Knight Club: Fresca y original revisión

Jorge Luis Borges afirmaba que había cuatro tipos de temáticas universales que sostienen todos los relatos habidos y por haber: la búsqueda, el regreso, el sacrificio de un dios y la ciudad cercada. De ellos, solos o en combinación, resulta todo lo contado por el ser humano a lo largo de su historia. Como ejemplo, “el camino del héroe” clásico de Gilgamesh se desarrolla entre “la búsqueda” y “el sacrificio”. En cuanto al “regreso” ahí está “la Iliada” que ha devuelto Christopher Nolan a la actualidad con su última película. Sin dejar de lado a Homero, “la ciudad cercada” nos la encontramos en “La Iliada” y el mito de Troya. La lista, a partir de ahí, se haria infinita, con tantas posibilidades como infinitas pueden ser las proporciones de cada temática en cada combinación. Reiterativas en ocasiones, pero que dejan una clara huella en cualquier medio de expresión que sirva para contar una historia.

En ocasiones, nacen una suerte de subtemáticas que sientan cánones. En una de ellas de podría englobar a “Knight Club” de Arthur de Pins, el nuevo cómic del dibujante y animador francés cuya primera entrega (de dos) acaba de editar Nuevo Nueve en castellano, con traducción de Fernando Ballesteros.

Con un acertado juego de palabras, este “club de caballeros” nos va a situar en el siglo XII en plenas cruzadas para reproducir el esquema de grupo imposible de héroes que han de salvar a una población inocente. Un esquema que nos lleva, si buscamos referencias cercanas en el celuloide a “Los Siete Samuráis” o “Los Siete Magníficos”. Equipos formados por personajes que funcionan por contraste, con personalidades distintas que funcionan por oposición, pero que a la hora de batirse ante el peligro, demuestran una efectiva complementariedad. De ello ha bebido Artur de Pins para este tebeo ambientado en una aldea cercana al codiciado Jerusalén de las cruzadas. La eterna ciudad codiciada por tres religiones y la excusa para, con el pretexto de la fe, hacer la guerra y buscar riqueza. La aldea, que se encuentra en el camino que llevan los cruzados hacia tierra santa, es objeto de saqueos por parte de las tropas cristianas. Pero esto va a cambiar: Serafina, la herrera de la aldea, va a reclutar a un variopinto grupo de mercenarios que los defenderán de los guerreros de la cruz. Así que compone un grupo multi religioso, con cada integrante de una cultura distinta, en una suerte de mezcolanza cultural de la época. Los cuales no comparten a priori los mismos valores o creencias, pero si van a demostrar una perfecta alienación a la hora de hacer frente a los peligros. Mientras interactúan y batallan, los lazos se irán estrechando, mientras se forjan tanto sus armaduras como sus identidades como héroes.

Bajo la premisa expuesta, puede parecer que lo que reserva Arthur de Pins es un camino ya recorrido varias veces en la literatura popular. Pero el dibujante y animador bretón se guarda cuatro ases en la manga que hace de su “Knight Club” un tebeo rabiosamente fresco. El primero es obviamente el enfoque del relato: aquí los villanos son los cruzados que invaden, matan y violan. Las víctimas, una comunidad heterogénea donde conviven gentes de diversas creencias y religiones. La metáfora que deja tras de sí este elemento es determinante para dar bríos al relato, por muy obvia que resulte, si que resulta fresca en la propuesta.

El siguiente es la ironía y el humor. Partes esenciales en las fortalezas del tebeo. Consiguiendo así huir de las épicas de los lugares comunes y deja un regusto de ingenio en cada dialogo sembrado en el relato. Junto a ello, una excelente documentación (que se cita en el volumen) sostiene con solvencia una aventura donde los anacronismos gráficos no existen y que, junto a unos diálogos que huelen a presente, dan una combinación tan singular como efectiva.

El cuarto as es, sin duda, el arte de Arthur de Pins, pues construye páginas gloriosas. De esas que fluyen orgánicamente mientras el guion exhibe sus mejores armas. Así estética y relato van maridando en una propuesta personal, sostenida en un argumento canónico, pero revestida de originalidad a varios niveles: de enfoque, de tono adoptado y estilo gráfico. Por eso, al cerrar este primer volumen de “knight Club” uno recuerda a Borges cuando cita los ingredientes del relato, pero no puede evitar sonrerir. Puede que solo haya esos cuatro. Pero siempre queda la originalidad de un buen autor para cocinar nuevos platos que merezcan ser degustados a placer. Como muestra, “Knight Club”.

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