Hay dos tipos de lectores de Spiderman. Los que quieren ver a Peter Parker balanceándose entre edificios, soltando chistes malos y repartiendo tortazos a todo el villano que se cruce en su camino. Y luego están los que disfrutan viendo a Peter discutir con Mary Jane sobre la vida, criar a sus hijos, tomar decisiones responsables y reflexionar durante diez páginas antes de dar un puñetazo. Lo sorprendente es que Jonathan Hickman ha conseguido que ambos compren el mismo cómic, aunque unos salgan encantados y otros miren el tomo preguntándose cuándo empieza realmente la fiesta. Porque sí, «Ultimate Spider-Man» sigue siendo una de las mejores colecciones que publicada por Marvel. Y sí, también sigue teniendo un ritmo que, comparado con el resto de series superheroicas, parece el de una procesión de Semana Santa con reuma. Hickman no corre. Hickman pasea. Observa. Coloca piezas. Mueve una. Espera tres meses. Coloca otra. Mientras tanto, el lector más nervioso ya ha consultado tres veces si se ha saltado páginas por error.

Este segundo Marvel Premiere recopila los números del siete al doce y demuestra que el guionista tiene clarísimo lo que quiere hacer. Otra cosa es que tenga la más mínima prisa por hacerlo. Mientras otras series de Marvel parecen escritas después de beber cinco latas de bebida energética, aquí todo se cocina con una paciencia casi insultante. No hay sensación de improvisación, pero tampoco de urgencia. Hickman parece cocinar un cocido madrileño mientras el resto de guionistas sirven comida rápida. El argumento continúa desarrollando este Universo Ultimate donde Peter Parker llegó tarde a convertirse en el hombre araña. Ya no es un adolescente incapaz de pagar el alquiler. Es un hombre casado, padre de familia y con suficientes preocupaciones como para descubrir que enfrentarse al Duende Verde quizá sea más sencillo que organizar los horarios de los niños. Y esa es precisamente una de las grandes virtudes de la colección. Peter resulta tremendamente humano. No porque sufra más que nunca. No porque tenga los enemigos más peligrosos. Sino porque, por una vez, parece una persona adulta. Algo que, visto el historial editorial del personaje, casi constituye un giro argumental más impactante que la muerte del tío Ben.
Mientras tanto, Wilson Fisk decide que eliminar vigilantes uno por uno es una pérdida de tiempo. Así que monta los Seis Siniestros. Porque cuando eres multimillonario y mafioso, organizar un grupo de supervillanos debe de salir incluso más barato que comprar el Twitter de turno. Eso sí, cualquiera que conozca mínimamente a estos personajes sabe que reunir seis egos gigantescos es una idea comparable a meter seis gatos callejeros en una caja de zapatos y esperar que colaboren en armonía. Kingpin mueve los hilos con la calma de un ajedrecista profesional. Todo parece estar perfectamente calculado. Y eso genera una tensión muy interesante. Aunque también obliga al lector a aceptar que, durante muchas páginas, la amenaza consiste básicamente en que alguien habla de un plan. Luego otro habla del mismo plan. Después aparece otro personaje comentando que el plan es muy peligroso. Y cuando ya llevas medio tomo esperando el dichoso plan… Hickman decide guardárselo para más adelante. Hay que reconocer que pocas personas dominan tan bien el arte de desesperar elegantemente.

