El infernal Hulk 1: una pesadilla ambulante

Hubo un tiempo en el que Hulk solo era un tipo muy grande con problemas para controlar la ira. Luego llegó El Inmortal Hulk y nos convenció de que el gigante verde también podía protagonizar historias de terror corporal, existencialismo, metafísica y pesadillas dignas de un psicólogo con insomnio. Uno pensaba que aquello había puesto el listón tan alto que Marvel optaría por dejar descansar al personaje unos minutos. Pero no. Porque en la Casa de las Ideas alguien debió levantar la mano durante una reunión y decir: «¿Y si ahora Hulk fuese directamente una pesadilla lovecraftiana con músculos?». Y, sorprendentemente, nadie pidió que llamaran a seguridad.

Así nace «Infernal Hulk», publicado en España por Panini Comics en un tomo de 96 páginas que recopila los cuatro primeros números de la serie. Phillip Kennedy Johnson toma el timón acompañado por Nic Klein y Kev Walker, con una propuesta que no intenta imitar El Inmortal Hulk, sino coger su lado más terrorífico, darle esteroides y arrojarlo contra un muro mientras suena un trueno de fondo. Porque, si algo deja claro este primer arco, es que aquí no se viene a repartir mamporros sin más. Bueno… sí se reparten muchos mamporros. Pero con tentáculos, gigantes abisales y una cantidad de horror sobrenatural que haría que Stephen King pidiera bajar un poco la intensidad.

La premisa es magníficamente enfermiza. Bruce Banner, después de toda una vida intentando controlar al monstruo, consigue separarse de él… justo cuando una entidad ancestral llamada La Primogénita decide que el cuerpo de Hulk es un vehículo estupendo para iniciar el apocalipsis. Es el equivalente superheroico a dejar las llaves del coche puestas y descubrir que quien se lo ha llevado no es un ladrón cualquiera, sino Satán con carnet de conducir. El pobre Banner pasa de querer librarse del monstruo a descubrir que quizá convivir con él tampoco era tan mala idea. Porque una cosa es tener un alter ego que rompe tanques cuando se enfada, y otra muy distinta contemplar cómo tu antiguo cuerpo empieza a convertir soldados, ciudades y héroes en combustible para una invasión salida directamente de las peores pesadillas de H. P. Lovecraft.

Phillip Kennedy Johnson demuestra desde el primer número que entiende perfectamente lo que hace funcionar a Hulk. No escribe simplemente un monstruo enorme golpeando cosas. Escribe culpa. Escribe trauma. Escribe impotencia. Bruce ya no tiene el control, pero tampoco tiene la fuerza para arreglar el desastre que él mismo ayudó a crear. Y esa sensación de inutilidad pesa más que cualquier montaña que Hulk pueda levantar. Lo curioso es que la serie apenas necesita a Banner físicamente para que su presencia se sienta constantemente. Mientras el mundo entero pregunta dónde demonios está Bruce, él observa cómo su peor miedo se convierte en realidad. Es un giro muy inteligente de la clásica relación Banner-Hulk, porque por primera vez el científico desea recuperar aquello de lo que llevaba décadas intentando escapar.

Mientras tanto, el Infernal Hulk va sembrando el caos con una tranquilidad que da auténtico miedo. No grita demasiado. No necesita hacerlo. Avanza como una fuerza de la naturaleza convencida de que nadie puede detenerla. Y, sinceramente, tiene bastantes argumentos para pensar así. Cada aparición transmite esa sensación de catástrofe inevitable que convierte cada página en una cuenta atrás. Después llega Atlantis. Porque si puedes invadir cualquier rincón del planeta… ¿por qué no empezar molestando a Namor? El orgulloso rey submarino recibe todas las advertencias posibles. Bucky avisa. La Viuda Negra avisa. Lobezna avisa. Namor responde con esa mezcla de arrogancia y superioridad que lleva perfeccionando desde hace casi noventa años. Ya sabéis cómo termina eso. Digamos que el océano deja de parecer un lugar especialmente seguro. Johnson también tiene el acierto de detener la acción de vez en cuando para mostrarnos a soldados, civiles y personajes secundarios que saben perfectamente que están condenados. Son pequeños momentos que humanizan una historia donde podría haber sido muy fácil caer en la pornografía de destrucción sin consecuencias. Aquí cada ataque tiene víctimas. Cada batalla deja cicatrices. Y eso hace que el horror funcione mucho mejor.

