Conan el Bárbaro 17: gran aniversario

Hay números de Conan que uno abre esperando encontrar al Cimmerio haciendo lo que mejor sabe hacer. Entrar en un sitio, mirar mal a alguien, descubrir que hay un demonio, una bruja o un ejército de bárbaros con ganas de fiesta y solucionar el problema a base de acero, músculos y una preocupante ausencia de negociación diplomática. Luego está este número 17 de «Conan el Bárbaro» publicado por Panini Comics, donde Jim Zub decide que, para celebrar el aniversario de la serie, ha llegado el momento de someter al Cimmerio a algo todavía más peligroso que un ejército de monstruos: una terapia sobrenatural. Porque después de toda una vida de guerras, piratas, hechiceras, crucifixiones, traiciones y señores empeñados en matarlo, lo que necesitaba Conan era sentarse tranquilamente a recordar su pasado. Un balneario de Aquilonia, vaya, pero con fantasmas, demonios y hostias como panes.

Este número contiene Conan the Barbarian #25 de Titan Comics, un especial de aniversario que llega con aquello de ser un punto de partida perfecto para nuevos lectores. Y, milagrosamente, esta vez la frase no parece escrita por alguien que no ha leído el cómic. Funciona. El lector recién llegado puede abrirlo sin necesitar un mapa de la Era Hiboria, un árbol genealógico de tres metros y un doctorado en continuidad marvelita. Aparece Conan, aparece un problema y, antes de que nadie pueda rellenar una instancia, empiezan las desgracias. Como debe ser.

La historia comienza con Conan convertido en rey de Aquilonia, que ya es una situación bastante peculiar para un individuo cuya idea de estabilidad laboral consiste en cambiar de oficio cada vez que alguien intenta asesinarlo. A las puertas de Tarantia aparece un misterioso vagabundo que exige hablar con el monarca. Los guardias lo miran con esa brillante capacidad de deducción que caracteriza a los secundarios de la fantasía heroica y deciden que probablemente sea un mendigo. El visitante, en lugar de intentar entrar a hachazos, se sienta y espera. Tiene paciencia el condenado. Finalmente, Conan acepta recibirlo. El extraño asegura traer un regalo extraordinario para el rey, pero existe una pequeña condición: antes debe recibir tres días de hospitalidad. Tres días. La reina Zenobia sospecha. La corte sospecha. Los guardias sospechan. El lector sospecha. Hasta el último criado que lleva una bandeja parece sospechar. Pero Conan acepta porque, naturalmente, cuando todo el mundo te dice que algo huele a trampa, la respuesta correcta para un bárbaro es abrir la puerta, ofrecerle una habitación y preguntarle si quiere vino. Y así comienza una de esas decisiones que explican por qué Conan ha llegado tan lejos: no porque sea prudente, sino porque tiene una capacidad sobrehumana para sobrevivir a sus propias decisiones.

Durante tres días el visitante permanece en palacio mientras aumenta la inquietud. Todo parece demasiado extraño, demasiado tranquilo y demasiado sospechoso. Es decir, el escenario perfecto para que Conan empiece a sentirse como en casa. Al tercer día llega el famoso regalo y, como era de esperar, resulta tener la misma consideración con el destinatario que un regalo de Navidad de Satanás. El extraño arrastra a Conan a una dimensión fantástica y alucinatoria donde el rey debe enfrentarse a diferentes pruebas relacionadas con su pasado. Jim Zub convierte así el aniversario en una especie de álbum de recuerdos del Cimmerio, solo que en este álbum familiar todos tienen cicatrices, la mitad de los invitados están muertos y prácticamente cada fotografía acaba con alguien intentando clavarle algo a alguien.

