Biblioteca Marvel Estela Plateada 3: entre Mefisto y Shalla Bal

Antes de que los superhéroes aprendieran a hablar como si estuvieran en un grupo de WhatsApp y antes de que cualquier amenaza acabara resolviéndose con un multiverso, Stan Lee y John Buscema ya tenían a Estela Plateada surcando el cosmos con la intensidad emocional de un poeta existencial que había perdido el GPS galáctico. Este tercer volumen de la Biblioteca Marvel recopila los números 7 al 11 de la colección clásica y vuelve a demostrar que, cuando estos dos estaban inspirados, podían convertir el melodrama cósmico en algo tan grandilocuente como irresistiblemente entrañable. Sí, hoy algunas cosas chirrían. Pero también es verdad que pocas series clásicas conservan este nivel de elegancia visual.

El tomo arranca recuperando el tono con el que terminaba el anterior. Una historia autoconclusiva que mezcla terror gótico, ciencia desquiciada y ese optimismo ingenuo propio de los cómics de los años sesenta. Porque, claro, si eres descendiente de Víctor Frankenstein, ¿qué haces con tu vida? ¿Montar una cafetería? No. Crear un doble malvado de Estela Plateada, que siempre queda mucho más espectacular. La lógica interna es la de un niño de diez años jugando con todos sus muñecos a la vez, y precisamente por eso funciona. No hay complejos, no hay cinismo y tampoco hay necesidad de justificar absolutamente nada. Stan Lee escribe con la misma sutileza con la que un pregonero anunciaría el fin del mundo. Cada emoción está subrayada tres veces, cada discurso parece destinado a ser grabado en mármol y cada personaje habla como si hubiera ensayado delante del espejo durante dos horas antes de abrir la boca. ¿Es exagerado? Muchísimo. ¿Es divertido? También. Hay un encanto especial en esa incapacidad de Stan para escribir una conversación normal. Hasta pedir la hora parece un manifiesto filosófico.

Pero si Lee pone las palabras, John Buscema pone la magia. Da igual que aparezca un laboratorio digno de la Universal, un castillo perdido entre las sombras o una pelea espacial imposible. Todo desprende una elegancia que sigue siendo difícil de igualar. Buscema dibuja héroes como si fueran esculturas griegas que hubieran decidido hacerse astronautas. Cada viñeta tiene fuerza, movimiento y una composición que hace que el lector perdone cualquier exceso argumental. Además, resulta curioso comprobar el cambio de entintadores durante este volumen. Primero Sal Buscema consigue que el trabajo de su hermano conserve ese acabado limpio y espectacular que había establecido Joe Sinnott. Después entra Dan Adkins, y lejos de producir un bajón, mantiene un nivel altísimo. Son diferencias sutiles, pero suficientes para que el ojo del aficionado disfrute comparando acabados sin que el conjunto pierda personalidad.

El siguiente arco ya abraza sin ningún tipo de vergüenza el terror sobrenatural. Stan Lee decide que mezclar a Mefisto con la leyenda del Holandés Errante es una idea perfectamente razonable. ¿Por qué elegir entre demonios, barcos fantasma y pactos infernales cuando puedes meterlo todo en la misma coctelera? El resultado es un relato que parece escrito después de que Lee se leyera varias novelas góticas durante un fin de semana especialmente inspirado. No todo tiene sentido, pero desprende un aroma a aventuras clásicas que resulta tremendamente contagioso. Hay que reconocer que la serie vive más de las sensaciones que de la lógica. Si uno empieza a analizar cada decisión de los personajes, la estructura argumental se desmorona con una facilidad preocupante. Pero tampoco sería justo leer un cómic de 1969 con el mismo rasero que una novela contemporánea. Aquí lo importante es dejarse llevar. Es como ver una película clásica de monstruos: sabes perfectamente que el murciélago gigante es una marioneta, pero sonríes igual.

También resulta curioso que este volumen incluya el último número publicado con el formato ampliado de cuarenta páginas. Marvel descubrió que aquello era más caro que práctico y decidió regresar al comic-book tradicional. Viéndolo hoy casi produce ternura pensar que incluso los experimentos editoriales tenían un aire artesanal. Nada de eventos con cuarenta portadas variantes ni ediciones «ultra deluxe vibranium«. Si el formato no funcionaba, se cambiaba y santas pascuas.

La recta final nos lleva hasta una dictadura sudamericana donde Estela vuelve a demostrar que no distingue entre tiranos terrestres y amenazas cósmicas. Si hay injusticia, allí aparece él con su tabla, su “melena” plateada y un discurso sobre la libertad preparado desde hace varias páginas. Mientras tanto, Shalla Bal consigue llegar a la Tierra, lo que debería ser una buena noticia… si no fuera porque aparece otro decidido a eliminar a Estela para quedarse con ella. Y aquí Stan Lee vuelve a sacar uno de sus trucos favoritos. Si existiera un bingo de argumentos clásicos del guionista, el cartón estaría completo en pocas páginas. Villano enamorado de la novia del héroe, secuestro romántico, declaración exagerada, amenaza mundial y discurso moral al final. Sólo faltaría que alguien gritara «¡Malditos seáis!» mirando al cielo. Lo sorprendente es que, pese a repetir el recurso una y otra vez, Lee consigue que siga teniendo cierto encanto. Es imposible no imaginarlo escribiendo el guion pensando: «Bueno, esto ya lo hice… pero esta vez el malo lleva otro peinado.»

Lo mejor del tomo sigue siendo esa sensación de estar leyendo un cómic perteneciente a otra época. No intenta parecer moderno ni necesita hacerlo. Aquí los héroes son nobles hasta el exceso, los villanos son malvados porque sí y el universo entero parece funcionar mediante grandes discursos existenciales. Es un tipo de narración que hoy casi ha desaparecido y que, precisamente por eso, resulta tan refrescante.

La edición de Panini Comics mantiene el excelente nivel de esta Biblioteca Marvel. El color luce estupendamente, el formato resulta cómodo y el volumen permite disfrutar del impresionante trabajo gráfico de Buscema como merece. Son 160 páginas que saben perfectamente a clásico y que recuerdan por qué este personaje llegó a convertirse en uno de los grandes iconos de la Marvel de finales de los sesenta.

En definitiva, este tercer volumen mejora ligeramente en el apartado argumental respecto al anterior, aunque sigue siendo evidente que el auténtico protagonista es John Buscema. Stan Lee construye historias tan melodramáticas que hoy podrían provocar una subida de azúcar, pero Buscema las convierte en auténticas epopeyas visuales. ¿Hay ideas repetidas? Desde luego. ¿Los villanos tienen la originalidad de un concurso de dobles malignos? También. ¿Shalla Bal pasa más tiempo siendo el premio del villano de turno que disfrutando de unas vacaciones? Sin discusión. Pero cuando uno acepta las reglas del juego, el resultado es una delicia nostálgica. Porque leer este tomo es como abrir un mundo donde Frankenstein comparte escenario con Mefisto, los barcos fantasma navegan por el espacio y cualquier problema sentimental puede desembocar en una batalla capaz de salvar el universo. Es absurdo, solemne, ingenuo, excesivo… y tremendamente divertido. Hay cómics que envejecen como el vino y otros como un yogur olvidado en la nevera. Estela Plateada pertenece a una tercera categoría. Envejece como esas películas clásicas cuyos efectos especiales ya no impresionan a nadie, pero cuya capacidad para despertar una sonrisa permanece intacta. Y mientras John Buscema siga dibujando así de bien, uno acepta encantado que Stan Lee vuelva a intentar robarle la novia al protagonista… por enésima vez.

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