Pantera negra: Intergaláctico. Un planeta imposible

Antes de la saga Imperial, T’Challa era rey de Wakanda. Después de Imperial, resulta que también es emperador de un imperio galáctico. Marvel tiene esa bonita costumbre de ascender a sus personajes hasta límites absurdos. Un día patrullas un barrio, al siguiente administras media galaxia y, con un poco de suerte, acabas peleándote con una versión alternativa de ti mismo mientras intentas recordar dónde has dejado las llaves del vibranium. Bienvenidos a «Pantera Negra: Intergaláctico», un tomo que recopila los cuatro números de Black Panther: Intergalactic y que demuestra que, cuando el universo Marvel no sabe qué hacer con un héroe, lo manda al espacio. Nunca falla.

La premisa es tan delirante como prometedora. T’Challa apenas ha tenido tiempo de asumir que ahora manda sobre un imperio interestelar cuando alguien decide secuestrarlo y abandonarlo en un planeta que parece diseñado por un comité formado por Jack Kirby, un biólogo aficionado a las setas alucinógenas y un guionista que perdió el mapa durante el viaje. Sin ejército, sin tecnología, sin conexión con Wakanda y rodeado de criaturas que parecen haber salido de un generador automático de monstruos, nuestro rey descubre que ser emperador está muy bien… siempre que puedas volver a casa.

Mientras tanto, Shuri hace exactamente lo que todos esperábamos. Demostrar que probablemente sea la persona más competente de toda la familia. Si T’Challa desaparece durante cinco minutos, ella ya está organizando expediciones de rescate, recopilando pistas y tomando decisiones mientras su hermano intenta averiguar por qué cada esquina del nuevo planeta quiere convertirlo en comida. Es una dinámica que funciona de maravilla porque evita que la historia se convierta en un simple desfile de peleas cósmicas. Hay aventura, sí, pero también una búsqueda constante que aporta tensión y humanidad.

Victor LaValle entiende muy bien algo que a veces se olvida cuando un personaje alcanza dimensiones cósmicas. Cuanto más grande es el escenario, más importante resulta mantener cerca al protagonista. En lugar de escribir a un T’Challa infalible que resuelve cualquier problema con una mirada intensa y un discurso sobre la responsabilidad, decide convertirlo en alguien desorientado, vulnerable e incluso dubitativo. Y funciona sorprendentemente bien. Porque el rey de Wakanda lleva años siendo el tipo más preparado de cualquier habitación. Aquí, de repente, entra en una habitación donde ni siquiera entiende el idioma, las reglas o quién demonios ha decorado el lugar. La sensación de incertidumbre impregna toda la serie y consigue que el lector quiera seguir pasando páginas únicamente para descubrir qué está ocurriendo realmente.

Eso no significa que falten escenas de acción. Todo lo contrario. Hay monstruos gigantes, persecuciones, tecnología imposible, combates espectaculares y suficientes amenazas como para justificar el presupuesto de una película de Marvel de tres horas. Pero LaValle evita que todo se reduzca a explosiones bonitas. Cada enfrentamiento sirve para mostrar algo del carácter de T’Challa, de sus dudas o de la forma en que sigue aferrándose a sus principios incluso cuando todo parece irse al garete. Y hablando de irse al garete. Marvel introduce uno de esos elementos argumentales que tanto le gustan: un falso T’Challa moviéndose por Wakanda mientras el auténtico intenta sobrevivir en otro rincón del cosmos. Porque claro, si puedes complicar una historia con dobles, conspiraciones y personajes que no son quienes parecen, ¿por qué limitarte a un simple secuestro? El Universo Marvel jamás ha conocido la palabra «moderación».

Lo curioso es que el cómic consigue que semejante acumulación de ideas no termine convirtiéndose en un desastre. Hay muchos misterios abiertos, varias líneas argumentales desarrollándose al mismo tiempo y bastantes personajes entrando y saliendo de escena, pero LaValle mantiene un equilibrio admirable. Siempre queda la sensación de que todo avanza hacia algún sitio y no de que simplemente estén improvisando mientras los lectores intentan recordar quién era ese personaje que apareció hace dos capítulos.

