La Cantina de Medianoche: Tokyo stories 10. Cerdo salteado con sal y cebolleta

En un mundo donde la cocina se ha convertido en un deporte de riesgo televisado, el décimo tomo de «La Cantina de Medianoche: Tokyo Stories» sigue defendiendo la revolucionaria teoría de que un plato caliente puede cocinarse sin nitrógeno líquido, sin espumas de aire de remolacha fermentada y, lo más escandaloso de todo, sin un jurado dispuesto a humillarte porque el cebollino está cortado medio milímetro más grueso de la cuenta. Yarô Abe lleva diez tomos demostrando que el auténtico ingrediente secreto de cualquier receta no es la trufa blanca ni un aceite de oliva con nombre en latín. Es el hambre. Y, si apuramos, también la nostalgia. Porque la mitad de los clientes de esta cantina no entran buscando comida; entran buscando un recuerdo servido en un cuenco.

La premisa sigue siendo tan absurda como maravillosa. Un local diminuto abre desde medianoche hasta las siete de la mañana. El menú oficial es casi una broma, pero el cocinero prepara cualquier cosa que tenga a mano si dispone de los ingredientes. Así de sencillo. Sin reservas online, sin influencers haciendo fotos desde veinte ángulos distintos y, milagrosamente, sin nadie preguntando si el caldo es «de proximidad, sostenible, ecológico y emocionalmente responsable«. Lo realmente divertido es comprobar cómo un humilde plato casero tiene más fuerza dramática que la carta completa de muchos restaurantes donde el camarero necesita quince minutos para explicarte por qué una aceituna cuesta nueve euros. En esta cantina nadie describe la textura de una salsa como si estuviera recitando poesía contemporánea. Se cocina. Se sirve. Se come. Fin del misterio. Es una idea que hoy resulta casi subversiva.

Vivimos rodeados de programas culinarios donde parece que para freír un huevo hace falta un máster, dos pinzas de laboratorio y una entrevista psicológica. Aquí, en cambio, basta con que el Maestro saque una sartén, caliente el fuego y escuche al cliente. Qué falta de espectáculo. Qué decepción para cualquier productor de televisión. Y, sin embargo, funciona mejor que casi todos ellos. Cada plato que aparece tiene algo que contar. No porque Yarô Abe convierta la cocina en una religión gastronómica, sino porque entiende que la comida forma parte de nuestra memoria. Hay recetas que saben a infancia, otras a rupturas, otras a noches interminables después del trabajo y otras, sencillamente, a esos días en los que uno necesita que alguien le prepare algo caliente sin hacer preguntas incómodas.

Mientras medio mundo intenta convencernos de que la cocina japonesa consiste exclusivamente en sushi perfectamente fotografiado, aquí aparecen esos platos cotidianos que comen las personas normales. Comida de verdad. La que se prepara deprisa, la que reconforta, la que probablemente nunca aparecerá en la portada de una revista gastronómica porque nadie considera sexy un guiso que simplemente está bueno. Y ahí está el chiste. La gastronomía moderna parece empeñada en que comer sea una experiencia filosófica. En esta cantina comer sigue siendo… comer. Nadie levita tras probar un bocado. Nadie ve desfilar a sus antepasados al probar una sopa. Nadie exclama que una salsa «desafía los límites de la percepción sensorial«. Los clientes mastican, sonríen, recuerdan y siguen con sus vidas. Una actitud que seguramente escandalizaría a más de un chef televisivo.

Yarô Abe también tiene la osadía de llenar el local de personajes que parecen personas. No son héroes atormentados destinados a salvar el universo entre cucharada y cucharada. Son boxeadores acabados, policías cansados, prostitutas, yakuzas, actores porno, oficinistas derrotados y todo ese ejército silencioso que mantiene viva una ciudad cuando el resto duerme. Ninguno pretende dar lecciones de vida, pero casi todos terminan dejando una.

El dibujo sigue siendo igual de sobrio que siempre. Hay quien dirá que le falta espectacularidad. Claro. Igual que a un buen caldo le faltan fuegos artificiales. Abe dibuja con la misma honestidad con la que cocina su protagonista: sin adornos innecesarios. Cada arruga, cada gesto y cada silencio tienen más sabor que muchas páginas repletas de efectos digitales y poses imposibles. El gran mérito de esta serie es que consigue despertar el apetito sin recurrir a pornografía gastronómica. No necesita páginas enteras mostrando queso fundido a cámara lenta ni primeros planos obscenos de carne chisporroteando. Lo hace de una forma mucho más inteligente. Te recuerda que la comida sabe mejor cuando tiene una historia detrás. Y eso explica por qué, al terminar el tomo, uno no siente ganas de reservar mesa en un restaurante con tres estrellas Michelin. Lo que apetece es encontrar un bar pequeño donde el dueño recuerde tu nombre, donde el menú esté escrito con rotulador y donde el plato del día no necesite traducción simultánea para entender qué demonios lleva.

Astiberri vuelve a editar con el mismo mimo que merece una obra que parece humilde, pero que esconde en sus páginas una enorme inteligencia. Porque «La Cantina de Medianoche» lleva diez tomos haciendo algo que muy pocos mangas consiguen. Convencerte de que una tortilla bien hecha puede contener más verdad que una batalla de cincuenta páginas entre semidioses hipertrofiados. Al final, este manga deja una conclusión demoledora para la gastronomía moderna.

Después de cientos de restaurantes donde las raciones parecen diseñadas para alimentar a un gorrión con ansiedad, donde las salsas aparecen dibujadas con pincel y donde el camarero habla del tomate como si hubiera compartido piso con él, llega un cocinero anónimo en un callejón de Shinjuku, sirve un plato humilde y te recuerda que cocinar nunca consistió en impresionar a la cámara. Consistía en dar de comer. Y resulta bastante irónico que uno de los mejores mangas sobre cocina apenas hable de cocina. Habla de personas. Solo que, afortunadamente, las personas suelen sentarse a la mesa antes de abrir el corazón. Y Yarô Abe lo sabe desde el primer tomo. Los gurús gastronómicos todavía siguen intentando descubrirlo. Probablemente mientras decoran un puré con unas flores comestibles que saben exactamente a lo mismo que una maceta.

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