Hay personajes de Marvel que, cuando terminan de pagar sus pecados, reciben una palmadita en la espalda, una nueva identidad y a otra cosa, mariposa. James Buchanan Barnes no ha tenido tanta suerte. A Bucky le ha tocado cargar con una mochila emocional que, viendo su contenido, probablemente necesitaría un camión de mudanzas. Fue compañero del Capitán América, después soldado soviético, asesino profesional, arma humana, víctima de lavado de cerebro y, finalmente, Capitán América. Y ahora, cuando cualquiera pensaría que lo sensato sería mandarlo a unas vacaciones pagadas, dejarlo tumbado en una playa y prohibirle acercarse a cualquier agencia de espionaje durante unos veinte años, Ed Brubaker decide que lo mejor para su salud mental es devolverlo a sus viejas costumbres. Bienvenido de nuevo, Soldado de Invierno.

Este primer «Marvel Saga del Soldado de Invierno» recupera a James Barnes en su versión más oscura y, sobre todo, más incómoda. Porque Bucky no puede borrar lo que hizo durante los años en los que fue convertido en una máquina de matar soviética. Puede intentar reconstruirse, puede ponerse del lado de los buenos, puede trabajar junto al Capitán América y hasta puede enamorarse de la Viuda Negra, pero hay determinados fantasmas que tienen la desagradable costumbre de presentarse sin llamar a la puerta. Y aquí vienen unos cuantos. Con kalashnikov, entrenamiento militar y ganas de complicarle la existencia.
Ed Brubaker vuelve a demostrar que entiende a Bucky como pocos guionistas han sabido hacerlo. Lo interesante de esta etapa no es simplemente que el personaje vuelva a enfundarse el traje de Soldado de Invierno. Lo realmente atractivo es preguntarse qué demonios significa para Barnes volver a ser precisamente ese hombre. Durante años ha intentado escapar de su pasado, pero resulta que su pasado tiene una puntería excelente y sabe perfectamente dónde encontrarlo.

La premisa es estupenda: aparecen tres agentes durmientes que fueron entrenados por el propio Barnes durante su etapa como instrumento de la Unión Soviética. Tres tipos capaces de vivir durante años como ciudadanos normales, formar una familia, trabajar, pagar sus impuestos y probablemente discutir con el vecino por una plaza de aparcamiento mientras esperan tranquilamente la orden que active su programación asesina. Porque nada dice “vida tranquila” como descubrir que el señor del quinto, ese simpático individuo que saluda todas las mañanas, es en realidad una máquina de matar soviética esperando una llamada telefónica. Y ahí entran Bucky y Natasha Romanoff, la Viuda Negra, una pareja que funciona especialmente bien porque ambos saben perfectamente lo que significa vivir con un pasado lleno de cadáveres. Natasha tampoco es precisamente una candidata para impartir un curso sobre estabilidad emocional. Juntar a los dos es como poner dos bidones de gasolina al lado de una hoguera y confiar en que alguien haya traído un extintor. La química entre ambos funciona y Brubaker sabe utilizarla sin convertir la historia en una telenovela con pistolas.
La relación entre Barnes y la Viuda Negra aporta humanidad a una historia que podría haberse convertido fácilmente en un desfile de tiroteos, persecuciones y tipos con cara de haber desayunado plomo. Hay cariño, complicidad y una especie de entendimiento mutuo nacido de haber pasado por lugares muy poco recomendables. Los dos saben que determinadas heridas no desaparecen porque uno se ponga una identidad nueva y decida empezar de cero. Algunas cicatrices, especialmente las psicológicas, tienen la fea costumbre de quedarse. Pero Brubaker no se limita a contar una historia de espionaje. Aquí hay conspiraciones, antiguos agentes soviéticos, intereses políticos y ese maravilloso aroma a Guerra Fría que tan bien le sienta al personaje. El autor convierte el pasado de Bucky en una especie de bomba de relojería que puede explotar en cualquier momento. Y, como buen narrador, no tiene ninguna prisa por enseñarnos todas las cartas.