En paralelo tenemos la alianza entre el Duende Verde y el Doctor Octopus. Una sociedad que inspira exactamente la misma confianza que un acuerdo firmado entre dos políticos en campaña electoral. Sabes que alguien acabará traicionando a alguien. La incógnita no es si ocurrirá, sino cuánto tardarán en empezar a lanzarse cuchillos metafóricos y probablemente también literales. Pero hablemos del verdadero supervillano del tomo: el departamento de marketing de Marvel. Porque pocas veces una portada y una sinopsis han vendido tanto humo con tanta elegancia como aquí. «¡Presentamos a la Gata Negra!». Uno imagina que Felicia Hardy tendrá un papel importante. Que revolucionará la historia. Que aportará tensión, humor o algún giro inesperado. Pues no. Aparece. Saluda. Y casi se marcha. Es como invitarte a una boda prometiéndote barra libre de marisco y descubrir que el camarero pasa una vez con una bandeja que contiene exactamente dos gambas y una croqueta. Técnicamente no te han mentido. Pero tampoco han sido especialmente sinceros. No deja de tener gracia que un personaje con tanto potencial quede reducido prácticamente a un «continuará». Eso sí, seguro que más de un lector compró el tomo convencido de que Felicia iba a ser coprotagonista. Si es así, Marvel puede apuntarse otra victoria comercial. Pocas empresas venden expectativas con tanta eficacia.
Donde no hay absolutamente ningún engaño es en el apartado gráfico. Marco Checchetto sigue dibujando como si hubiera hecho un pacto con Mefisto. Aunque, por suerte para Peter Parker, esta vez el contrato no afecta al matrimonio. Cada página tiene una fuerza espectacular. Las expresiones transmiten emociones sin necesidad de diálogos. La acción resulta dinámica. Las escenas cotidianas desprenden una naturalidad admirable. Es uno de esos artistas capaces de convertir una conversación en una cocina en una secuencia visualmente fascinante. Cuando David Messina toma el relevo tampoco hay drama alguno. Muchos cambios de dibujante provocan esa sensación de haber pasado de una superproducción de Hollywood a un episodio de sobremesa. Aquí no sucede. Messina mantiene la personalidad visual de la colección y aporta un enfoque algo más cercano en las escenas íntimas. Y luego está Matthew Wilson, que vuelve a demostrar por qué es uno de los mejores coloristas del mercado. Su trabajo hace que todo parezca vivo. Las escenas familiares transmiten calidez. Los momentos de tensión adquieren un dramatismo magnífico. Las secuencias de acción explotan sin resultar estridentes. Es uno de esos profesionales cuya importancia sólo descubres cuando falta.

Otro aspecto especialmente acertado es el protagonismo de los secundarios. Mary Jane continúa robando escenas con una facilidad insultante. Ben Parker demuestra que puede ser mucho más que «el otro tío Ben«. Jonah Jameson tiene bastante más profundidad de la habitual. Harry Osborn sigue siendo una pieza fundamental dentro del tablero. Aquí nadie aparece únicamente para rellenar huecos. Todo el reparto tiene personalidad, motivaciones y tiempo para respirar. Claro que eso también tiene una consecuencia inevitable. El chico de Queens aparece menos de lo que algunos esperan en un cómic llamado… Ultimate Spiderman. No es una crítica. Es simplemente un aviso para navegantes. Hickman no está escribiendo únicamente una colección sobre un tipo con poderes arácnidos. Está construyendo un universo entero. Lo hace con enorme inteligencia, pero también con una calma casi zen. Si buscas adrenalina constante quizá termines mirando el reloj. Si disfrutas viendo cómo se colocan cuidadosamente todas las piezas antes de una gran explosión, aquí vas a encontrar oro.
La edición de Panini Comics vuelve a cumplir perfectamente su función dentro de la línea Marvel Premiere. Buen formato, buena reproducción y una recopilación muy cómoda para quienes prefieren leer la historia del tirón. Además, terminar en el número doce deja una sensación bastante satisfactoria, aunque también confirma que Hickman lleva un año entero preparando la mesa antes de servir el plato principal. Y quizá ahí esté la única pega real del tomo. El primer volumen sorprendía constantemente porque todo era nuevo. Aquí ya conocemos las reglas del juego y toca desarrollar personajes, alianzas y conflictos. Eso hace que algunos lectores puedan percibir un pequeño bajón de ritmo. No de calidad, porque la serie sigue siendo excelente, sino de intensidad. Es la típica segunda película de una trilogía que dedica más tiempo a preparar el gran final que a ofrecer fuegos artificiales.

Al terminar el tomo uno tiene la sensación de haber leído un excelente capítulo intermedio. No alcanza la frescura del comienzo, pero tampoco da síntomas de agotamiento. Simplemente continúa construyendo una historia que promete ser enorme. Y visto el mimo con el que Hickman está tratando a Peter Parker, cuesta pensar que vaya a estrellarse. En definitiva, el segundo tomo de «Ultimate Spider-Man» confirma que Jonathan Hickman ha conseguido algo que parecía imposible. Hacer que un cómic de Spiderman donde abundan las conversaciones familiares, las estrategias políticas y los planes a largo plazo sea una de las series más esperadas de Marvel. Eso sí, conviene leerlo con paciencia. Mucha paciencia. Si eres de los que necesita una pelea cada cinco páginas, quizá acabes mirando el lomo del tomo para comprobar que no pone “Ultimate Reunión de la Comunidad de Vecinos”. Pero si aceptas el ritmo que propone, descubrirás una colección magnífica, inteligentemente escrita y dibujada con un nivel que roza lo obsceno. Y, por favor, la próxima vez que Marvel anuncie a la Gata Negra a bombo y platillo, llevad un bocadillo. Por si acaso vuelve a tener menos presencia que el perejil de la guarnición.