Aparecen momentos y figuras reconocibles de la historia de Conan: Bêlit, los gigantes de hielo, Thak y otras estampas que harán sonreír al lector veterano. Es un desfile de grandes éxitos hiborios, pero por suerte Zub evita que aquello se convierta completamente en el típico “¡mira, lector, te acordabas de esto!”. Porque ese era el gran peligro. Una historia de aniversario puede terminar pareciendo una reunión de antiguos alumnos donde todos enseñan fotografías de cuando eran jóvenes y nadie deja de repetir que aquellos tiempos sí que eran buenos.

Aquí, sin embargo, el pasado tiene una función. Conan no está simplemente reviviendo aventuras porque al editor le apetecía meter referencias. Está enfrentándose a su propia leyenda. Y eso tiene bastante más interés. El joven que iba de batalla en batalla se ha convertido en rey. Tiene corona, responsabilidades y un montón de recuerdos que probablemente no aparecerían en un folleto turístico de Aquilonia. Ahora tiene que mirar atrás y preguntarse qué queda de aquel bárbaro cuando la juventud empieza a quedarse atrás. La respuesta de Zub es bastante clara: queda Conan. Y no hace falta mucho más.

Jim Zub entiende que el personaje no necesita ser reinventado cada cinco minutos para demostrar que sigue siendo relevante. Conan funciona porque es Conan: orgulloso, testarudo, desconfiado, brutal cuando hace falta y con una resistencia a la adversidad que debería estudiarse en los laboratorios. A cualquier otro hombre lo crucifican y se queda unos días de baja. A Conan lo crucifican y lo interpretamos como una mala semana.

Zub juega con esa indestructibilidad física y moral para construir una aventura que es al mismo tiempo homenaje y examen. Los enemigos pueden cambiar, los escenarios pueden volverse surrealistas y el pasado puede regresar convertido en pesadilla, pero el Cimmerio conserva la misma cualidad que siempre lo ha definido: se niega a rendirse. Y entonces aparece Alex Horley para demostrar que, mientras Zub está escribiendo una reflexión sobre el legado de Conan, él ha decidido directamente pintar una catedral. Porque el dibujo de Horley es una barbaridad. No una barbaridad metafórica. Una barbaridad bárbara, como exige el contrato. Las páginas tienen un acabado pictórico impresionante.

Los personajes poseen volumen, los escenarios tienen profundidad y las escenas de combate parecen ilustraciones de fantasía que se han escapado de una exposición para meterse en un cómic. Conan parece tallado en piedra, recubierto de cicatrices y enviado después a repartir espadazos. El estilo de Horley tiene una clara conexión con la tradición visual del personaje. Es inevitable pensar en Frank Frazetta, porque acercarse a Conan sin tropezar con su sombra es como cruzar una taberna hiboria sin que alguien te lance una silla. Horley no se limita a copiarla, pero recoge su monumentalidad, músculo, dramatismo y fantasía épica. Hay páginas que podrían ampliarse y colgarse en una pared. Eso sí, tanta pintura puede restar algo de claridad en determinadas escenas de acción, aunque tampoco hace falta montar una investigación forense. Si hay un tipo enorme con una espada, probablemente sea Conan, y si hay otro tipo enorme sin espada, probablemente esté a punto de morir.

La edición de Panini Comics añade además una entrevista con Fernando Dagnino, complemento interesante para hablar de la tradición visual del personaje y del reto de enfrentarse a una figura con casi un siglo de historia gráfica. Al igual que incluye multitud de portadas alternativas realizadas por Doug Braithwaite, Jonas Scharf o Danica Brine. Por eso, como historia autoconclusiva, funciona estupendamente. Los veteranos encontrarán homenajes y referencias; los nuevos tendrán una puerta de entrada sencilla. No hace falta recordar diecisiete guerras, ocho conspiraciones y doce matrimonios. Aparece un extraño, Conan toma una decisión cuestionable y empiezan las desgracias. Exactamente como debe ser. En definitiva, esta grapa de «Conan el Bárbaro» es un aniversario descaradamente nostálgico, pero también un homenaje disfrutable. Zub pone el corazón y Horley incendia directamente el museo con pinceles.

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