Uno de los mayores aciertos del tomo es el desarrollo de T’Challa. Puede parecer extraño decirlo de una historia donde aparecen imperios galácticos, criaturas imposibles y tecnología capaz de hacer llorar a un ingeniero de la NASA, pero el corazón del relato sigue siendo un hombre intentando descubrir quién es cuando le arrebatan todo aquello que define su identidad. Sin Wakanda. Sin el trono. Sin sus aliados. Sin la seguridad de tener siempre un plan. Es una versión del personaje mucho más interesante que la habitual máquina perfecta de estrategia y autocontrol. Aquí se equivoca, duda, improvisa y aprende. Y eso hace que resulte mucho más cercano.

En el apartado gráfico, Stefano Nesi demuestra que ha entendido perfectamente la naturaleza de esta aventura. Su dibujo combina la épica clásica con un diseño de escenarios que transmite constantemente la sensación de estar explorando un lugar completamente desconocido. Los paisajes extraterrestres poseen personalidad propia y consiguen que cada página invite a detenerse unos segundos para descubrir algún detalle nuevo. Las criaturas que habitan este extraño planeta desprenden esa agradable sensación de «esto no debería existir» que tan bien funciona en la ciencia ficción fantástica. Algunas recuerdan vagamente a personajes conocidos de Marvel, otras parecen mezclas imposibles entre animales, máquinas y pesadillas espaciales. Nunca sabes exactamente qué va a aparecer en la siguiente página, y eso añade un componente de exploración muy atractivo. Bryan Valenza aprovecha el escenario cósmico para desplegar una paleta de colores espectacular. Hay verdes eléctricos, púrpuras imposibles, naranjas abrasadores y azules que convierten cada paisaje en un festival visual. El color no solo embellece las páginas; también ayuda a diferenciar ambientes, transmitir estados de ánimo y reforzar la sensación de que T’Challa se encuentra muy lejos de todo lo conocido.

Quizá el único pequeño inconveniente sea que esta miniserie actúa claramente como puente entre eventos mayores. Es una aventura con entidad propia, sí, pero también prepara el terreno para lo que vendrá después en el gran tablero cósmico de Marvel. Eso significa que algunas respuestas llegan más tarde de lo deseable y que ciertas piezas parecen colocarse pensando más en el futuro que en el presente. Aunque, siendo sinceros, esto ya forma parte del ADN editorial de Marvel. Si un personaje consigue terminar una aventura sin descubrir que todo formaba parte de un plan mayor conectado con otro evento de seis miniseries y tres especiales, alguien en la editorial activa una alarma.

Es cierto que el cómic editado por Panini Comics abraza con entusiasmo esa maravillosa locura que caracteriza al Marvel más espacial. Hay clones, dobles, imperios, planetas imposibles, criaturas extrañas, amenazas gigantescas y suficientes conceptos de ciencia ficción como para llenar una enciclopedia. Pero, milagrosamente, debajo de toda esa pirotecnia sigue latiendo una historia sobre liderazgo, identidad y responsabilidad. En otras palabras, Marvel ha conseguido que el rey de Wakanda pase de gobernar un país oculto a administrar un imperio galáctico. Para acabar perdido en mitad de un planeta que parece un escape room. Y lo mejor es que funciona. Porque si algo demuestra este tomo de «Pantera negra: Intergaláctico» es que T’Challa puede sobrevivir a invasiones, guerras civiles, imperios espaciales y criaturas indescriptibles… pero jamás escapará del verdadero supervillano del Universo Marvel: el guionista que piensa que la mejor forma de desarrollar a un personaje consiste en hacerle pasar unas vacaciones infernales. Y, visto el resultado, casi dan ganas de agradecerle semejante crueldad.

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