El legado de la serpiente marina 1: destinada a destruir el mundo

Hay algo especialmente divertido en ver cómo un cómic desmonta nuestras expectativas con la misma facilidad con la que una ola desmonta un castillo de arena. «El legado de la serpiente marina» (“Sea Serpent’s Heir: Pirate’s Daughter”) llega a España de la mano de Yermo Editorial con una cubierta que parece susurrarte al oído: «No te preocupes, aquí encontrarás una aventura amable para todos los públicos«. Unas páginas después, la obra te responde: «Por cierto, eres la reencarnación de un monstruo marino destinado a destruir el mundo. Que tengas un buen día«. Porque esa es la gran virtud del primer volumen de esta trilogía originalmente publicada por Skybound. Su capacidad para disfrazarse de una cosa y convertirse en otra sin perder jamás su identidad. Y no, no estamos hablando de un giro sorprende. Más bien es como descubrir que el adorable gato que acabas de adoptar es, en realidad, un pequeño tiranosaurio con problemas de gestión de la ira.

Aella, nuestra protagonista, vive en la isla de Kinamen, un lugar donde la emoción más intensa del día consiste en decidir qué pescado acabará en la cena. Como buena heroína juvenil, sueña con aventuras, horizontes lejanos y escapar de una rutina que le resulta tan apasionante como ver secarse una red de pesca. Todo muy clásico, muy «elegida por el destino«. Uno casi espera que empiece a cantar una canción sobre lo mucho que desea explorar el mundo. Y entonces aparecen fanáticos religiosos dispuestos a matarla porque, aparentemente, es la reencarnación de Xir, una serpiente marina capaz de provocar el apocalipsis. Ya sabéis, las típicas complicaciones de la adolescencia: acné, cambios hormonales y descubrir que llevas dentro una entidad ancestral empeñada en acabar con la civilización.

Lo admirable del guion de Mairghread Scott es que toma ingredientes extremadamente familiares y los cocina con el suficiente talento como para que sepan diferentes. Tenemos la profecía, el viaje iniciático, la lucha contra el destino y la eterna pregunta de si somos quienes elegimos ser o aquello para lo que nacimos. Pero Scott evita caer en la comodidad del piloto automático. Cada vez que creemos haber adivinado el siguiente movimiento, la historia gira el timón y nos recuerda que estamos navegando en aguas traicioneras. Y es que aquí nadie es exactamente lo que parece. Los piratas tienen más capas que una cebolla, los cazadores de demonios poseen una alarmante facilidad para justificar cualquier atrocidad en nombre del bien común (lo habitual para muchas religiones) y la propia Aella oscila constantemente entre la inocencia y una inquietante capacidad para manipular a quienes la rodean. Uno termina el tomo preguntándose si debería darle un abrazo a la protagonista o mantener una prudencial distancia de seguridad por si le da por invocar un tsunami.

Además, la obra tiene la inteligencia de comprender que una buena historia juvenil no necesita tratar a sus lectores como si fueran incapaces de procesar emociones complejas. Aquí hay pérdida, traición, culpa y decisiones difíciles. El hecho de que los personajes tengan ojos grandes y diseños adorables no significa que el relato haya renunciado a morder. Al contrario, es precisamente esa contradicción la que convierte la lectura en algo tan atractivo. Los diálogos contribuyen enormemente a esa sensación. Scott escribe conversaciones directas, secas cuando deben serlo y sorprendentemente afiladas. No hay espacio para largos discursos grandilocuentes sobre el poder de la amistad, aunque la amistad siga siendo importante. De hecho, una de las grandes preguntas del cómic es cuánto puede resistir un vínculo cuando una de las partes podría convertirse en el equivalente fantástico de un desastre natural.

Luego está Pablo Túnica, que no solo dibuja el cómic, sino que también lo colorea, demostrando que dormir está claramente sobrevalorado. Su trabajo es, sencillamente, espectacular. Este artista consigue una combinación muy difícil. Crear un universo visualmente acogedor y profundamente inquietante al mismo tiempo. Sus personajes parecen extraídos de un cuento ilustrado, pero están rodeados por una atmósfera que constantemente nos recuerda que este mundo tiene dientes. Los colores, apagados y erosionados como si llevaran años soportando el salitre y el viento, aportan una personalidad enorme a cada página. Cuando la magia hace acto de presencia, el contraste resulta deslumbrante, como si alguien hubiera decidido encender fuegos artificiales en mitad de una tormenta. Y qué decir del diseño de esa gran transformación que vemos en estas viñetas. Toda gran criatura fantástica necesita una presencia memorable, y la serpiente marina cumple sobradamente. Es hermosa, terrible y extrañamente fascinante. Tiene esa cualidad de los grandes monstruos de la ficción. Uno espera no encontrársela nunca en alta mar, pero no puede dejar de admirarla desde una distancia prudencial.

La edición de Yermo Editorial, en cartoné y con 160 páginas, hace justicia al material original. Es uno de esos volúmenes que lucen especialmente bien en la estantería y que, además, invitan a ser releídos en busca de pequeños detalles visuales que probablemente se escaparon durante la primera travesía. Por eso, al finalizar este primer tomo queda claro que este tebeo sabe exactamente qué quiere ser. Una aventura fantástica para lectores de cualquier edad que recuerden que crecer suele ser un proceso bastante incómodo, especialmente si el destino insiste en convertirte en una calamidad ambulante. Es una historia sobre identidad, confianza y libre albedrío envuelta en un precioso papel de regalo lleno de piratas, monstruos y profecías.

Así que sí, las apariencias engañan. Y en este caso, afortunadamente, engañan para bien. «El legado de la serpiente marina» es uno de esos tebeos que te atrapan con una sonrisa, te golpean con una revelación existencial y te dejan esperando el siguiente volumen con la paciencia de un marinero que divisa tierra después de semanas perdido en el océano. O, dicho de otra manera. Nunca subestiméis un cómic cuya protagonista lleva escamas de pescado en los brazos. La experiencia demuestra que rara vez trae buenas noticias.

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