Hay autores que dibujan cómics y luego está Patrick Prugne, que directamente parece competir contra la Galería Uffizi. Uno se acerca a «Iroqués»(Iroquois), editado en castellano por Yermo Ediciones, creyendo que va a leer una aventura histórica sobre Samuel de Champlain, el nacimiento de Nueva Francia y las primeras hostias diplomáticas entre europeos e indígenas. Error. Lo que realmente compras es un catálogo de acuarelas disfrazado de cómic. El argumento está muy bien, sí, pero durante buena parte de la lectura tu cerebro entra en modo «señor jubilado contemplando un atardecer«. Lees una viñeta. Te paras. La vuelves a mirar. Sigues adelante. Otra acuarela espectacular. Vuelves a detenerte. Así hasta que descubres que llevas media hora leyendo veinte páginas. Patrick Prugne no dibuja, secuestra tu capacidad de avanzar. Y claro, cuando un artista dibuja así, uno espera que además le sirva una historia gigantesca, una epopeya de esas que te ocupan media estantería y justifican haber hipotecado el salón. Pero no. Prugne es ese chef con estrella Michelin que te prepara el mejor solomillo de tu vida, cortado en lonchas de canapé. Justo cuando empiezas a salivar, recoge el plato, sonríe y te dice que la experiencia gastronómica ha terminado. Muchas gracias por venir. Porque Iroqués tiene un problema enorme. No es malo. Es demasiado corto. Y eso casi da más rabia.

La historia nos presenta a Samuel de Champlain, enviado por el rey de Francia para «pacificar» el valle del San Lorenzo. Qué palabra tan bonita, «pacificar«. Siempre que aparece en un libro de Historia puedes traducirla como «alguien va a morir en cantidades industriales«. El auténtico objetivo era asegurar el comercio de pieles, porque ya sabemos que las coronas europeas podían ignorar epidemias, guerras o hambrunas, pero como alguien tocara el negocio de los castores, entonces sí que había que organizar una expedición inmediatamente. Champlain parte acompañado por cuarenta hombres, un guía conocido como el Vasco y una joven iroquesa capturada como rehén. Un grupo entrañable. Vamos, el típico equipo ideal para fomentar el entendimiento entre culturas.
Lo fascinante es que Prugne nunca convierte la obra en un panfleto simplón donde unos son santos y otros demonios. Aquí todo el mundo tiene sus miserias. Los europeos llegan convencidos de representar la civilización mientras desembarcan armados hasta los dientes para hacer negocios donde nadie les ha invitado. Los iroqueses tampoco aparecen convertidos en espíritus puros abrazando árboles mientras los ciervos les comen de la mano. Son guerreros orgullosos, feroces y con códigos completamente distintos. Todos creen tener razón. Todos están convencidos de que el otro vive equivocado. En resumen, la Humanidad haciendo lo que mejor sabe hacer desde que descubrió el palo: discutir primero y preguntar jamás.

El choque cultural está tratado con una inteligencia admirable. Champlain contempla horrorizado ciertos rituales indígenas, mientras estos observan a aquellos hombres encerrados en armaduras metálicas como si fueran criaturas deformes que, además, desprenden un aroma bastante discutible. Resulta maravilloso comprobar que el primer juicio histórico entre ambos pueblos probablemente fue: «Qué raros son estos tipos… y encima huelen fatal«. La diplomacia intercultural empezó fuerte. Pero todo esto pasa casi demasiado deprisa. Y ahí aparece la gran frustración. Cuando la historia empieza realmente a despegar… termina. No exagero. Es como ver el primer episodio de una serie fantástica y descubrir que Netflix decidió cancelarla antes del segundo.
Prugne consigue que te enamores del escenario, de los personajes y del conflicto histórico para, acto seguido, bajar la persiana y marcharse silbando. Uno se queda mirando la última página igual que un niño al que le quitan el mando de la consola en mitad del combate final. «¿Ya?» Pues sí. Ya. Y fastidia muchísimo porque el contexto histórico daba para muchísimo más. Estamos hablando del nacimiento de Nueva Francia, de las alianzas entre franceses y hurones, de la enemistad con la Confederación Iroquesa y del origen de un conflicto que se prolongaría durante casi dos siglos. Material suficiente para una novela-río. Prugne, en cambio, decide servir un precioso aperitivo y confiar en que te quedes satisfecho. No funciona. Quieres más. Muchísimo más.

Eso sí, mientras protestas por la escasez de páginas sigues admirando unas acuarelas absolutamente obscenas. No debería estar permitido dibujar bosques de esa manera. Hay viñetas donde la luz atraviesa los árboles con tanta delicadeza que casi puedes notar el olor de la humedad. Los lagos parecen fotografías. Los cielos cambian de color con una naturalidad insultante. Las escenas nevadas transmiten frío. Los amaneceres desprenden calma. Los atardeceres parecen pintados por alguien que hizo un pacto con los dioses del color. Luego recuerdas que todo eso está hecho para un cómic de poco más de cien páginas y te invade una mezcla de admiración y enfado. Porque Prugne es ese alumno insoportablemente brillante que entrega un examen perfecto, dejando la mitad de las preguntas en blanco.
Narrativamente también mantiene ese tono elegante que caracteriza toda su obra. Nunca busca el espectáculo fácil. No necesita llenar páginas de vísceras ni convertir cada combate en una película de Michael Bay. La violencia aparece cuando debe aparecer y, precisamente por esa contención, resulta mucho más impactante. El verdadero protagonista siempre termina siendo el paisaje, esa naturaleza inmensa que observa con paciencia cómo los seres humanos llegan para hacer exactamente lo que llevan haciendo miles de años: convertir un lugar maravilloso en un problema político.

Yermo Ediciones, por su parte, publica el álbum en un formato que hace justicia al dibujo. Menos mal. Reducir estas acuarelas habría sido como imprimir la Capilla Sixtina en un folleto del supermercado. El gran tamaño permite recrearse en cada pincelada, en cada reflejo sobre el agua y en cada bosque que parece respirar por sí mismo.
En definitiva, «Iroqués» vuelve a confirmar que Patrick Prugne posee un talento artístico fuera de lo normal. Es capaz de convertir un episodio histórico relativamente desconocido en un viaje inolvidable. El problema es que, cuando termina el viaje, uno siente que apenas ha salido del aparcamiento. Sales maravillado por el dibujo, fascinado por la ambientación y con unas ganas terribles de seguir explorando aquella Nueva Francia… justo cuando el autor decide cerrar el álbum. Así que sí, Patrick Prugne vuelve a hacer una obra magnífica. Y vuelve a cometer exactamente el mismo delito: dejar al lector con cara de idiota, abrazado al tomo, preguntándose si se ha perdido cincuenta páginas por el camino. No, no faltan hojas. Simplemente el autor tiene la fea costumbre de pintar obras de arte y marcharse antes de que te dé tiempo a disfrutarlas del todo. Qué talento. Y qué poca consideración con quienes pagamos el billete para quedarnos un rato más.
