Hay momentos en la historia del cómic superheroico que parecen una mudanza hecha con prisas. Las cajas están por todas partes, falta la mitad de los muebles y alguien insiste en que todo está perfectamente organizado. Este decimotercer OmniGold de «La Imposible Patrulla-X» es exactamente eso. El instante en que Chris Claremont ya ha abandonado el barco, Bob Harras intenta convencer al mundo de que no pasa absolutamente nada y Marvel decide que la mejor manera de afrontar una crisis creativa es poner todavía más bolsillos, más hombreras y más dientes apretados en cada página. Bienvenidos oficialmente a los noventa.

La Patrulla-X sigue siendo un fenómeno editorial gigantesco, pero el cambio de etapa se nota desde la primera página. Atrás queda la sensación de que cada conversación escondía una futura saga y que cada personaje tenía veinte capas de personalidad. Ahora la prioridad parece ser que todo resulte espectacular, aunque para ello haya que multiplicar los equipos, los villanos, las explosiones y las páginas dobles donde todos posan como si estuvieran haciendo el catálogo otoño-invierno de «Mutantes Armani Collection«. Y lo curioso es que… funciona. Más o menos.
Este tomo reúne un periodo tremendamente importante. Aparecen los dos equipos oficiales de la Patrulla-X, el Azul y el Oro, llega Bishop desde el futuro con cara de haber leído demasiadas profecías, Rojo Omega aterriza dispuesto a demostrar que el exceso de músculos nunca fue un impedimento para convertirse en supervillano, Lobezno sigue descubriendo nuevos secretos sobre un pasado que ya debía ocupar más archivadores que los expedientes del FBI y, por supuesto, los Centinelas vuelven a presentarse sin invitación. Porque si existe una reunión mutante donde no aparezcan robots gigantes intentando asesinar a alguien, Marvel pierde una tradición. La división en dos equipos resulta una idea inteligente… sobre el papel. En la práctica sirve para que Jim Lee dibuje a unos personajes, Whilce Portacio a otros y todos tengan suficientes páginas para lucirse mientras los lectores intentan recordar quién pertenece a qué grupo esta semana. Equipo Azul, Equipo Oro… faltaba el Equipo Beige para completar la paleta Pantone. Eso sí, cuando Jim Lee aparece, la colección juega en otra liga.

Su dibujo sigue siendo un auténtico espectáculo. Cada viñeta parece diseñada para convertirse en un póster adolescente. Nadie sabe colocar una capa, una melena al viento o una pose imposible como él. El problema es que los personajes empiezan a parecer modelos profesionales especializados en fruncir el ceño. Si Lobezno pudiera cobrar derechos de imagen por cada vez que enseña los colmillos, financiaría la Mansión Xavier durante décadas. Whilce Portacio tampoco se queda atrás. Su trazo posee una energía salvaje que encaja perfectamente con la agresividad que empieza a dominar esta nueva etapa. Quizá no tenga la elegancia de Lee, pero transmite movimiento, violencia y dramatismo como pocos dibujantes de la época.
Mientras tanto, John Byrne regresa como guionista durante un breve periodo. Sí, el mismo Byrne que años antes había revolucionado a los Cuatro Fantásticos y que aquí parece entrar en una fiesta que ya estaba demasiado avanzada. Su aportación resulta curiosa, aunque da la impresión de que intenta poner cierto orden en una casa cuyos nuevos propietarios ya habían decidido derribar varias paredes antes de preguntarle. Y luego está Scott Lobdell, que empieza a convertirse en la voz principal de la franquicia. Su trabajo aún busca encontrar el equilibrio entre la herencia imposible de Claremont y las nuevas exigencias editoriales. No siempre acierta, pero tampoco era sencillo sustituir al hombre que había escrito prácticamente toda la vida de los mutantes durante dieciséis años.

