Patrulla X / Vengadores: Onslaught Omega. Final del camino

Antes de que existieran los eventos con quince portadas variantes, cuarenta ediciones especiales y un mapa para saber en qué orden leerlos, Marvel ya había descubierto la fórmula del caos organizado. Se llamaba Onslaught y era la prueba definitiva de que, si juntas a todos los héroes de la editorial, suficientes dientes apretados, hombreras del tamaño de un utilitario y explosiones capaces de verse desde la Luna, el resultado solo puede ser un crossover de proporciones absurdamente noventeras. «Patrulla-X / Vengadores: Onslaught Omega», editado por Panini Comics junto a SD Distribuciones, recoge la segunda mitad de aquella montaña rusa. Y sí, sigue siendo un espectáculo. También sigue siendo un pequeño desastre. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Si el primer volumen construía el misterio alrededor de la identidad de Onslaught, aquí ya no hay tiempo para sutilezas. El villano está en modo «he venido a romper el Universo Marvel» y los héroes responden como mejor saben. Entrando de uno en uno para recibir una paliza monumental. Porque los superhéroes jamás aprendieron que atacar por turnos es una estrategia sorprendentemente mala. El argumento es tan sencillo como descomunal. Onslaught es prácticamente invencible, secuestra a Franklin Richards, pone Nueva York patas arriba y obliga a mutantes, Vengadores, Cuatro Fantásticos, Hulk, Thor, Iron Man, Lobezno, Cable, X-Man, El Castigador y cualquiera que tuviera una colección abierta en 1996 a aparecer por allí, aunque fuera cinco páginas (no aparece el que llevaba los cafés de milagro). Da igual si aportan algo decisivo o simplemente posan con cara de preocupación. Nadie quería perderse la foto de familia. Y esa es precisamente la mayor virtud y el mayor defecto del tomo.

Cuando funciona, Onslaught Omega es una bomba de adrenalina. Las páginas dibujadas por Andy Kubert, Adam Kubert o un Joe Madureira absolutamente desatado siguen teniendo una energía contagiosa. Puede que las anatomías desafíen todas las leyes de la biología, la física y probablemente la arquitectura, pero resulta imposible negar el entusiasmo que desprenden. Cada viñeta parece querer gritarte: «¡Mira qué épico soy!«. Y, curiosamente, muchas veces lo consigue. Eso sí, también hay momentos en los que parece que los dibujantes competían por descubrir cuántos músculos nuevos podían añadir al cuerpo humano. Algunos personajes tienen más bíceps que órganos internos. Hulk parece una montaña con piernas. Cable lleva suficiente armamento encima como para invadir un continente. Y las capas, hombreras, bolsillos y cintas flotando al viento forman un ecosistema propio. Los años noventa fueron una época maravillosa para los traumatólogos.

Narrativamente el volumen es bastante más irregular que su predecesor. Aunque tenemos guionista de primer nivel desde Terry Kavanagh, Jeph Loeb, John Ostrander, Mark Waid, Scott Lobdell, Peter David, Larry Hama, Tom DeFalco o William Messner-Loebs ninguno consigue el objetivo marcado. Hay capítulos que avanzan la historia con una fuerza espectacular y otros que parecen existir únicamente porque alguien recordó que esa serie también tenía que cruzarse con el evento. El lector pasa de una batalla decisiva para el destino del Universo Marvel a una aventura que perfectamente podría haberse resumido con una nota del editor diciendo: «Mientras tanto, este héroe también estaba preocupado«. Los cruces con Hulk, Thor, Iron Man o El Castigador tienen un interés desigual. Algunos aportan contexto o expanden el conflicto. Otros parecen cumplir una cláusula contractual que decía que ningún personaje con colección mensual podía librarse del logotipo de Onslaught en la portada. Y después llega el gran final.

Aquí Marvel pisa el acelerador hasta atravesar el suelo. La batalla definitiva no conoce el significado de la palabra «mesura». Todo es enorme, exagerado y melodramático. Onslaught lanza energía suficiente para alimentar una galaxia mientras los héroes responden con discursos sobre el sacrificio, poses heroicas y ataques que generan más destellos que una feria de fuegos artificiales. ¿Es excesivo? Por supuesto. ¿Es ridículo? En ocasiones muchísimo. ¿Es tremendamente divertido? También. Hay algo profundamente encantador en la absoluta falta de vergüenza con la que este evento abraza el espectáculo. No intenta ser un thriller psicológico ni una reflexión filosófica sobre el heroísmo. Quiere ofrecer el mayor festival de puñetazos jamás publicado por Marvel en los noventa. Y lo consigue con una convicción admirable. El problema llega después de derrotar a Onslaught. Porque el tomo continúa. Y continúa. Y sigue continuando.

