Antes de que Marvel decida reinventar otra vez a los Vengadores con un grupo formado por Howard el Pato, la Tía May y una tostadora, toca despedirse de «Los nuevos Vengadores», el tomo que recopila The New Avengers #7-10 y pone punto final a una serie que entró de puntillas en las estanterías, pero sale dejando bastante mejor sabor de boca del que muchos esperaban. Porque sí, detrás de esa portada de «otra colección más de Vengadores» se escondía una historia de espionaje, paranoia, clones y gente con problemas de confianza dignos de un grupo de terapia patrocinado por S.H.I.E.L.D.

Sam Humphries parece haber llegado a una conclusión muy sencilla. Si los superhéroes ya llevan décadas pegándose entre ellos por cualquier malentendido, ¿por qué no complicarlo todo metiendo clones malvados, dobles personalidades, científicos obsesionados con copiar personas y una organización cuyos miembros parecen versiones de AliExpress de los héroes clásicos? El resultado son los Exterminati, probablemente el nombre más ridículamente maravilloso que Marvel ha inventado en bastante tiempo. Porque si vas a crear un grupo de clones asesinos de los Illuminati, más vale abrazar el absurdo desde el minuto uno.
La historia gira alrededor de una pregunta que Humphries exprime hasta la última gota: ¿quién mueve realmente los hilos? Y, para responderla, decide marear al lector con saltos temporales, sospechas cruzadas, medias verdades y revelaciones cuidadosamente administradas. Hay momentos en los que uno siente que está viendo una película de Christopher Nolan escrita después de tres cafés y una maratón de películas de espías. Cada vez que parece que todo empieza a encajar, alguien suelta otra información que obliga a recolocar todas las piezas.

Por supuesto, eso tiene su lado bueno y su lado menos bueno. El misterio mantiene el interés durante prácticamente todo el tomo, pero también hay ocasiones en las que Humphries parece disfrutar demasiado escondiendo información al lector. Hay una escena especialmente divertida en la que un personaje revela la identidad del gran villano… pero justo ese diálogo no lo vemos. Es el equivalente a que un amigo te diga: «No te imaginas lo que me pasó ayer» y, cuando vas a preguntarle, desaparezca en un ascensor. Muy elegante. Muy efectivo. Muy desesperante.
El verdadero corazón del cómic no son los puñetazos, sino la relación entre la Viuda Negra y el Soldado de Invierno. Humphries entiende perfectamente que Natasha y Bucky son dos personas incapaces de confiar plenamente ni siquiera cuando se quieren. Así que convierte su romance en una sesión continua de interrogatorios, sospechas, confesiones, pistolas apuntándose mutuamente y conversaciones que cualquier terapeuta abandonaría tras los primeros cinco minutos diciendo: «Miren, arréglense ustedes solos«.

Resulta especialmente interesante cómo Natasha deja de ser la espía perfecta e infalible. Aquí aparece vulnerable, rota y aterrorizada ante la posibilidad de no poder confiar ni en su propia mente. Es probablemente el personaje que más crece durante toda la serie y eso termina convirtiéndola en la auténtica protagonista del relato. Mientras tanto, Bucky intenta mantener el equilibrio entre su pasado como asesino programado y su presente como líder improvisado de un equipo donde absolutamente nadie parece tener estabilidad emocional. Y luego está Eddie Brock compartiendo espacio con Matanza.
Si ya convivir con Veneno era complicado, hacerlo con Matanza es como intentar tener un compañero de piso que cada mañana desayuna cereales, café y cerebros a la plancha. Los diálogos entre Eddie y el simbionte son algunos de los momentos más divertidos del tomo. El simbionte rojo no deja de insistir en matar absolutamente a todo lo que respira, mientras Brock intenta comportarse como un adulto responsable. Es como llevar a un niño hiperactivo de excursión… si ese niño estuviera hecho de dientes, sangre y problemas psiquiátricos.

Mientras tanto, los villanos continúan robándose todas las escenas donde aparecen. Iron Apex, esa versión alternativa de Tony Stark, es un auténtico sociópata con complejo de CEO definitivo. Luke Charles demuestra que un clon de Pantera Negra puede resultar mucho más inquietante cuando decide abrazar completamente el lado oscuro. Guru Strange desprende una tranquilidad zen incompatible con la cantidad de asesinatos que comete por página. Y Mister Ouroboros consigue transmitir la sensación de que Reed Richards nunca debería tener permiso para experimentar sin supervisión adulta. Lo curioso es que Humphries consigue que estos villanos resulten mucho más interesantes que muchos antagonistas tradicionales de Marvel. No buscan dominar el mundo porque sí; funcionan como versiones deformadas de aquello que los héroes representan. Son el reflejo oscuro de sus originales, y esa idea funciona sorprendentemente bien durante toda la historia.
Visualmente, Ton Lima junto a Rain Beredo demuestra por qué cada vez aparece con más frecuencia en las quinielas de futuros grandes dibujantes de Marvel. Su trazo es muy limpio, sabe mover la acción con enorme claridad y tiene una facilidad admirable para alternar conversaciones íntimas con grandes escenas de destrucción superheroica. Las peleas nunca resultan confusas, los personajes transmiten muchísimo mediante expresiones faciales y las dobles páginas de acción tienen ese aire espectacular que uno espera de una colección de Vengadores. Además, Lima cuida muchísimo los pequeños detalles. Desde los fondos urbanos hasta la tecnología de los laboratorios, pasando por la gestualidad de Natasha durante sus momentos de mayor fragilidad o la constante incomodidad de Bucky. Incluso cuando media grapa consiste básicamente en personajes hablando, consigue que la lectura resulte visualmente dinámica.

El desenlace también merece reconocimiento. En una época donde muchas series parecen terminar dejando veinte puertas abiertas para futuros eventos, Humphries opta por cerrar prácticamente todos los misterios planteados desde el primer número. La identidad del gran manipulador finalmente sale a la luz, las piezas encajan y el conflicto encuentra una resolución satisfactoria sin necesidad de recurrir a un gigantesco rayo cósmico ni a un multiverso colapsando porque sí. Se agradece enormemente encontrar una miniserie que sabe terminar cuando debe hacerlo. Quizá lo más triste sea precisamente eso. Cuando la colección encuentra definitivamente su personalidad… se acaba. Da la sensación de que Humphries había conseguido equilibrar el componente superheroico con el thriller de espionaje y todavía tenía combustible para varias misiones más. Este equipo funcionaba precisamente porque nunca parecía un equipo. Eran individuos rotos intentando colaborar mientras desconfiaban unos de otros. Esa tensión constante hacía que cada conversación resultara tan interesante como cualquier combate.
Editado en castellano por Panini Comics, este tercer tomo de los «Nuevos Vengadores» no pretende reinventar nada ni convertirse en el próximo gran clásico americano. Lo que sí consigue es algo bastante más complicado: entretener muchísimo, construir un misterio eficaz, desarrollar a sus personajes con inteligencia y demostrar que todavía se pueden contar historias diferentes utilizando héroes que llevan más de sesenta años salvando el mundo. Al final queda una enseñanza maravillosa. Si alguna vez un científico llamado Chacal te ofrece hacer una copia perfecta de ti mismo, rechaza educadamente. Ya sabemos cómo acaba eso en Marvel: con un ejército de clones psicópatas, un villano oculto moviendo los hilos, media ciudad destruida y los Vengadores necesitando terapia de grupo otra vez. Francamente, habría salido más barato organizar una cena incómoda de Navidad.
