Si algo ha demostrado el cómic de superhéroes en las últimas décadas es que cualquier personaje puede morir, resucitar, reiniciarse, viajar por el multiverso o convertirse en un dinosaurio con rayos láser en los ojos si las ventas del mes lo justifican. Superman ha muerto varias veces, Batman tiene más pupilos que murciélagos en la cueva y Spiderman ha vendido su matrimonio al Diablo. Así que resulta enternecedor comprobar que el mayor acto de rebeldía del cómic español consiste en que un protagonista apruebe unas oposiciones y consiga un puesto fijo en la Administración Pública. Porque sí, amigos, «El Vecino» siempre ha sido eso. Un cómic de superhéroes donde el auténtico sueño húmedo del lector no es levantar un edificio con las manos desnudas, sino cotizar lo suficiente para tener una jubilación digna. Y eso lo convierte, probablemente, en el tebeo de superhéroes más español jamás publicado.

Han pasado más de veinte años desde que Santiago García y Pepo Pérez nos presentaron a Javier y José Ramón. Uno era un superhéroe bastante inútil y el otro un opositor provinciano que había llegado a Madrid con más apuntes que vida social. Lo curioso es que, después de dos décadas, el opositor ha evolucionado más que el superhéroe. José Ramón tiene trabajo, pareja y va a ser padre. Titán sigue necesitando pastillas para no romper demasiado mobiliario urbano. Hay personajes de Marvel que han tenido una evolución psicológica menos creíble que la de un yogur caducado y aquí tenemos a un funcionario convertido en el verdadero héroe del relato. Stan Lee estaría orgulloso. O tremendamente confundido.
Lo primero que sorprende de este cuarto tomo de El Vecino es que parece creado por dos autores que han decidido que ya son demasiado mayores para que nadie les diga cómo debe hacerse un cómic de superhéroes. Durante tres tomos nos acostumbraron a mirar detrás de la máscara, a reírnos de las miserias cotidianas de sus protagonistas y a descubrir que tener poderes es bastante menos interesante que intentar llegar a fin de mes. Y ahora, veinte años después, regresan diciendo algo parecido a: «¿Queríais acción superheroica? Sujetadme el bocadillo de calamares«.

Aquí hay de todo: Robots gigantes, hombres lagarto, criaturas voladoras, batallas multitudinarias y explosiones suficientes como para provocar un infarto colectivo en cualquier contable del Ayuntamiento de Madrid. Es como si Jack Kirby hubiera decidido pasar unas vacaciones en Benidorm después de leer a Jan y ver un par de películas de kaijus japoneses en La 2. El resultado es glorioso. Hay una ironía maravillosa en el hecho de que el cuarto volumen sea, precisamente, el más superheroico de todos. Es el equivalente comiquero a ese vecino jubilado que durante veinte años te ha saludado educadamente en el ascensor y un día descubres que fue batería de un grupo punk en los años ochenta. No lo esperabas, pero ahora todo tiene sentido.
Santiago García demuestra una vez más por qué es uno de los guionistas más importantes del cómic español contemporáneo. Y eso tiene bastante mérito en un país donde todavía existe gente convencida de que los guionistas son esas personas misteriosas que ponen las letras dentro de los bocadillos. García lleva décadas reflexionando sobre el medio, traduciendo algunos de los mejores cómics publicados en nuestro país y escribiendo obras fundamentales del noveno arte. Lo más divertido es que toda esa enorme erudición del tebeo, la utiliza aquí para contarnos una historia de un tipo vestido con mallas que pelea contra lagartos gigantes mientras otro intenta preparar la habitación de su futuro hijo. Porque la alta cultura también puede llevar capa.

