Antes de que alguien pregunte si de verdad hacía falta otro relanzamiento del Capitán América, Ed Brubaker ya tenía preparada la respuesta: sí, pero solo si lo escribía él. El tomo 14 de Marvel Saga TPB. «Capitán América: Soñadores americanos» marca el inicio del sexto volumen de su legendaria etapa y demuestra que, cuando otros guionistas apenas consiguen que Steve Rogers lance el escudo con estilo, Brubaker es capaz de convertir un cambio de numeración en una declaración de intenciones. Porque sí, el Capi ha vuelto oficialmente a ser el Capitán América, pero el mundo sigue empeñado en ponérselo difícil. Parece que salvar el planeta de invasiones alienígenas es más sencillo que entender la política estadounidense del siglo XXI.

Después de las consecuencias de Miedo Encarnado y de todo el terremoto que supuso la etapa protagonizada por Bucky Barnes, Steve Rogers vuelve al centro del escenario. Y cualquiera podría pensar que esto significa regresar a la fórmula clásica del héroe impecable repartiendo patriotismo a diestro y siniestro. Error. Brubaker no tiene el menor interés en escribir un catálogo de discursos grandilocuentes envueltos en barras y estrellas. Lo suyo sigue siendo el espionaje, las conspiraciones, las traiciones y los personajes que cargan más equipaje que un turista en pleno agosto.
El arco que da nombre al volumen, «Soñadores americanos«, arranca con una misteriosa figura del pasado de Steve que reaparece para recordarle que, en el Universo Marvel, nadie desaparece para siempre. Ni los villanos, ni los aliados, ni los secretos incómodos. A partir de ahí, Brubaker construye un thriller donde la nostalgia y la incertidumbre pesan tanto como los puñetazos. Steve intenta reencontrarse con un país que ya no reconoce del todo, mientras el lector descubre que el auténtico enemigo no siempre lleva uniforme ni un ridículo casco con alas.

Lo mejor del guion es que nunca necesita detener la acción para explicar su mensaje. Brubaker habla del sueño americano, de las promesas incumplidas y del desgaste de los símbolos sin subirse a un atril. Todo surge de forma natural entre persecuciones, investigaciones y conversaciones que parecen sencillas, pero esconden mucho más de lo que aparentan. Es un equilibrio complicado, porque cualquier otro escritor habría terminado convirtiendo la serie en una conferencia de ciencias políticas o, en el extremo contrario, en una sucesión de explosiones sin alma. Brubaker, como casi siempre durante estos años, encuentra el punto exacto entre ambas cosas.
Uno de los grandes aciertos del tomo es comprobar cómo Steve Rogers vuelve a convertirse en el auténtico protagonista sin borrar todo lo que se había construido alrededor de Bucky. No hay sensación de marcha atrás ni de «aquí no ha pasado nada«. Al contrario. Todo lo ocurrido durante los años anteriores pesa sobre el personaje y condiciona cada una de sus decisiones. Steve ya no es simplemente el soldado perfecto congelado en el tiempo; ahora es un hombre que debe cargar con el peso de representar una idea que ni siquiera su propio país parece tener demasiado clara.

Entonces aparece Steve McNiven para recordar por qué lleva años considerado uno de los grandes dibujantes de Marvel. Su trabajo aquí es espectacular. Cada página transmite movimiento, potencia y un trazo cristalino que hace que la lectura avance prácticamente sola. Sus personajes resultan expresivos sin caer en la exageración, las escenas de acción tienen un ritmo magnífico y, cuando toca bajar las revoluciones, también sabe vender los momentos más íntimos. Además, el color de Justin Ponsor contribuye enormemente a crear esa sensación de serie más luminosa respecto a etapas anteriores. No significa que todo sea optimismo y fuegos artificiales; simplemente el tono visual acompaña ese cambio de rumbo donde Steve vuelve a ocupar el lugar de símbolo público mientras el mundo entero parece observar cada uno de sus movimientos.
Pero el volumen no vive únicamente de McNiven. También pasamos por Giuseppe Camuncoli en la transición a lo que vendrá en la siguiente trama. El segundo arco, «Impotente«, introduce a Alan Davis al apartado gráfico y el cambio resulta evidente desde la primera página. Su estilo clásico, elegante y limpio ofrece un contraste muy interesante con el dinamismo más contundente de McNiven. En otras manos el cambio habría resultado brusco, pero Davis posee tanta personalidad y tanta experiencia que convierte la transición en un atractivo añadido.

En esta segunda parte regresan Hydra, el Barón Zemo y toda esa galería de amenazas que llevan décadas complicándole la existencia al pobre Steve Rogers. Porque claro, si uno es el Capitán América, tener una semana tranquila parece ir contra el reglamento editorial de Marvel. La historia recupera parte del sabor aventurero más clásico del personaje sin abandonar la dimensión política y emocional que Brubaker lleva cultivando desde el comienzo de su etapa. Especialmente interesante resulta la decisión de dejar temporalmente a Steve sin las ventajas del suero del supersoldado. Es un recurso conocido, sí, pero aquí funciona porque sirve para reforzar una idea que atraviesa todo el volumen. El verdadero Capitán América no depende de sus músculos, sino de su capacidad para seguir levantándose cuando todo parece venirse abajo. Puede sonar tópico, pero Brubaker consigue que no lo parezca gracias a la enorme humanidad con la que escribe al personaje.
Quizá algunos lectores echen de menos el tono más oscuro y casi noir del volumen anterior. Es comprensible. La saga del Soldado de Invierno puso el listón tan absurdamente alto que competir contra ella era casi imposible. Sin embargo, sería injusto pedirle a Brubaker que escribiera continuamente la misma historia. Lo inteligente era evolucionar, explorar nuevos caminos y devolver a Steve Rogers el papel central sin renunciar a todo lo aprendido. Y eso es exactamente lo que hace. La sensación general es la de asistir al comienzo de una nueva fase donde el Capitán América vuelve a ser un referente público mientras el mundo continúa desmoronándose a su alrededor. Hay más aventura, más acción y un aire ligeramente más optimista, aunque la melancolía nunca desaparece del todo. Porque si algo caracteriza la escritura de Brubaker es que incluso cuando los héroes ganan siempre queda la impresión de que la siguiente crisis ya está esperando a la vuelta de la esquina.

En cuanto a la edición, Panini Comics recopila los diez primeros números del sexto volumen en un tomo de 240 páginas dentro de la línea Marvel Saga TPB, con reproducción a color de gran calidad y un formato cómodo que permite seguir disfrutando de una de las etapas fundamentales del Centinela de la Libertad.
En definitiva, este tomo 14 Marvel Saga TPB del Capitán América quizá no busque superar la cima alcanzada por el Soldado de Invierno, pero tampoco lo necesita. Brubaker demuestra que todavía tenía muchas historias que contar sobre Steve Rogers, McNiven y Alan Davis firman un apartado gráfico de enorme nivel y el resultado es un cómic que combina espionaje, acción, emoción y reflexión política con una naturalidad envidiable. Si alguien todavía pensaba que el Capitán América solo servía para lanzar un escudo y posar muy recto delante de una bandera, este tomo se encarga de recordarle, con bastante elegancia, que estaba bastante equivocado.