Ese es precisamente uno de los mayores atractivos de este primer tomo. No pretende cerrar absolutamente todo. Los cinco números incluidos funcionan como una parte de una historia más grande. Hay respuestas, pero también preguntas. Hay amenazas que quedan abiertas y personajes que claramente van a seguir dando la lata. El lector termina el volumen sabiendo que esto no ha hecho más que empezar. Algo que puede resultar frustrante para quien necesite que cada cómic venga con principio, nudo, desenlace y certificado de garantía, pero que funciona muy bien para una historia de espionaje. Y entonces aparece el Fantasma Rojo con sus Supersimios. Porque estamos hablando de Marvel, naturalmente. Uno puede pasar páginas leyendo sobre agentes durmientes, trauma psicológico, conspiraciones internacionales y las consecuencias de la Guerra Fría, pero en algún momento tiene que aparecer un señor con monos musculosos para recordarnos que aquí nadie ha venido a mantener la seriedad demasiado tiempo.
Uno de los grandes motivos para acercarse a este tomo, sin embargo, está en las páginas y no únicamente en el guion. Jackson “Butch” Guice realiza un trabajo extraordinario. Su dibujo encaja como un guante con el tono de la historia. No estamos ante una Marvel de colores chillones, poses imposibles y héroes sonriendo mientras destruyen media ciudad. Aquí predominan las sombras, las expresiones contenidas, los ambientes sucios y una sensación permanente de peligro. Guice consigue que las escenas de acción tengan una enorme fuerza sin necesidad de convertir cada viñeta en una explosión nuclear. Los disparos, las persecuciones y los enfrentamientos tienen velocidad y contundencia. El personaje de Bucky parece hecho para este estilo: duro, silencioso y con una mirada que parece decir que preferiría estar en cualquier otro sitio. El trabajo de entintado, con la participación de Stefano Gaudiano, Brian Thies y Tom Palmer, contribuye además a ese acabado oscuro y cinematográfico. Y el color, repartido entre Elizabeth Breitweiser, Jordie Bellaire y Matthew Wilson, ayuda a construir una atmósfera muy concreta. La historia necesita ese tono frío y sombrío, porque estamos ante personajes que viven en un mundo donde el sol parece salir únicamente cuando toca pagar impuestos.

El resultado es un cómic de espionaje superheroico muy entretenido, con una historia que sabe dosificar la información y unos personajes que tienen suficiente pasado como para cargar varias toneladas de drama sobre sus hombros. Brubaker sigue demostrando que su gran virtud con el Capitán América y el Soldado de Invierno consiste en entender que detrás de los disfraces hay personas rotas, heridas y cargadas de secretos. Y que, en ocasiones, el mejor superpoder consiste simplemente en sobrevivir a tu propia biografía.
Panini Comics recupera aquí una etapa que merece reivindicarse, especialmente para quienes disfrutaron de la monumental etapa de Brubaker en Capitán América. El formato Marvel Saga, con sus 128 páginas permite disfrutar de estos cinco primeros episodios como un bloque compacto, aunque con la evidente intención de dejar al lector con ganas de continuar. Porque sí, cuando llegamos al final todavía quedan asuntos pendientes. Bastantes.

“El invierno más largo” es, en definitiva, una muy buena puerta de entrada al «Soldado de Invierno» en solitario. No necesita convertir a Bucky en el tipo más simpático del barrio ni hacerle olvidar su pasado. Todo lo contrario. Utiliza precisamente esa oscuridad para construir una historia de espionaje, acción y redención personal que funciona especialmente bien cuando Brubaker deja que sus personajes respiren entre balazo y balazo. Y si después de leerlo alguien pregunta qué necesita James Barnes para superar sus traumas, la respuesta parece bastante sencilla: terapia. Mucha terapia. Pero claro, estamos en Marvel. Aquí la terapia consiste en perseguir antiguos agentes soviéticos, enfrentarse a asesinos entrenados por ti mismo, trabajar con la Viuda Negra y terminar metido en una conspiración que probablemente incluya a algún dictador con armadura, un ejército secreto y, con un poco de mala suerte, un simio gigante. Porque para eso están los cómics. El invierno, por tanto, acaba de empezar. Y Barnes vuelve a demostrar que hay personas capaces de escapar de casi cualquier cosa, salvo de su propio pasado.
