Si alguien todavía piensa que el cómic británico de los años ochenta era simplemente «el de Judge Dredd«, este cuarto volumen de «Nemesis the Warlock» llega para darle una bofetada con una mano y un tratado sobre el fascismo con la otra. Porque Pat Mills nunca escribió historias para que el lector se sintiera cómodo. Él prefería coger cualquier idea razonable, meterla en una batidora con ácido lisérgico, añadir demonios espaciales, inquisidores genocidas, viajes temporales y una cantidad obscena de mala leche, y servir el resultado sin instrucciones de uso. Si sobrevives a la lectura, enhorabuena: ya estás preparado para entender por qué 2000 AD sigue siendo una de las revistas más irreverentes de la historia del cómic.

Aquí descubrimos que Torquemada, el simpático dictador galáctico cuya filosofía política podría resumirse en «si respira, probablemente merece morir«, decide someterse a una regresión hipnótica. Uno esperaría descubrir un trauma infantil, una madre demasiado estricta o un padre ausente. Pero no. Resulta que en sus vidas anteriores fue Tomás de Torquemada, Hitler, Matthew Hopkins y toda una alineación estelar de locos profesionales. Es un hallazgo tranquilizador. Al menos sabemos que el odio no surge de la nada: requiere siglos de práctica y un currículum impecable de intolerancia.
Lo maravilloso es que Pat Mills no intenta disimular la metáfora. ¿Para qué? La sutileza está muy bien para los poetas, pero aquí hemos venido a reírnos del fascismo mientras un demonio con cuernos le prende fuego a la Historia Universal. Mills no lanza indirectas; construye una catapulta, coloca dentro un ladrillo con la palabra «FASCISTA» grabada y la dispara directamente contra la cara del lector. Si alguien no entiende el mensaje, probablemente sea porque estaba demasiado ocupado aplaudiendo a Torquemada. Y entonces aparece Thoth, el hijo de Némesis, que demuestra que la terapia familiar puede adoptar formas bastante creativas. En lugar de escribir una carta expresando sus sentimientos, decide viajar por el tiempo asesinando todas las reencarnaciones del responsable de la muerte de su madre. Freud habría necesitado varias vidas para analizar semejante árbol genealógico.

Sería un error pensar que Némesis ocupa automáticamente el papel del héroe. Ese es precisamente uno de los mayores troleos de Pat Mills. Durante años muchos lectores han visto al alienígena cornudo como el gran libertador de la galaxia. Este volumen se dedica pacientemente a desmontar esa idea a martillazos. Némesis combate al fascismo, sí, pero no porque sienta un profundo amor por la humanidad. La humanidad le importa aproximadamente lo mismo que a nosotros el bienestar emocional de las bacterias que viven en el yogur. Su guerra contra Torquemada es una cuestión personal. Si para derrotarlo desaparecen unos cuantos millones de humanos por el camino… bueno, siempre habrá más. Resulta complicado presentar como Mesías a alguien cuya empatía tiene menos recorrido que un político en campaña. Y ahí aparece Purity Brown, posiblemente la única persona de toda la serie que todavía conserva algo parecido a una brújula moral. La pobre lleva años creyendo que lucha junto al salvador definitivo, hasta que empieza a descubrir que quizá seguir a un demonio extraterrestre con pezuñas y aliento inflamable no era el plan más brillante de su carrera. Nunca es tarde para revisar las malas compañías, aunque normalmente uno intenta hacerlo antes de participar en varias guerras interdimensionales. Lo realmente brillante de Pat Mills consiste en que consigue que el lector termine sospechando de absolutamente todo el mundo. Torquemada es un monstruo evidente. Eso no admite discusión. Pero Némesis tampoco sale precisamente bien parado. Al final ambos parecen dos ególatras cósmicos utilizando a la humanidad como quien mueve fichas sobre un tablero. Uno quiere exterminarla. El otro quiere liberarla… siempre que no interfiera demasiado en sus propios planes. Entre esos dos candidatos, casi apetece votar por el meteorito.
Si el guion ya parece fruto de una sobremesa compartida entre Philip K. Dick, Monty Python y alguien que llevaba tres días sin dormir, el apartado gráfico decide directamente incendiar cualquier concepto de normalidad. John Hicklenton no dibuja. Ataca el papel. Sus páginas parecen ilustradas con ácido, cuchillas oxidadas y pesadillas mal digeridas. Los personajes se deforman, las perspectivas se rompen y cada viñeta transmite la agradable sensación de que el universo entero necesita una visita urgente al psicólogo. Es un estilo incómodo, exagerado y profundamente desagradable… exactamente lo que esta historia necesitaba. Luego aparece David Roach y el lector piensa que alguien ha cambiado accidentalmente de cómic. Su dibujo es elegante, limpio, casi clásico. Pero lejos de romper la lectura consigue exactamente lo contrario: convierte la historia de Purity en un oasis de aparente tranquilidad antes de que Hicklenton vuelva dispuesto a recordarnos que la paz nunca dura demasiado en el universo de Nemesis. Después pasamos por Carl Crichlow en las páginas finales pasando del blanco y negro al color dejándonos con el culete torcido. Y funciona porque Pat Mills siempre entendió algo que muchos autores olvidan: el dibujante no está únicamente para ilustrar el guion. También cuenta la historia. Cada cambio artístico responde al estado emocional del relato, no al capricho editorial.

