Paraíso: el último viaje

Antes de que nadie saque el pañuelo o empiece a hablar de “una emotiva reflexión sobre la condición humana”, conviene avisar. «Paraíso» (Nag-won (낙원) / Paradise) no tiene nada que ver con un resort con pulserita todo incluido. Aquí el único «todo incluido» es el sufrimiento, la esperanza a plazos y la burocracia más fría que un congelador industrial. Park Kun-Woong firma una obra que demuestra que la ciencia ficción puede ser mucho más devastadora que una invasión alienígena o un robot con complejo de filósofo. Basta con poner a unos padres frente a un Estado que decide que la desaparición de cientos de niños es un problema que, con suficiente silencio, acaba desapareciendo solo. Qué tranquilizador.

La premisa ya es un puñetazo elegante. Una nave rumbo a Marte desaparece con todos los niños a bordo. Se organiza un rescate, se abandona rápidamente porque sale caro y, acto seguido, el gobierno se dedica a esconder el asunto debajo de la alfombra. Total, siempre ha sido más fácil ocultar una tragedia que asumir responsabilidades. Los padres quedan abandonados a su dolor mientras la sociedad sigue adelante, porque el mundo tiene esa costumbre tan poco considerada de no detenerse por las desgracias ajenas. Y entonces llega el giro que convierte Paraíso en algo mucho más interesante que un simple drama espacial. Cien años después aparece una tenue señal de socorro. Uno de aquellos niños sigue vivo. O al menos alguien pide ayuda desde el otro extremo del vacío. Un padre convertido ya en anciano centenario gracias a los avances tecnológicos, decide emprender el viaje para encontrar a su hija. Porque claro, si has esperado un siglo, ¿qué son unos cuantos años más de trayecto interestelar? En vez de dejarse morir como quieren la maquinas o la inteligencia artificial o como queráis llamarlo el tiene la idea de que su “paraíso” no está donde le dicen. Hay algo profundamente hermoso y profundamente absurdo en esa idea. La esperanza se convierte aquí en una enfermedad incurable. Una que sobrevive incluso cuando la lógica, la biología y el sentido común llevan décadas recomendando rendirse.

Park Kun-Woong utiliza la ciencia ficción únicamente como vehículo. No está interesado en enseñar naves espectaculares ni planetas imposibles. Aquí el espacio es inmenso, silencioso e indiferente. No es un escenario para aventuras, sino una metáfora gigantesca del duelo, de la distancia emocional y de la incapacidad humana para aceptar determinadas pérdidas. Y funciona de maravilla. El autor vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes nombres del cómic coreano cuando aborda la memoria histórica y el sufrimiento colectivo. Aunque esta vez cambie trincheras por cohetes espaciales, el tema sigue siendo el mismo: personas normales aplastadas por decisiones tomadas desde despachos donde nadie piensa en los nombres que esconden las estadísticas. Porque Paraíso habla del futuro, sí, pero resulta incómodamente actual. Gobiernos que manipulan información, ciudadanos que terminan acostumbrándose a cualquier tragedia, instituciones más preocupadas por proteger su imagen que por proteger a las personas… digamos que el lector no tendrá precisamente la sensación de estar leyendo una fantasía imposible.

Narrativamente, Park Kun-Woong apuesta por un ritmo pausado. Muy pausado. Esto no es un blockbuster espacial donde cada cinco páginas explota algo. Aquí explotan los sentimientos, que hacen bastante más ruido cuando el autor sabe administrarlos. La historia avanza con calma, permitiendo que cada conversación y cada silencio pesen lo suficiente para que el lector termine compartiendo el agotamiento emocional de sus protagonistas. Eso sí, quien busque persecuciones galácticas, batallas entre flotas o extraterrestres con tentáculos debería revisar la estantería. Este viaje transcurre por un territorio mucho más peligroso: el de los recuerdos.

Gráficamente la obra mantiene la personalidad habitual de Park Kun-Woong. Su dibujo posee una sobriedad casi documental que evita cualquier tentación de espectacularidad gratuita. Las páginas transmiten una melancolía constante, apoyándose en composiciones limpias y expresivas donde cada mirada parece contener décadas de resignación. No necesita llenar las viñetas de efectos especiales para transmitir inmensidad. El vacío del espacio resulta inmenso precisamente porque los personajes parecen diminutos frente a él. Y eso tiene mucho mérito. También destaca la manera en que administra los silencios. Hay secuencias enteras donde apenas ocurre nada… aparentemente. Porque en realidad están ocurriendo muchísimas cosas dentro de los personajes. Es un cómic que exige paciencia, pero recompensa al lector que se deja llevar por su cadencia.

Por otro lado, hay que dar gracias a Tengu Ediciones en continuar su apuesta por estas obras. El formato resulta elegante y permite disfrutar del apartado gráfico con toda la comodidad que merece una novela gráfica pensada para leerse despacio, casi saboreando cada página. Por eso, lo más admirable de Paraíso es que consigue hablar de ciencia ficción sin convertir la tecnología en la protagonista. Lo principal es el ser humano, lo accesorio son las maquinas, aunque muchas veces se usen para salvarnos la vida.

Eso sí, tampoco esperéis que Park Kun-Woong os dé una palmadita en la espalda al terminar. Este hombre no reparte finales reconfortantes como quien reparte caramelos en una cabalgata. Prefiere dejar al lector con preguntas incómodas sobre la memoria, el sacrificio y la necesidad casi irracional de seguir esperando incluso cuando todo indica que ya no queda nada por esperar. «Paraíso» es una obra hermosa, devastadora y profundamente humana. Un cómic que demuestra que el espacio exterior puede ser menos frío que la indiferencia de quienes gobiernan. Eso sí, si buscabas un viaje turístico al paraíso, igual te has equivocado de destino. Aquí el equipaje obligatorio incluye lágrimas, paciencia y unas cuantas ganas de mirar al infinito mientras te preguntas por qué demonios los mejores cómics siempre encuentran nuevas maneras de romperte el corazón. Porque sí, Park Kun-Woong vuelve a hacerlo. Y encima consigue que le demos las gracias por ello.

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