dagnino se encarga de que cada espadazo tenga el aspecto que debe tener. Sabemos que Conan será rey. Lo que no sabemos es cuántos imbéciles tendrá que matar antes. Y sinceramente, visto el panorama de Aquilonia, sospecho que serán bastantes. Por eso me quedo con muchas ganas de saber cómo continua este relato que nos lleva por lugares insospechados que seguirán en la siguiente grapa de la gran creación de Robert E. Howard.