Los números posteriores al desenlace funcionan más como epílogo editorial que como historia realmente interesante. Son necesarios para explicar las consecuencias, preparar Heroes Reborn y dejar todas las piezas colocadas para el siguiente gran movimiento comercial de Marvel. Históricamente tienen importancia. Narrativamente pierden bastante fuerza después del clímax. Da la sensación de asistir a los créditos de una película que nadie se atreve a apagar. Eso sí, vistos con casi treinta años de perspectiva, esos episodios tienen un curioso encanto arqueológico. Permiten observar a una Marvel que buscaba desesperadamente reinventarse en plena crisis creativa y económica. Onslaught no solo fue un crossover. Fue un enorme botón de reinicio disfrazado de batalla cósmica.

En el apartado artístico ocurre algo parecido. La calidad fluctúa constantemente porque participan una cantidad casi absurda de autores como Steve Skroce, Anthony Castrillo, Tom Lyle, Andy Kubert, Joe Madureira, Ian Churchill, Ángel Medina, Joe Bennett, Mike Deodato Jr, Val Semeiks, el añorado Carlos Pacheco, Roberto Flores, Randy Green, Bud Larosa o Rob Hunter entre muchísimos más. Hay páginas absolutamente espectaculares firmadas por los Kubert, Madureira o Pacheco y otras que recuerdan por qué los noventa siguen siendo una década tan discutida. Dientes apretados. Puños gigantes. Mandíbulas imposibles. Espaldas que desafían la anatomía humana. Todo muy contenido, como podéis imaginar.

La edición de Panini, eso sí, merece bastantes aplausos. Reunir todo este gigantesco rompecabezas en un único volumen permite leer el evento tal y como fue concebido, sin tener que perseguir grapas imposibles ni consultar cronologías hechas por físicos cuánticos. Los numeros que incluye son X-Man 18-19, X-Force 57-58, X-Men 55-57 y Annual `96, The Uncanny X-Men 336-337, Cable 35-36, Incredible Hulk 445, Iron Man 332, Avengers 402, Punisher 11, Thor 502, Wolverine 105, Fantastic Four 416, Onslaught: Marvel Universe One-Shot y Onslaught Epilogue. Además, el abundante material recopilado convierte el tomo en una pieza muy atractiva para quienes disfrutan revisitando la historia editorial de Marvel. Porque ahí reside quizá el mayor valor de «Patrulla-X / Vengadores: Onslaught Omega». No es una obra perfecta. Ni siquiera es una obra especialmente equilibrada. Tiene relleno, tiene capítulos prescindibles, tiene decisiones argumentales discutibles y abraza todos los excesos posibles de su época con una sonrisa enorme. Pero también representa uno de esos momentos irrepetibles en los que una editorial decidió dinamitar su propio universo para intentar empezar de nuevo.

Leerlo hoy es como volver a ver una superproducción de acción de los noventa protagonizada por explosiones, frases grandilocuentes y cero preocupación por la discreción. Sabes perfectamente que muchas cosas han envejecido regular. Sabes que existen historias mucho mejor escritas. Pero también sabes que pocas poseen esta capacidad para convertir cada página en un festival de fuegos artificiales. Onslaught es un monumento a la desmesura. Un crossover donde más siempre significó mejor, aunque a veces claramente significara simplemente más. Tiene momentos brillantes, otros completamente accesorios y un epílogo que podría haberse quedado en la sala de montaje. Sin embargo, cuando llegan las páginas importantes, cuando todo el Universo Marvel se planta delante del monstruo nacido de la mente de Xavier y decide jugarse el cuello, resulta imposible no dejarse llevar. Porque hay cómics que aspiran a ser literatura. Otros quieren cambiar el medio. Y luego están estos tebeos, que simplemente quieren lanzar a todos los héroes de Marvel contra una bola gigante de energía psíquica hasta que algo explote. Y, sorprendentemente, sigue funcionando bastante mejor de lo que muchos recuerdan. Aunque probablemente también habría funcionado con unas cien páginas menos.

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