Marvel Premiere. Los Vengadores de Jed MacKay 2: el sueño crepuscular

Hay cómics que prometen cambiar el universo. Luego están los que prometen cambiar el universo… para dejarlo exactamente dónde estaba cinco números después. Este segundo Marvel Premiere de Los Vengadores de Jed MacKay pertenece orgullosamente a esa segunda categoría. No es un desastre, ni mucho menos, pero sí uno de esos tomos que terminas cerrando mientras piensas: «¿Ya está? ¿Todo este ruido era para esto?». Porque si algo domina este arco es esa maravillosa habilidad de Marvel para convertir una historia de cuatro números en una epopeya cósmica que parece escrita con el piloto automático puesto.

La cosa arranca con los Vengadores protegiendo, nada menos, que a Kang el Conquistador. Sí, ese señor que lleva décadas intentando conquistar la línea temporal con la misma eficacia con la que uno intenta montar un mueble de IKEA sin instrucciones. Resulta que una nueva amenaza, la Corte Crepuscular, quiere llevárselo para hacerle pagar por sus pecados temporales. ¿Quiénes son? Buena pregunta. Son otro de esos grupos de villanos que aparecen de repente con un poder infinito, un diseño espectacular y una importancia supuestamente trascendental… hasta que dentro de un par de años nadie volverá a acordarse de ellos. Marvel lleva tiempo fabricando enemigos nuevos como si fueran cromos promocionales, convencida de que alguno acabará siendo el próximo Thanos. De momento, la mayoría acaban en el cajón de «¿estos quiénes eran?».

Jed MacKay vuelve a demostrar que sabe escribir acción. Eso nunca ha estado en duda. Las peleas son enormes, los diálogos funcionan, los héroes suenan como deben sonar y todo tiene ese aire de blockbuster superheroico que hace que pases páginas con facilidad. El problema es que también parece convencido de que Los Vengadores solo existen para saltar de una amenaza apocalíptica a otra todavía más grande. Aquí todo es gigantesco, todo pone en peligro la realidad, todo tiene consecuencias cósmicas… y precisamente por eso termina sin importar demasiado. Cuando el nivel de alarma siempre está al once, el lector acaba inmunizado. Es como el vecino que lleva diez años diciendo que viene el fin del mundo. Llega un momento en que ni te asomas a la ventana.

Y es una pena, porque MacKay ha demostrado en otras series que sabe construir personajes. Aquí, sin embargo, parece empeñado en esconder esa virtud detrás de toneladas de rayos de energía y discursos grandilocuentes. Los Vengadores no son simplemente una alineación de pesos pesados repartiendo puñetazos con efectos especiales. Son un grupo que lleva décadas funcionando porque, además de salvar el planeta, conviven, discuten, hacen bromas, se enfadan, se apoyan y, en definitiva, parecen personas. Aquí casi todos se limitan a cumplir su turno de combate antes de dejar paso al siguiente compañero. Es como asistir a una coreografía perfectamente ensayada donde nadie improvisa porque alguien podría salirse del presupuesto. Y entonces aparece Edwin Jarvis y ocurre el pequeño milagro del tomo.

Resulta que basta con devolver al mayordomo más famoso del Universo Marvel para recordar que estos personajes necesitan algo más que explosiones. El número protagonizado por Jarvis, ocupándose de la Ciudad Imposible y devolviendo un poco de humanidad al grupo, termina siendo el episodio más simpático de todo el volumen. Es casi irónico que el personaje sin poderes sea quien consiga aportar más vida a la colección que varios dioses, supersoldados y genios multimillonarios juntos. A veces una conversación en una cocina vale más que veinte páginas de puñetazos.

Visualmente tampoco ayuda que la colección pierda parte de la personalidad que mostraba al principio. Carlos Villa sigue siendo el principal responsable artístico, pero Francesco Mortarino e Ivan Fiorelli entran al rescate antes de que la serie cumpla siquiera un año. Ninguno dibuja mal; de hecho, los tres ofrecen páginas muy competentes y Federico Blee mantiene la coherencia gracias a un color vibrante y espectacular. El problema es que el cambio constante de manos hace que el tomo parezca una degustación de estilos más que una obra con una identidad gráfica clara. Es como pedir una pizza y que cada porción la haya preparado un cocinero distinto. Ninguna está mala, pero cuesta creer que formen parte del mismo menú. Algo que se nota muchísimo en el dibujo del Dios del Trueno, en algunas viñetas parece alguien reverencial y en otras parece un surfero salido de la ducha.

La edición de Panini Comics mantiene el buen nivel habitual de la línea Marvel Premiere: formato cómodo, buena reproducción del color, cinco números desde el #7 al #11 reunidas en un volumen con traducción de Uriel López y una presentación que cumple perfectamente con lo que se espera. En ese aspecto hay poco que reprochar.

Después de once números de serie, esperaba bastante más de MacKay. Venía con la difícil misión de hacer olvidar una etapa de Jason Aaron que dividió muchísimo a los lectores, y parecía tener las herramientas para conseguirlo. Sin embargo, da la impresión de que ha heredado algunos de sus peores vicios. Cuanto más grande el enemigo, mejor; cuanto más espectacular la amenaza, más importante parece la historia. Pero Los Vengadores nunca han sido grandes solo por derrotar invasiones imposibles. Lo fueron porque entre batalla y batalla existía una familia imperfecta capaz de hacer que el lector quisiera volver a pasar tiempo con ellos.

En definitiva, este segundo Marvel Premiere de Los Vengadores de Jed MacKay se queda peligrosamente cerca de ser un catálogo de promesas. Hay talento, hay buenos diálogos, hay acción a raudales y una producción visual más que competente, pero también hay una preocupante falta de alma. Todo parece diseñado para que el lector piense continuamente: «espera al siguiente arco, ahí sí que pasa lo importante«. El problema es que llevamos once números esperando ese «siguiente arco«. Lo más divertido es que el personaje que mejor parado sale del tomo no lleva martillo, escudo, armadura ni controla la magia del caos. Es Jarvis. Un mayordomo consigue aportar más humanidad, calidez y personalidad en unas pocas páginas que un equipo formado por algunos de los héroes más poderosos de la Tierra durante todo el volumen. Algo falla cuando el hombre que prepara el té resulta mucho más interesante que quienes salvan el universo antes del desayuno. Ojalá MacKay encuentre pronto el equilibrio entre la épica y las emociones, porque potencial tiene de sobra. Mientras tanto, este tomo se conforma con ser un espectáculo de fuegos artificiales. Hace mucho ruido, ilumina el cielo durante un rato y cinco minutos después cuesta recordar qué demonios acababas de ver.

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