Lazarillo de Tormes: rejuvenecida picaresca en viñetas

Te diría que hay clásicos que llegan al lector por obligación. Esos que aparecen en una lista de lecturas del instituto con la misma capacidad de seducción que un plato de acelgas recalentadas. Y luego está «El Lazarillo de Tormes», que tiene la enorme ventaja de ser uno de esos libros que, cuando realmente lo lees, descubres que era mucho más divertido, cruel y moderno de lo que te habían contado. La novela fundacional de la picaresca española lleva siglos demostrando que el hambre agudiza el ingenio y que los adultos pueden ser bastante peores que cualquier villano con capa. Ahora Serendipia Editorial vuelve a sacar brillo al clásico con una adaptación en viñetas firmada por Rafael Jiménez y Rocío Conches que consigue algo complicado: respetar el original mientras le pone una sonrisa en la cara.

Adaptar un texto del siglo XVI siempre tiene ese riesgo de convertirse en una clase de Literatura disfrazada de cómic. Ya sabes, muchas buenas intenciones, abundantes notas a pie de página invisibles y la sensación de que alguien intenta colarte los deberes durante las vacaciones. Afortunadamente, aquí ocurre justo lo contrario. Lazarillo de Tormes funciona primero como tebeo y después como herramienta educativa. Lo importante y primordial es que entretiene. Si además despierta la curiosidad por leer el texto original, mejor.

La historia sigue siendo la misma que lleva siglos sobreviviendo a censuras, inquisidores y estudiantes que buscaban resúmenes en internet. Lázaro, un muchacho salmantino con más hambre que suerte, pasa de amo en amo descubriendo que la vida adulta consiste, básicamente, en intentar engañar al prójimo antes de que el prójimo te engañe a ti. El ciego es un maestro de la crueldad; el clérigo guarda el pan con más seguridad que un banco suizo; el escudero presume de nobleza mientras no tiene ni para comprar una barra; y por el camino aparecen religiosos, vendedores y toda una colección de personajes que convierten la España del siglo XVI en un auténtico desfile de supervivientes profesionales.

Lo curiosamente maravilloso es comprobar que, quinientos años después, muchos comportamientos siguen resultando sospechosamente familiares. Cambian los trajes, desaparecen las espadas y aparecen los teléfonos móviles, pero el arte de aparentar lo que uno no es continúa gozando de una salud extraordinaria. El Lazarillo sigue teniendo esa incómoda capacidad de hacernos reír mientras nos recuerda que la sociedad no ha cambiado tanto como nos gusta creer. Quizá ahora nadie esconde el pan en un arca con siete llaves. Aunque algunos esconden algún que otro millón de euros en el altillo que se dejó el fontanero.

Rafael Jiménez demuestra una vez más que sabe adaptar clásicos sin convertirlos en fósiles. Condensa la narración con inteligencia, mantiene la estructura epistolar y conserva los episodios imprescindibles sin que el relato parezca una sucesión atropellada de escenas famosas. Hay ritmo, fluidez y una naturalidad que hace olvidar el enorme trabajo de síntesis que hay detrás. Adaptar no consiste en copiar párrafos; consiste en entender qué hace funcionar una historia y trasladarlo a otro lenguaje. Aquí eso se nota en cada página.

El guion toma una decisión muy inteligente: rebajar ligeramente la crudeza sin traicionar el espíritu de la obra. El Lazarillo original era bastante despiadado. Aquí la violencia sigue presente, porque sería absurdo ocultarla, pero aparece envuelta en un tono más amable que permite que lectores jóvenes entren en la historia sin salir corriendo a abrazar un peluche. No se edulcora el mensaje, simplemente se presenta con una envoltura menos traumática.

Hablando de envoltorios, el trabajo de Rocío Conches merece bastantes aplausos. Su dibujo parece decir continuamente: «Tranquilo, esto es para todos los públicos«. El estilo recuerda inevitablemente a la animación clásica, con personajes expresivos, rostros llenos de vida y un trazo tremendamente claro. Hay algo muy reconfortante en ese aspecto aparentemente inocente que contrasta con las miserias que va contando la historia. Porque resulta bastante divertido contemplar cómo un universo lleno de hambre, pobreza, engaños y abusos puede representarse con colores pastel y personajes de aspecto encantador. Es como si alguien hubiera decidido ilustrar una tragedia social utilizando la estética de un cuento infantil. Y, sorprendentemente, funciona. Ese contraste potencia el mensaje en lugar de debilitarlo. Cuanto más simpáticos parecen los personajes, más evidente resulta la injusticia de todo lo que les sucede. El color acompaña con inteligencia. No busca el espectáculo digital ni los efectos imposibles. Todo respira una sencillez muy agradable que favorece la lectura y hace que el conjunto resulte muy accesible para lectores de cualquier edad. Es un cómic que entra por los ojos desde la primera página.

También hay que reconocer el mérito de Serendipia Editorial apostando otra vez por acercar grandes clásicos mediante el lenguaje del cómic. La editorial lleva tiempo demostrando que estas adaptaciones no son simples resúmenes ilustrados, sino proyectos con personalidad propia. Y se nota que detrás existe un enorme respeto por el material original. Eso sí, no todo iba a ser perfecto. Hay un pequeño detalle que merece una ceja levantada: el tamaño del álbum. Más de un lector descubrirá que también necesita cierta dosis de astucia picaresca… para encontrar el ángulo exacto en el que leer algunos textos sin sacar la lupa del cajón. Digamos que esta edición incluye un pequeño homenaje involuntario al sufrimiento humano, especialmente si ya has empezado a tutear a la presbicia. Pero incluso esa pega termina siendo menor frente al conjunto. El cartoné está muy cuidado, el papel responde perfectamente y la edición transmite cariño por el proyecto.

Quizá algún purista proteste porque determinadas escenas son menos duras o porque el humor tiene más presencia. Es posible. Los puristas protestan prácticamente por obligación profesional. Pero conviene recordar que una adaptación no pretende sustituir al original, sino abrirle la puerta a nuevos lectores. Y en ese sentido este cómic acierta plenamente. Lo curioso es que termina produciendo el mismo efecto que el propio Lázaro sobrevive durante toda la historia: consigue salir adelante gracias a la inteligencia. En lugar de intentar competir con un monumento de la literatura, busca otro camino. Aprovecha las posibilidades del lenguaje gráfico, simplifica donde conviene, desarrolla donde hace falta y entrega un tebeo que puede disfrutar tanto quien jamás ha leído la novela como quien la conoce casi de memoria.

En una época donde muchas adaptaciones parecen obsesionadas con reinventarlo todo hasta hacerlo irreconocible, resulta refrescante encontrar una que simplemente entiende el material del que parte. No necesita modernizar a Lázaro poniéndole zapatillas deportivas ni convertir al ciego en un villano con poderes sobrenaturales. Basta con recordar que las mejores historias siguen funcionando cuando están bien contadas. Porque el hambre, la astucia, la desigualdad, la apariencia y la supervivencia nunca han pasado de moda. Lo único que ha cambiado es que ahora podemos disfrutar de todas esas desgracias con unas ilustraciones preciosas. Hay cierta ironía en convertir la miseria del siglo XVI en uno de los cómics más simpáticos del año, pero precisamente ahí reside buena parte de su encanto. «Lazarillo de Tormes» sigue demostrando que los clásicos sobreviven porque hablan de personas, y las personas seguimos siendo especialistas en tropezar con las mismas piedras.

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