El volumen también sirve para presentar oficialmente a Bishop, uno de esos personajes que sólo podían nacer en los noventa. Viene del futuro, lleva armas enormes, tiene una actitud permanentemente enfadada, jamás sonríe y habla como si cada frase escondiera un terrible secreto. Es decir, reúne absolutamente todos los requisitos para convertirse en un éxito editorial de la época. Lo sorprendente es que, pese a lo exagerado de su planteamiento, termina funcionando bastante bien gracias al misterio que rodea sus conocimientos sobre el destino de la Patrulla-X. En paralelo, Rojo Omega hace su entrada demostrando que Marvel había descubierto la fórmula definitiva para fabricar enemigos: coger un personaje ruso, añadir tentáculos de energía, músculos imposibles y un peinado capaz de desafiar las leyes de la física. El resultado es tan excesivo que termina siendo memorable.
Otro de los grandes atractivos del tomo es el regreso del Motorista Fantasma para ayudar frente a El Nido. Porque si algo caracteriza a Marvel durante estos años es esa maravillosa costumbre de juntar personajes completamente distintos simplemente porque sí. ¿Mutantes contra alienígenas? Perfecto. ¿Y si añadimos una calavera en llamas montada sobre una moto infernal? Muchísimo mejor. La lógica puede esperar. Y entonces llega Shattershot, la gran saga anual que reúne a Patrulla-X, X-Men, Factor-X y X-Force en una aventura gigantesca ambientada en Mundo Mojo. Es el equivalente mutante a organizar una cena familiar donde aparecen todos los primos, cuñados, sobrinos y ese tío extraño al que nadie recuerda haber invitado. La historia tiene de todo: viajes dimensionales, esclavos televisivos, persecuciones, futuros alternativos, revelaciones, versiones futuras, criaturas imposibles y suficientes personajes como para obligar al lector a consultar la portada cada pocas páginas.

Curiosamente, es también una de las partes más entretenidas del volumen, aunque deja bastante claro que nadie comprendía el universo de Longshot tan bien como Ann Nocenti y Arthur Adams. Fabian Nicieza realiza un trabajo más que digno intentando recuperar aquellos conceptos, pero la sátira salvaje sobre la televisión acaba transformándose en una aventura superheroica bastante convencional. Sigue siendo divertida, pero pierde buena parte de la mala leche que hacía especial aquel extraño rincón del Universo Marvel. Precisamente Nicieza merece bastante reconocimiento. Entre tantos cambios editoriales consigue mantener una narración sorprendentemente sólida y adapta su estilo según la colección protagonista. No todas las historias brillan igual, pero demuestra una flexibilidad que acabaría convirtiéndolo en una pieza fundamental del universo mutante durante buena parte de la década.
El desfile artístico del tomo también resulta impresionante. John Romita Jr., Andy Kubert, Ron Wagner, Philip Craig Russell, Brian Stelfreeze, Adam Hughes, Stuart Immonen, Dan Panosian, Greg Capullo, Mark Texeira, Jae Lee, Joe Quesada, Art Thibert, Karl Altstaetter, Scott Williams, Al Milgrom, Christopher Ivy, Bill Sienkiewicz, Bob Wiacek, Joe Rubinstein, Mike Witherby, Glynis Oliver, Gina Going, Gregory Wright, Kevin Tinsley o Mike Thomas parece más una reunión de futuras leyendas que un simple listado de colaboradores. Algunos apenas dibujan, entintan o colorean unas pocas páginas, pero sirve como fotografía irrepetible de una generación que estaba a punto de dominar el cómic estadounidense durante los siguientes veinte años.

La edición de Panini Comics mantiene el nivel de números anteriores. El volumen recopila los numeros The Uncanny X-Men 281-288 y Annual 16, X-Men 4-9 y Annual 1, Ghost Rider 26 y 27 y material de X-Factor Annual 7 y X-Force Annual 1. Además de multitud de extras como portadas y varios textos explicando lo sucedido en ese momento. No es una etapa perfecta, ni muchísimo menos. De hecho, abundan las decisiones editoriales discutibles, los argumentos excesivamente acelerados y esa obsesión noventera por creer que una pose espectacular podía sustituir a una conversación interesante. Pero también posee un encanto muy difícil de negar. Porque este es el instante exacto en que la Patrulla-X deja atrás definitivamente los años ochenta para abrazar sin complejos la década del exceso. Todo resulta más grande, más ruidoso, más musculoso y más dramático. Es como ver a alguien cambiar un elegante traje por una chupa de cuero llena de tachuelas convencido de que sigue siendo exactamente la misma persona. No lo es. Y, sin embargo, cuesta apartar la vista.
Este decimotercer OmniGold de la Imposible Patrulla X no representa el mejor momento creativo de los mutantes, pero sí uno de los más fascinantes desde el punto de vista histórico. Es el sonido de una maquinaria editorial intentando reinventarse mientras pierde a sus grandes arquitectos, confiando en que el talento de sus dibujantes pueda sostener un imperio entero. A veces lo consigue. Otras veces se nota que las costuras empiezan a ceder. Pero si algo enseñaron los noventa es que, cuando no sabes exactamente hacia dónde vas, siempre puedes añadir otro personaje con una pistola gigantesca, un villano con veinte pinchos y una portada de Jim Lee. Y durante un tiempo, sorprendentemente, eso bastó para conquistar el mundo.
