El Viaje: destino Argentina

Hay gente que va a Argentina a conocer la Patagonia, admirar paisajes, comer un buen asado y hacerse fotografías delante de cualquier cosa que parezca remotamente exótica. Y luego está Fran, protagonista de «El viaje», que consigue convertir un viaje promocional en un tebeo de casi doscientas páginas sobre su divorcio. Porque, evidentemente, si uno tiene que quedarse tirado en un aeropuerto, lo más razonable es aprovechar la oportunidad para desmontar veinte años de relación sentimental pieza por pieza. Hay quien aprovecha una cancelación de vuelo para tomarse una cerveza. Fran aprovecha para someterse a una auditoría emocional completa. Cada uno se entretiene como puede. Y luego tenemos a Paco Roca, que debe de ser una de las pocas personas del planeta capaces de mirar una cancelación de avión y pensar: «Aquí hay un comic sobre la memoria, el amor, el desamor, la identidad, la culpa, el paso del tiempo y la reconstrucción emocional del individuo«. Cualquier otro habría pensado «qué putada«. Roca piensa «qué interesante«. Es la diferencia entre tener problemas y convertirlos en una obra de 192 páginas editada por Astiberri.

Porque hay que reconocerle una cosa. Paco Roca tiene una habilidad extraordinaria para conseguir que las desgracias cotidianas parezcan asuntos de enorme trascendencia. Uno pierde el autobús y se cabrea. Fran pierde un avión y empieza a replantearse veinte años de vida. Uno discute con su pareja y se va a dormir enfadado. Fran discute, se separa y termina haciendo arqueología sentimental en Argentina. Hay personas que necesitan una tragedia histórica para hablar de la memoria. Roca necesita un señor esperando un vuelo. Y lo más irritante es que funciona.

El viaje comienza con Fran recién separado de Susana después de veinte años de relación y dos hijas. Es decir, no estamos ante la típica discusión de pareja en la que uno duerme en el sofá y al día siguiente ya está todo solucionado porque alguien ha comprado flores. Aquí el asunto tiene bastante más recorrido. Veinte años son muchos años. Hay tiempo suficiente para acumular recuerdos, rutinas, discusiones, vacaciones, reconciliaciones, silencios, hijos, facturas, cenas familiares y, seguramente, varios cientos de conversaciones sobre quién ha dejado el lavavajillas como si fuera una escena del crimen.

Fran está intentando entender qué ha pasado. Y ahí comienza el verdadero problema. Porque cuando una relación termina, el cerebro humano tiene una reacción muy curiosa: decide que ahora es el momento perfecto para recordar absolutamente todo. No cuando las cosas iban bien, no cuando había que hablarlas, no cuando todavía se podía hacer algo. No. Justo después. Entonces aparecen las conversaciones de hace diez años, aquella mirada durante una cena de 2015, aquel viaje que salió mal, aquella frase que en su momento parecía una tontería y ahora se presenta como una profecía griega. «¡Claro! ¡Aquí empezó todo!» No, campeón. Probablemente no. Pero la memoria funciona así. Le encanta montar teorías. Y Paco Roca se mete de lleno en ese mecanismo para demostrar que recordar no significa recuperar el pasado, sino fabricar una versión del pasado desde el presente. Lo cual es bastante incómodo porque todos tendemos a pensar que nuestra memoria es un archivo histórico perfectamente documentado. Nada más lejos de la realidad. Nuestra memoria es más bien un becario con acceso a Photoshop y cero supervisión.

Fran reconstruye su relación con Susana desde su perspectiva, pero pronto queda claro que ambos han vivido historias diferentes. Y aquí Roca tiene el detalle de no convertir la separación en una competición olímpica de culpables. No hay medalla de oro para el bueno ni diploma para el malo. Los dos tienen motivos, los dos tienen carencias y los dos recuerdan la relación desde lugares diferentes. Estamos acostumbrados a que todo tenga una explicación sencilla. El héroe es bueno, el villano es malo, el marido es un capullo, la mujer es una santa o al revés, y todos podemos marcharnos tranquilos a cenar. Pero Paco Roca decide complicarnos la existencia: quizá Fran no sea culpable de todo, pero tampoco es la víctima perfecta que él mismo parece creer. Quizá Susana no sea la responsable de la ruptura, pero tampoco es un personaje diseñado para que podamos odiarla cómodamente desde el sofá. Qué poca consideración.