En cuanto a Pepo Pérez, este hombre es el mejor ejemplo de que uno puede ser profesor universitario, doctor en Bellas Artes, dibujante extraordinario y seguir teniendo el cerebro de un adolescente que se emociona viendo a dos monstruos gigantes darse puñetazos. Y bendito sea por ello. Su trabajo gráfico en este volumen es absolutamente espectacular. El formato panorámico le permite jugar con las páginas como un niño hiperactivo en una juguetería. Aquí no hay complejos ni falsas modestias artísticas. Pepo ha venido a dibujar cosas enormes chocando unas contra otras y se nota que se lo está pasando mejor que nosotros leyéndolo.
Lo más divertido es que el propio concepto de Titán continúa siendo profundamente español. Mientras Superman es un dios extraterrestre criado en Kansas y Batman un multimillonario traumatizado que combate el crimen utilizando miles de millones de dólares en gadgets imposibles, Titán necesita medicarse correctamente para no acabar tirando una farola contra un autobús municipal. Es el superhéroe perfecto para un país donde preguntamos más veces por el precio del menú del día que por la amenaza de invasiones alienígenas. Y luego está José Ramón, que merece un monumento nacional financiado con dinero público. En cualquier otro cómic de superhéroes habría acabado convirtiéndose en un vigilante enmascarado o desarrollando poderes psíquicos. Aquí ha conseguido algo mucho más difícil: sobrevivir a unas oposiciones. España es diferente.

El tomo supone también una deliciosa bofetada a todos aquellos que llevan años insistiendo en que el cómic español debe ser solemne, trascendente y deprimente para ser considerado arte. El Vecino 4 responde a esa teoría con lagartos gigantes montados en pterodáctilos y un despliegue que parece gritar: «¿Y si simplemente nos divertimos?». Qué concepto tan revolucionario. Pero cuidado, porque bajo toda esta locura continúa escondiéndose la verdadera esencia de la serie. García y Pérez siguen hablando del paso del tiempo, de las responsabilidades, de hacerse mayor y de aceptar que la vida rara vez se parece a lo que habíamos imaginado cuando teníamos veinte años. Quizá por eso este cuarto volumen resulta tan entrañable. Nosotros también hemos envejecido junto a sus protagonistas. Muchos lectores que conocieron a José Ramón siendo estudiantes probablemente hoy tengan hipotecas, hijos o dolores lumbares ocasionales al levantarse del sofá demasiado deprisa. El tiempo ha pasado para todos, incluido Titán, que sigue siendo igual de caótico que siempre. Y eso es maravilloso.
La edición de Astiberri es exactamente lo que un tomo como este necesita. El gran formato panorámico permite disfrutar del trabajo gráfico de Pepo Pérez en toda su gloria superheroica y convierte la lectura en una pequeña experiencia cinematográfica. Hay páginas que prácticamente te obligan a detenerte unos segundos simplemente para admirar el festival que despliegan. Lo que se llamaría una Splage Page podemos admirarla y que se nos caiga la baba con ese desplegable de cuatro paginas que valdría para enmarcar en el salón de casa.

Lo mejor de todo es que este tebeo consigue algo extraordinariamente difícil: reinventarse sin traicionar absolutamente nada de lo que convirtió a la serie en un clásico moderno del cómic español. Sigue siendo una historia sobre personas corrientes que intentan sobrevivir a sus vidas extraordinariamente normales. Solo que ahora esas vidas incluyen hombres lagarto y robots gigantes. Y un doctor que tiene muchas ganas de matar pero que ayuda en lo que puede.
En el fondo, «El Vecino» nos recuerda una gran verdad universal. Da igual cuántos superpoderes tengas, cuántos monstruos derrotes o cuántas veces salves la ciudad. La verdadera aventura comienza cuando tienes que madrugar al día siguiente para ir a trabajar, hacer la compra y recordar que debes pedir cita con el dentista. Superman puede volar. Batman tiene el Batmóvil. Los Vengadores poseen una mansión llena de tecnología imposible. José Ramón tiene una plaza de funcionario. Y, siendo sinceros, en los tiempos que corren, me parece bastante más impresionante. Palabra de Autónomo.
