Hay una norma no escrita del cine que dice que, si un multimillonario te invita a visitar un parque temático construido sobre una isla remota, donde unos científicos han resucitado depredadores prehistóricos capaces de arrancarte un brazo antes de que termines de decir «qué buena idea«, lo más inteligente es rechazar la invitación. Pero entonces no habría película. Ni secuelas. Ni juguetes. Ni camisetas. Ni vasos de refresco. Ni, por supuesto, «Cabezón Jurásico», el nuevo festival de cachondeo de Enrique V. Vegas que publica Dolmen Editorial. Porque el negocio de los dinosaurios lleva décadas demostrando que la extinción es temporal, pero la explotación comercial es eterna.

Vegas lo sabe. Nosotros lo sabemos. Universal lo sabe. Hasta el velocirraptor de merchandising lo sabe. Así que, en lugar de intentar vendernos otra vez la moto de «hemos aprendido de los errores del pasado«, hace lo único sensato: reírse de absolutamente todo. De la película. De los personajes. De los tópicos. De los científicos que siguen creyendo que mezclar ADN de depredadores gigantes con ambición empresarial nunca puede salir mal. Y, de paso, también de nosotros, que seguimos consumiendo historias donde alguien pronuncia la frase «está todo bajo control» cinco minutos antes de convertirse en pienso para carnívoros.
La premisa ya es un monumento al descaro. Han aparecido unos documentos secretos que revelan lo que ocurrió realmente en aquella isla. Claro, porque lo que faltaba en esta historia era burocracia. Uno imagina un archivador olvidado durante treinta años en un sótano, con una pegatina que pone «No abrir jamás«. Naturalmente alguien lo abre, porque la humanidad tiene una capacidad sobrenatural para ignorar cualquier cartel de advertencia. Si pusieran un letrero en mitad de un volcán que dijera «No saltar dentro«, antes de media hora habría un influencer haciendo un directo.

A partir de ahí, Vegas hace exactamente lo que lleva haciendo media vida, pero con una soltura que da auténtica envidia. Coge una historia que todos conocemos, le pone una cabeza del tamaño de un melón a cada personaje y empieza a desmontarla pieza por pieza mientras el lector se ríe de lo absurdo que siempre fue todo. Porque, seamos sinceros, la película original es maravillosa, pero también es el único lugar del planeta donde un consejo de administración considera aceptable inaugurar un parque cuando el sistema de seguridad depende de un informático que parece haber aprendido programación viendo tutoriales a doble velocidad.
Lo fascinante es que el cómic nunca da la sensación de estar buscando el chiste fácil. Hay autores que hacen una parodia y parece que están marcando casillas en una lista: referencia conocida, frase famosa, personaje caricaturizado y siguiente página. Enrique V. Vegas juega otra liga. Él entiende perfectamente que el humor nace de exagerar lo que ya era ridículo. No necesita inventarse situaciones imposibles. Le basta con empujar un poquito una historia que ya tenía bastantes tornillos flojos.

Los dinosaurios, por supuesto, están encantados con el resultado. No son simples invitados especiales. Son auténticos profesionales del caos. Entran cuando quieren, destrozan lo que les apetece y parecen trabajar bajo un convenio colectivo cuyo único artículo dice: «Fastidiar los planes humanos«. Hay una coordinación admirable entre ellos. Mientras los personajes elaboran planes sofisticados para sobrevivir, los dinosaurios aplican una estrategia infinitamente más eficaz: correr muy deprisa y morder muy fuerte. A veces la evolución consiste simplemente en no complicarse la vida. Y luego están los humanos. Pobres criaturas. Uno acaba desarrollando más empatía por un diplodocus que por algunos protagonistas. Porque insistir en pasearse tranquilamente por una isla donde todo intenta comerte requiere una confianza en uno mismo que roza el delirio clínico. Hay personajes que toman decisiones tan brillantes que uno empieza a sospechar que los dinosaurios no son la amenaza principal, sino una consecuencia inevitable de la estupidez humana. Darwin estaría orgulloso… o profundamente deprimido.
El dibujo sigue siendo la marca de la casa. Enrique V. Vegas lleva tantos años dibujando cabezones que uno sospecha que ya no recuerda cómo es una cabeza proporcionada. Y menos mal. Porque ese estilo es precisamente el que hace funcionar toda la maquinaria humorística. Basta una ceja levantada, unos ojos desorbitados o una sonrisa absurda para vender un chiste sin necesidad de escribir una sola palabra. Es un tipo de dibujo engañosamente sencillo. Parece fácil hasta que intentas hacerlo tú y descubres que tus personajes parecen champiñones con ansiedad.