En mitad de esta crisis aparece Sonia, una mujer argentina que también se ha quedado atrapada esperando un vuelo. Y aquí cualquiera con dos neuronas cinematográficas empieza a sospechar. Hombre recién separado conoce mujer desconocida durante un viaje. Ambos tienen heridas emocionales. Conversaciones nocturnas. Hotel. Argentina. Venga, vamos preparando el violín. Pero no. Porque Roca tiene bastante más sentido común que muchas comedias románticas. Sonia no está ahí para convertirse en la nueva novia de Fran, ni para reparar sus desperfectos emocionales como si fuera un servicio técnico sentimental. Está para hablar con él. Y, sobre todo, para hacerle preguntas. Porque a veces la mejor ayuda que puede recibir una persona que está hundida en su propio drama es encontrarse con alguien que le diga: «Sí, sí, todo muy interesante, pero ¿has pensado que quizá no eres el protagonista de todo?» Sonia funciona como una especie de detector de autoengaños. Y eso es muy saludable, porque Fran lleva buena parte del cómic haciendo exactamente lo que hacemos todos cuando una relación se rompe: contar nuestra versión hasta conseguir que parezca razonable. El problema es que la otra persona también tiene una versión. Y suele ser bastante distinta.

Ahí está el corazón del tebeo. No tanto descubrir por qué terminó la relación como entender cómo construimos el relato de esa relación después de que termina. La memoria no busca necesariamente la verdad. Busca una explicación que podamos soportar. Y si para conseguirla hay que eliminar unas escenas, cambiar otras y poner música triste encima, pues se hace. Roca convierte esa reflexión en una historia construida fundamentalmente a través de conversaciones y recuerdos. Sobre el papel, esto podría haber sido un desastre monumental. Una obra de 192 páginas donde dos personas hablan de sentimientos podría haber acabado pareciendo una reunión de psicólogos a las cuatro de la tarde de un lunes. Pero Paco Roca tiene la mala costumbre de saber narrar. Y mucho.

Los diálogos fluyen, los silencios tienen peso y los flashbacks aparecen integrados en la narración mediante un uso del color que permite saltar entre pasado y presente sin necesidad de que aparezca una voz en off explicándonos que «ahora estamos en 2017«. Gracias, porque bastante tenemos ya con los telediarios. El formato apaisado vuelve a ser otro de sus grandes aliados. Roca utiliza la página casi como si fuera una pantalla cinematográfica. Las figuras se desplazan, los escenarios respiran y las conversaciones adquieren un ritmo muy particular. Hay momentos en los que parece que estás viendo una película. Una película donde no explota absolutamente nada y el conflicto principal consiste en que dos personas intentan averiguar por qué dejaron de quererse como antes. Y funciona. Lo cual es bastante sospechoso.

Al final, no es tanto una historia sobre una ruptura como una demostración bastante cruel de que nuestra memoria tiene menos fiabilidad que una promesa de «mañana empiezo la dieta«. Paco Roca vuelve a coger algo tan cotidiano como una separación y consigue convertirlo en una reflexión sobre todo aquello que hacemos para convencernos de que entendemos nuestra propia vida. Fran busca respuestas, nosotros buscamos respuestas con él y, cuando llegamos al final, descubrimos que probablemente no las hay. Fantástico. Casi doscientas páginas para llegar a la conclusión de que seguimos sin tener ni puta idea de cómo funcionan las relaciones humanas. Pero precisamente ahí está la gracia. Este tebeo no pretende decirnos quién tuvo razón, quién fue el culpable ni qué manual de instrucciones había que haber leído antes de compartir la vida con otra persona. Porque si existiera ese manual, seguramente tendría unas setecientas páginas, vendría sin ilustraciones y se agotaría en las librerías el mismo día que anunciaran una edición revisada.

Paco Roca vuelve a demostrar que no necesita grandes tragedias, monstruos ni superhéroes para hablar de cosas enormes. Le basta un aeropuerto, un escritor divorciado, una desconocida y unas cuantas horas de conversación. Lo demás lo ponemos nosotros. Nuestros recuerdos, nuestras manías, nuestras propias relaciones y esa peligrosa costumbre de pensar que, si rebobinamos lo suficiente, encontraremos el momento exacto en el que todo empezó a torcerse. No lo vamos a encontrar. Pero al menos tenemos un buen cómic para entretenernos mientras seguimos buscándolo. Y así, después de cerrar «El viaje», uno se queda con una certeza bastante incómoda. Paco Roca te ha vendido un tebeo sobre un hombre atrapado en Argentina y has terminado tú atrapado en tus propios recuerdos. Otra vez ha ganado. Qué cabrón dicho desde el cariño más profundo.

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