Los Hijos del Topo: De lo místico y surreal entre el polvo del desierto

Si algo ha acompañado a Alejandro Jodorowsky a lo largo de su poliédrica trayectoria es la incomprensión. Quizá porque muchos de sus excepcionales trabajos siempre descansan en terrenos complejos, donde lo esotérico se funde con lo metafísico, alejándose de los lugares comunes. Entre los campos que ha cultivado, el cine ha sido uno donde el malditismo le ha acompañado. Alejado siempre de lo convencional, sus películas huían de lo evidente abrazando lo sugerente, abriendo los ojos a quien las visionara. Valiente y arriesgado, sus obras no siempre encontraron acomodo. Y “El Topo”, aquella suerte de western esotérico que dirigió y protagonizó allá por 1970, fue uno de esos largometrajes que no dejó huella en el gran público, pero si una gran impronta entre los aficionados a encontrarse con relatos complejos que busquen más que entretener, proponiendo un dialogo con el receptor que vaya más de los cánones de cualquier género, dejando tras su paso potentes elementos. De esos que sirven a reflexionar, pero también para sentirlos en toda su potencia.

No era pues “El Topo” una cinta para los amantes del estándar del western. Del género tomaba algunos recursos estéticos y conceptuales, pero eso solo era el punto de partida: “El Topo” proponía otro viaje, más original. Si bien incomprendida por la mayoría, “El Topo” fue un crisol de inquietudes hecho cine que se tornó de culto. Jodorowsky quiso escribir el guion de la secuela para continuarlo en la gran pantalla, pero no encontró apoyo para el proyecto. Así quedó varado y el tiempo parecía lo relegó a un discreto segundo plano conforme las décadas pasaron. Hasta 2016, cuando Jodorowsky lo retomó y, con el arte de José Ladrönn, llevaron a cabo una trilogía, «Los hijos del Topo» («Les fils d’El Topo«) que este año Reservoir Books ha recuperado en una edición integral muy disfrutable con traducción de Xisca Mas.

Al fin y al cabo, el noveno arte siempre ha sido un terreno donde la experimentación intelectual ha sido mejor recibida que en el mundo del celuloide. Si bien ambas disciplinas nacieron con una vocación de consumo masivo de sus obras, conforme se ha desarrollado el siglo XX, el cine generalista fue abrazando los lugares comunes donde la gran mayoría (y los beneficios económicos) se encontraba cómoda, mientras que el cómic demostró que era un campo de expresión donde el entretenimiento sin pretensiones podía convivir con otras obras más arriesgadas, siendo este un campo donde la experimentación y la innovación tuvo mejor recibimiento. Para corroborar esta afirmación basta con ver la respuesta del público hacia muchas de las obras de Jodorowsky. Obras poliédricas, que huyen del mero entretenimiento y buscan un diálogo con quien se acerque a ellas. Obras, por ejemplo, como “El Incal” donde Moebius deslumbró con su arte a los aficionados. O “La Casta de los Metabarones” con un excepcional Juan Giménez en el apartado gráfico. O, también aunque menos conocido por el público general, el certero “El Lama Blanco” donde Georges Bess hizo carne la espiritualidad del viaje iniciático que suponía ese relato.

En un mismo sentido se puede englobar la secuela en viñetas de “El Topo”. Un relato que se disfruta si se ha visionado la película de culto, pero que también se puede recorrer sin haberla visto, pues posee suficientes elementos de interés en la senda que propone. Una en la que lo iniciático y lo surrealista se encuentran en cada paso plagado de simbolismo. Donde lo primario y lo elevado están en cada una de las situaciones que se suceden. En una suerte de caminos de redención y condena, que son los que emprenden los protagonistas de la obra.

Como Caín, uno de los descendientes de “El Topo”, mientras cabalga por el desierto, la historia va alejándose de los lugares comunes conforme avanza. Mientras lo simbólico adquiere un peso determinante y los golpes de efecto se suceden, el relato establece un dialogo a varios niveles con el lector. Uno donde lo metafísico convive con lo carnal. Nada es gratuito en estas páginas. Tampoco tiene porque ser amable o agradable, pero si necesario. Así se consigue llegar a un clímax donde el mito del oeste se revela como el paisaje formal donde poner de relieve cuestiones más trascendentales, dejando la sensación de haber recorrido un terreno inexplorado tras su lectura. Uno bello, pero también aterrador y cruel. Inmisericorde, pero revelador. Incómodo y único. Bello e inquietante.

José Ladrönn es el prestidigitador artístico que lleva a cabo esta trilogía. Una que no renuncia a la estética del film que precede al cómic, pero que reviste de suficiente personalidad a la obra para que tenga personalidad propia. Una que atrapa entre el polvo del desierto mientras que la maldad y la bondad crece en los protagonistas. En un camino recíproco e inverso, Ladrönn es el encargado de plasmarlo con eficacia mediante una secuenciación llena de oficio y unos enfoques certeros, consiguiendo ser el catalizador plástico de las pretensiones argumentales de Jodorowsky, que llegan a buen puerto con el resultado obtenido. El color, a cargo del propio Ladrönn y de Hugo Facio, hace el resto para potenciar las sensaciones plasmadas. Tan determinantes como las ideas que subyacen el relato. Fusionándose en una amalgama certera que atrapa al lector.

Sin duda, “Los hijos del Topo” es una trilogía que se disfruta más y mejor si se aborda de forma completa. Por todo lo que implica, sugiere y abarca. Por eso es de celebrar que Reservoir Books lo haya editado de forma integral. Puede que “El Topo” quede para la historia como una película de culto. Pero ha servido para germinar su secuela: un tebeo estimulante de esos que dejan poso tras su lectura. Que te llevan a lugares menos concurridos. Al fin y al cabo, esos son las zonas donde Jodorowsky siempre se ha desenvuelto mejor. Y esta alegoría místico surrealista envuelta en western no es excepción.

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