Además, cada página está llena de pequeños detalles que convierten la relectura en una obligación casi contractual. Mientras estás pendiente del chiste principal, al fondo ocurre otra tontería distinta. Luego vuelves atrás y descubres un cartel, una expresión o un dinosaurio haciendo algo completamente innecesario, pero tremendamente gracioso. Es uno de esos cómics que parece decirte: «¿Creías que ya habías visto todo? Iluso.»
Hay quien desprecia el humor como si fuera un género menor. Supongo que son los mismos que creen que una película mejora automáticamente porque alguien mire por una ventana mientras llueve. Hacer reír durante más de cien páginas tiene muchísimo mérito. Mantener el ritmo sin que los chistes se agoten es todavía más complicado. Y Vegas lo consigue porque jamás intenta parecer más inteligente que el lector. No escribe para demostrar que domina la teoría del humor. Escribe para que te lo pases bien. Qué concepto tan revolucionario en estos tiempos en los que cualquier obra necesita llevar una tesis doctoral escondida entre las viñetas.

También resulta refrescante comprobar que este tebeo no intenta actualizar la fórmula metiendo discursos que no vienen a cuento. Nadie interrumpe una persecución para explicar los problemas del mercado inmobiliario. Ningún velocirraptor inicia un podcast sobre sostenibilidad. El tiranosaurio no descubre que el verdadero depredador era el sistema económico. Los dinosaurios hacen exactamente lo que uno espera de ellos: sembrar el caos con una dedicación admirable. Ojalá todos los personajes de ficción respetaran tanto su descripción de puesto.
El blanco y negro termina de redondear el conjunto. No necesita colores chillones para llamar la atención porque el verdadero espectáculo está en la narrativa. Cada página fluye con una naturalidad admirable. Cuando uno se da cuenta, ya ha leído cincuenta páginas sin apenas pestañear. Y eso tiene mucho mérito en una época donde somos capaces de mirar el móvil quince veces mientras vemos un capítulo de veinte minutos.

Lo mejor de todo es la sensación que deja al terminar. No pretende cambiar tu vida. No quiere convertirse en la novela gráfica definitiva sobre los dinosaurios. Ni falta que hace. Lo único que busca es ofrecer un rato de diversión absolutamente desacomplejada. Y vaya si lo consigue. Sales del cómic con la impresión de haber pasado una tarde con ese amigo que lleva veinte años contando los mismos chistes, pero que sigue haciéndote reír porque sabe exactamente cuándo soltarlos. Enrique V. Vegas vuelve a demostrar que conoce como pocos el noble arte de tomarse muy poco en serio historias que llevan demasiado tiempo tomándose demasiado en serio. «Cabezón Jurásico» es una carta de amor a la aventura, al cine palomitero y al humor sin complejos. Un cómic que confirma algo que la ciencia lleva décadas intentando ocultar: el mayor depredador de Jurassic Park nunca fue el tiranosaurio. Fue el departamento de marketing. Y, milagrosamente, Enrique V. Vegas ha conseguido que hasta eso tenga gracia. Incluso tanta que nos deja con las ganas de la continuación en la última página.
