Hay quien asegura que la guerra saca lo mejor de las personas. Claro. También hay quien cree que los políticos cumplen sus promesas y que el wasabi del supermercado pica de verdad. «La Oruga» llega con la delicadeza de un ladrillo lanzado a una vidriera para recordarnos que la guerra no fabrica héroes, sino un catálogo de desgracias con uniforme. Primero te llenan el pecho de medallas, te llaman orgullo de la patria y te prometen que tu sacrificio jamás será olvidado. Después vuelves a casa convertido en un problema logístico con respiración propia y descubres que el patriotismo tiene fecha de caducidad. Los mismos que te vitoreaban desde la retaguardia desarrollan de repente una curiosa alergia a mirarte a la cara.

En ese panorama tan acogedor aparece Suehiro Maruo, un hombre que probablemente vea una película de Disney y piense: «Sí, está bien… pero le falta un poco más de trauma«. El autor adapta un relato de Rampo Edogawa y demuestra, una vez más, que posee un talento extraordinario para convertir el horror en una obra de arte. Porque cualquiera puede dibujar sangre y vísceras; lo complicado es hacerlo con una elegancia que obligue al lector a detenerse a admirar la composición de una página justo antes de preguntarse si necesita terapia. Maruo consigue que uno pase las páginas con la misma expresión que tendría alguien contemplando un accidente ferroviario: horrorizado, fascinado y bastante enfadado consigo mismo por no poder dejar de mirar. Y esa es la gran trampa de La Oruga. Parece un manga sobre un soldado mutilado, cuando en realidad es una despiadada burla contra el militarismo, el nacionalismo de escaparate y esa costumbre tan humana de convertir a los héroes en decoración hasta que dejan de resultar fotogénicos. Entonces pasan de ser símbolos de la patria a convertirse en un incómodo recordatorio de que las guerras no las ganan los discursos, sino las funerarias.
La premisa ya tiene la delicadeza de un obús. Un héroe de la Guerra Ruso-Japonesa vuelve a casa convertido en un amasijo de carne. Sin brazos, sin piernas y reducido a un cuerpo que apenas conserva su humanidad física. El Imperio le colgaría una medalla si pudiera encontrar dónde sujetarla, pero una vez acabados los discursos patrióticos, el glorioso defensor de la patria termina escondido entre cuatro paredes para que nadie recuerde el verdadero precio de las guerras. El patriotismo luce mucho mejor en los carteles que en el salón de casa. Y ahí entra Tokiko, su esposa. Porque alguien tiene que hacerse cargo del «héroe». Lo que comienza como una obligación moral acaba transformándose en una convivencia tóxica donde el deber, el resentimiento, la culpa y la degradación comparten futón como si fueran una familia perfectamente funcional. El manga desmonta con una mala leche admirable la idea romántica del sacrificio conyugal. Resulta que cuidar a una persona convertida en un símbolo nacional con apetitos muy terrenales no aparece en los folletos turísticos del Japón imperial.

Lo fascinante es que Maruo jamás necesita recurrir al susto fácil. Él practica otra disciplina mucho más refinada: el arte de hacerte sentir incómodo mientras admiras lo preciosa que es una viñeta. Es como contemplar una porcelana de museo decorada con tus peores pesadillas. El dibujo posee una limpieza casi quirúrgica, un trazo delicado, elegante y preciso que entra en contradicción absoluta con todo lo que representa. Es un caso clínico de belleza utilizada para hacerte daño. Y vaya si lo consigue.
Cada rostro transmite agotamiento, desprecio, deseo, culpa o locura con una naturalidad pasmosa. Maruo convierte silencios en diálogos y miradas en cuchilladas. Cuando no hay palabras, hablan los gestos; cuando no hay gestos, hablan los espacios vacíos. Y cuando ya no queda nada, el lector pone el resto de la angustia de su propia cosecha. Lo realmente salvaje de La Oruga no son las imágenes grotescas. Es descubrir que, después de unas cuantas páginas, uno deja de fijarse en las mutilaciones y empieza a horrorizase por la relación entre los personajes. Ahí está la verdadera monstruosidad. El cuerpo deja de ser el problema para convertirse en un simple escenario donde se representa una tragedia mucho mayor

Porque este manga es profundamente antibelicista. No necesita discursos grandilocuentes ni generales pronunciando frases solemnes mientras ondea una bandera al viento. Basta un único hombre convertido en un trozo de carne condecorado para desmontar cualquier fantasía heroica. La gloria militar dura lo mismo que los aplausos. Después llegan el silencio, el abandono y la hipocresía institucional. Los mismos vecinos que antes presumían del soldado ahora apartan la mirada. El Estado entrega medallas; la esposa recibe la factura.
El contraste entre belleza y repulsión alcanza aquí niveles casi obscenos. Es imposible no admirar la composición de las páginas mientras tu cerebro intenta convencerte de cerrar el tomo. Esa contradicción es precisamente la magia. Consigue que el lector contemple el horror igual que quien observa un eclipse: sabe que quizá no debería seguir mirando, pero tampoco puede apartar los ojos. Se podrían destacar las escenas más sexuales, pero eso sería quedarse muy corto con este combo tan salvaje que aparecen en todas las viñetas.

Aun que se publicó hace tiempo por parte de Glenat. La edición de Panini Manga hace justicia a semejante rareza. El papel reproduce con gran nitidez el extraordinario trabajo gráfico del autor, permitiendo apreciar cada línea y cada textura de unas ilustraciones que son tan elegantes como inquietantes. Es una edición pensada para disfrutar… si es que «disfrutar» es la palabra adecuada cuando uno acaba la lectura con la sensación de necesitar una ducha psicológica.
«La Oruga» no pretende entretenerte. Pretende removerte por dentro, cuestionar la idea del heroísmo, hablar del deseo, del poder, del abandono y de la degradación humana. Y todo ello con un dibujo tan exquisito que casi resulta ofensivo que algo tan hermoso pueda contar una historia tan miserable. No es un manga para todos. Ni siquiera para muchos. Habrá lectores que lo cierren horrorizados antes de terminarlo y otros que descubran una auténtica obra maestra del terror psicológico y la crítica social. Lo que resulta prácticamente imposible es permanecer indiferente. Porque Suehiro Maruo no dibuja monstruos. Dibuja personas. Luego les quita las máscaras, la dignidad, las certezas y, si hace falta, hasta las extremidades. Lo aterrador no es el protagonista convertido en una oruga humana. Lo aterrador es comprobar que quienes siguen caminando alrededor de él quizá sean bastante peores. Hay autores que acarician al lector. Maruo prefiere empujarlo escaleras abajo… pero con unos modales exquisitos y un sentido de la composición digno de una galería de arte. Sales magullado, incómodo y algo traumatizado. Y, contra toda lógica, con ganas de volver a leerlo.