El tercer número baja ligeramente las revoluciones para centrarse en Bruce y Betty, escondidos bajo identidades falsas mientras intentan vivir una existencia normal. Naturalmente, si tu ex es un monstruo de cuatro metros poseído por un dios primigenio, la palabra «normal» tiene un significado bastante flexible. Johnson aprovecha para explorar el trauma acumulado durante décadas de historias. Betty carga con heridas invisibles que resultan bastante más dolorosas que cualquier puñetazo de Hulk. Es un episodio sorprendentemente íntimo que demuestra que la serie no vive únicamente de la espectacularidad. Y entonces llega el cuarto número y decide abrir otra puerta más hacia la locura presentándonos un espacio mental donde distintas encarnaciones del Gigante Verde esperan su momento. Porque si pensabas que el cómic ya tenía suficientes conceptos extravagantes, Marvel responde con un contundente: «Sujétame la bomba gamma«.

En el aspecto gráfico, Nic Klein firma probablemente uno de los Hulks más aterradores que ha dibujado nadie en muchos años. Este no es el coloso heroico de los Vengadores ni el bruto simpático que lanza tanques como si fueran pelotas de tenis. Es una criatura grotesca, partida literalmente por la mitad, rezumando energía verde tóxica y con una presencia que parece ocupar más espacio del que permiten las propias viñetas. Cada vez que aparece, da la impresión de que el papel va a romperse. Kev Walker complementa el conjunto con una solvencia extraordinaria, manteniendo el nivel cuando entra en escena y reforzando la sensación constante de pesadilla. Entre ambos construyen un universo donde todo resulta sucio, gigantesco y amenazador. Matthew Wilson, con una paleta de colores oscuros atravesada por estallidos verdes imposibles, termina de vender esa atmósfera de apocalipsis sobrenatural. Hay páginas que parecen portadas. Hay dobles páginas que piden ser enmarcadas. Y hay momentos donde uno casi olvida leer los bocadillos porque lleva dos minutos contemplando cómo Klein ha decidido representar toneladas de músculo infernal destruyendo un helicóptero como si estuviera espantando una mosca especialmente pesada.

También conviene reconocer la edición de Panini Comics. El formato comic-book con lomo resulta cómodo, el papel hace justicia al espectacular color de Matthew Wilson y la reproducción mantiene intacta toda la fuerza del dibujo. Es uno de esos tomitos que se leen en media hora, pero se hojean varias veces solo para volver a recrearse en el apartado gráfico. Algo que podría decir es que si hubiera salido en grapa más de uno habríamos puesto algunas paginas enmarcas en el salón.

¿Tiene algún defecto? Alguno hay. Quienes esperen una historia más tradicional de Hulk quizá echen de menos una mayor presencia de Bruce durante buena parte del tomo. La apuesta por el horror sobrenatural puede resultar excesiva para quienes prefieran un enfoque más científico o superheroico. Y el ritmo, aunque intenso, dedica tanto esfuerzo a construir su nueva mitología que algunas respuestas importantes quedan inevitablemente aplazadas para los siguientes números. Pero son pegas menores frente a una propuesta que sabe exactamente lo que quiere ser. Lo mejor de Infernal Hulk es que no intenta convencerte de que Hulk sigue siendo el mismo personaje de siempre. Todo lo contrario. Abraza el cambio con entusiasmo, mezcla horror cósmico, monstruos clásicos, trauma psicológico y destrucción hasta crear una identidad propia. Puede gustar más o menos, pero desde luego no deja indiferente.

Al cerrar este primer tomo del «Infernal Hulk» solo queda una conclusión: Bruce Banner debería empezar a cobrar derechos por cada vez que alguien utiliza su cuerpo para provocar el fin del mundo. Pobre hombre. Lleva décadas intentando controlar su ira y resulta que el verdadero problema era que siempre había alguien dispuesto a convertirla en un arma de destrucción masiva. Marvel, mientras tanto, sigue haciendo lo que mejor sabe. Coger un concepto que parecía imposible de estirar, retorcerlo hasta el límite y, contra todo pronóstico, conseguir que funcione. Así que sí, toca esperar el siguiente volumen… porque abandonar la serie ahora sería como salir del cine diez minutos antes del final de una película de terror. Puedes hacerlo, claro. Pero entonces nunca sabrás quién acaba devorando a quién.

Deja un comentario