Marvel Saga TPB. El Viejo Logan 6: destino Japón

Hay personajes que pueden viajar al espacio, enfrentarse a demonios, cruzar dimensiones o morir diecisiete veces antes del desayuno, pero si hay algo que Marvel jamás perdona es que Lobezno pase demasiado tiempo sin visitar Japón. Es una tradición no escrita. Da igual la versión del personaje, la continuidad o el universo. Tarde o temprano acaba aterrizando entre katanas, ninjas y viejos amores con una capacidad sobrenatural para aparecer justo cuando el guionista necesita un giro dramático. Y en el sexto Marvel Saga TPB del Viejo Logan, Ed Brisson decide cumplir religiosamente con ese ritual. El problema es que lo hace con la inspiración de quien rellena un formulario administrativo un lunes por la mañana.

Tras el entretenido enfrentamiento contra Maestro y el clan Hulk, este sexto volumen lleva al Viejo Logan de vuelta a Japón. La idea, sobre el papel, resulta muy apetecible. El contraste entre el yermo postapocalíptico del que procede este Logan y el bullicio de Tokio podía dar mucho juego, pero el guion tarda muy poco en olvidarse de esa interesante premisa para entregarse a una sucesión de mafias, clanes ancestrales, La Mano, el Samurái de Plata, la nueva Samurái Escarlata, drogas milagrosas y personajes que reaparecen porque, al parecer, en Marvel existe una ley que obliga a rescatar a alguien del pasado cada cinco números. Todo está colocado en su sitio, como un catálogo de «Los grandes éxitos de Lobezno«, pero sin la emoción que uno espera cuando escucha una banda tocando sus clásicos.

Brisson construye una historia correcta, entretenida y fácil de leer, pero también excesivamente cómoda. Sigue la fórmula clásica del personaje al pie de la letra. Logan llega a un lugar, descubre que alguien está haciendo algo terrible, intenta mantenerse al margen durante exactamente dos páginas y media, recibe una paliza, conoce a un viejo aliado, recuerda algún trauma y termina repartiendo estopa mientras reflexiona sobre lo duro que es envejecer. Funciona porque esa estructura lleva funcionando décadas, pero también transmite la sensación de que el piloto automático lleva demasiado tiempo al volante. Nunca hay un momento que haga levantar una ceja ni una sorpresa que realmente consiga sorprender. Todo avanza con la precisión de un reloj suizo y la emoción de leer las instrucciones de una lavadora.

Lo más llamativo es que el propio Brisson parece olvidar quién es realmente el protagonista. Este no es el Logan tradicional. No es el mutante que vivió exactamente las mismas aventuras que conocemos desde hace décadas. Es «el Viejo Logan», una versión procedente de un universo devastado donde los héroes fueron masacrados y el mundo acabó convertido en una pesadilla gobernada por villanos. Su pasado es completamente distinto y, precisamente por eso, sus reacciones también deberían serlo. Sin embargo, el guion insiste una y otra vez en tratarlo como si simplemente fuera un Lobezno con más arrugas y peor lumbalgia. Recupera relaciones personales, conflictos y recuerdos que pertenecen al Logan clásico sin detenerse demasiado a explicar cómo encajan en la vida de alguien que jamás vivió esas experiencias. Es como invitar al doble de Freddie Mercury a una reunión familiar y preguntarle si recuerda aquella paella de 1987.

No significa que la historia sea mala. De hecho, tiene momentos bastante entretenidos. Cuando Brisson deja de intentar reconstruir el pasado del personaje y simplemente lo muestra recorriendo el universo Marvel como un veterano cansado que aún sabe repartir golpes mejor que nadie, el cómic recupera parte de su personalidad. Ese Logan más cínico, más resignado y mucho menos impulsivo sigue siendo un protagonista atractivo. Tiene una humanidad distinta a la del Lobezno clásico y funciona especialmente bien cuando el guionista le permite ser precisamente eso: un superviviente que ya ha visto demasiadas tragedias como para sorprenderse por otra más.