Eso sí, conviene advertir a los recién llegados que este no es un cómic especialmente amable. Aquí nadie explica demasiado. Mills lanza conceptos a una velocidad absurda y espera que el lector los atrape al vuelo. Si te despistas dos páginas, cuando vuelves resulta que hay dos Torquemadas, tres líneas temporales, un agujero negro, un demonio que escupe fuego y una crítica feroz al gobierno de Margaret Thatcher. Buena suerte poniéndote al día. Y hablando de Thatcher, resulta imposible no reírse con la mala leche que destila el tramo final del volumen. Mills convierte la Gran Bretaña de los años ochenta en un escenario donde Torquemada puede prosperar sin demasiado esfuerzo. La metáfora tiene la delicadeza de una excavadora, pero precisamente ahí está parte de su encanto. Nunca ha pretendido ser elegante. Quiere señalar con el dedo y gritar: «¿Veis? ¡Os lo dije!». Lo más sorprendente es comprobar lo bien que ha envejecido todo esto. No porque el mundo haya mejorado precisamente, sino porque seguimos viendo aparecer líderes que prometen soluciones sencillas culpando a colectivos enteros de todos los problemas. Cambian los nombres, cambian las redes sociales y cambian los peinados, pero Torquemada siempre encuentra una forma de volver. Da un poco de miedo admitir que Pat Mills parecía conocer bastante mejor la naturaleza humana que muchos sociólogos.
La edición de la Línea Albion vuelve a demostrar el enorme cariño que Dolmen Editorial está dedicando a esta recuperación. El gran formato permite disfrutar de unas páginas que piden espacio a gritos, alternando el blanco y negro y el color según el material original, mientras las 192 páginas se leen con esa mezcla de fascinación y desconcierto que caracteriza toda la serie. Estamos ante el penúltimo volumen con un material inédito en España que, por fin, hace justicia a uno de los grandes monumentos de 2000 AD. Quizá ese sea el mayor mérito de estos tebeos. Nunca intenta caer bien. Nunca busca convertirse en un superventas para todos los públicos. Es excesivo, violento, incómodo, caótico, delirante y orgullosamente británico. Mientras otras series envejecen intentando adaptarse a los tiempos, esta sigue pareciendo un cómic llegado de otra dimensión donde la corrección política jamás consiguió pasar el control de aduanas. Este cuarto volumen confirma que Pat Mills estaba completamente desatado y que nadie en 2000 AD tuvo la brillante idea de decirle «igual deberíamos bajar un poco el tono«. Menos mal. Porque cuando un autor decide pisar el acelerador hasta romper el velocímetro suelen ocurrir dos cosas: o nace un desastre absoluto o aparece una obra irrepetible. Y «Nemesis the Warlock» pertenece, sin ninguna duda, a la segunda categoría.

Al cerrar el tomo, uno tiene la sensación de haber sobrevivido a un viaje lisérgico dirigido por un profesor de Historia con muchísima mala leche, un demonio alienígena y un inquisidor fascista empeñado en demostrar que siempre se puede ser un poco más miserable. Lo inquietante es descubrir que, entre tanta locura, Pat Mills sigue teniendo razón con demasiada frecuencia. Quizá por eso Nemesis continúa siendo un cómic tan extraordinario: porque debajo de todas esas criaturas grotescas, explosiones cósmicas y viajes temporales sigue escondiendo un espejo. Y, como todos sabemos, hay monstruos mucho más aterradores que los demonios con cuernos. Suelen llevar corbata, uniforme o despacho oval.