En el apartado gráfico Mike Deodato continúa como principal responsable de la serie y vuelve a demostrar que es uno de esos dibujantes capaces de dividir al público casi tanto como la pizza con piña. Su estilo cargado de sombras, rostros hiperrealistas y composiciones atrevidas ofrece páginas muy espectaculares. Algunas viñetas tienen una fuerza visual enorme y transmiten perfectamente la violencia seca que caracteriza al personaje. Sin embargo, también mantiene esa costumbre de complicar innecesariamente la narración. En determinadas escenas cuesta distinguir exactamente qué está ocurriendo entre tanta sombra, tanto negro y tanta pose imposible. A veces parece que las peleas se desarrollan dentro de una cueva iluminada exclusivamente por una bombilla de bajo consumo. Los dos números dibujados por Ibraim Roberson producen una sensación curiosa: de repente todo resulta mucho más fácil de seguir. Su estilo quizá sea menos espectacular y menos moderno que el de Deodato, pero posee un dibujo mucho más limpio. Las escenas de acción fluyen con naturalidad y los personajes recuperan proporciones humanas sin necesidad de tener manos del tamaño de un microondas o músculos capaces de desafiar cualquier tratado de anatomía. Resulta casi irónico que el mayor descanso visual del tomo llegue precisamente cuando desaparece el dibujante principal. El color también acompaña esa diferencia de estilos. Frank Martin Jr. potencia el ambiente oscuro y cargado de texturas que caracteriza a Deodato, mientras que Carlos López apuesta por una iluminación más clara durante los capítulos ilustrados por Roberson. Ninguno desentona, aunque el resultado evidencia que, en ocasiones, menos artificio consigue una lectura bastante más agradecida.

La edición de Panini Comics mantiene el estándar habitual de la línea Marvel Saga TPB. Rústica, 128 páginas y una recopilación cómoda para quienes siguen esta etapa sin necesidad de perseguir números sueltos. Como producto editorial resulta difícil ponerle pegas, especialmente teniendo en cuenta que esta colección está permitiendo recuperar de forma ordenada una de las versiones más interesantes de Lobezno aparecidas durante la última década.

Lo curioso de este sexto volumen es que reúne prácticamente todos los ingredientes que cualquier lector podría pedir en una aventura del personaje. Hay ninjas, mafias, La Mano, viejos enemigos, antiguos romances, samuráis, conspiraciones, espadas, sangre y suficientes garras como para abrir una ferretería especializada. Tiene absolutamente todo, excepto una historia capaz de sacar verdadero partido a semejante menú. Es como entrar en un restaurante japonés donde sirven sushi preparado con ingredientes de primera calidad pero cocinado por alguien que lleva toda la semana pensando en las vacaciones. Quizá por eso el principal problema del tomo no sea que falle estrepitosamente, sino que apenas consigue emocionar. No enfada, no decepciona profundamente y tampoco deslumbra. Simplemente cumple. Se lee con agrado, mantiene un ritmo aceptable y deja algunos momentos disfrutables, pero una vez cerrada la última página cuesta recordar algo realmente memorable. Y eso, tratándose de un personaje tan rico como El Viejo Logan, sabe un poco a oportunidad desaprovechada.

En definitiva, el Marvel Saga TPB. El Viejo Logan 6 es un cómic entretenido que sobrevive gracias al carisma inagotable de su protagonista y al buen hacer de unos autores que cumplen con profesionalidad, aunque sin alcanzar cotas especialmente inspiradas. Ed Brisson demuestra que conoce perfectamente el universo de Lobezno, pero también que todavía le cuesta encontrar una voz propia para esta versión alternativa del personaje. El resultado final deja una lectura agradable, pero también la sensación de que este viejo gruñón todavía tiene muchas mejores historias por contar. Porque sí, Logan sigue teniendo las garras de adamántium, pero en este tomo da la impresión de que alguien también le ha puesto el freno de mano creativo.

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