«The Fade Out» es uno de esos cómics que te hacen cuestionarte dos cosas. La primera, si Hollywood ha cambiado tanto desde los años cuarenta como nos gusta pensar; la segunda, cuántas veces hemos utilizado la palabra «obra maestra» a la ligera. Porque sí, vivimos en tiempos en los que cualquier tebeo que nos guste un poco más de la cuenta recibe automáticamente esa etiqueta tan manoseada. Pero hay ocasiones en las que no queda otra que rendirse a la evidencia. Y este es uno de esos casos.

De ahí que la presencia en una portada de algunos autores funcione como una advertencia para nuestra cartera. Ed Brubaker y Sean Phillips pertenecen a esa reducida y peligrosa categoría. Da igual que hablen de espías, asesinos, vampiros, superhéroes o yonquis sentimentales; cuando ambos deciden sentarse a trabajar juntos, el resultado suele ser una experiencia que convierte al lector en un comprador compulsivo con una sonrisa culpable en el rostro. The Fade Out no es una excepción. Es, posiblemente, una de las mejores obras que han firmado juntos. Y eso, tratándose de estos dos señores, es decir muchísimo.
Lo fascinante de este tebeo es que no trata sobre Hollywood. O mejor dicho, sí trata sobre Hollywood, pero no sobre el que nos han vendido las películas clásicas, los vestidos imposibles y las fotografías en blanco y negro de estrellas sonriendo con un cigarrillo entre los dedos. Trata sobre el Hollywood que olía a whisky barato, a contratos abusivos y a sueños triturados bajo las ruedas de una limusina. Porque el glamour, queridos lectores, es una mentira extraordinariamente rentable.

La historia nos sitúa en el Hollywood de finales de los años cuarenta, un lugar donde los estudios cinematográficos eran pequeños imperios capaces de fabricar estrellas y destruir vidas con la misma facilidad con la que hoy una plataforma cancela una serie después de dos temporadas. Charlie Parish, nuestro protagonista, es un guionista roto por dentro. Un veterano de guerra alcohólico, bloqueado creativamente y acostumbrado a sobrevivir más que a vivir. Tras despertarse junto al cadáver de la joven actriz Valeria Sommers, se verá envuelto en una investigación que es mucho más que un simple asesinato. Y es aquí donde Brubaker demuestra por qué es uno de los mejores escritores del medio cuando se trata de construir personajes moralmente ambiguos. Charlie no es un héroe. De hecho, es difícil considerarlo una buena persona. Miente, bebe demasiado, traiciona cuando es necesario y se deja arrastrar constantemente por las circunstancias. Pero resulta terriblemente humano. Quizá demasiado humano.
Lo curioso es que The Fade Out termina convirtiéndose en un ejercicio bastante introspectivo para el propio lector. A medida que avanzan las páginas, uno no puede evitar pensar en nuestra enfermiza obsesión por idolatrar a las celebridades y romantizar determinadas épocas históricas. Nos encanta hablar del Hollywood clásico como si hubiese sido una especie de Camelot cinematográfico poblado por dioses y diosas del celuloide. Brubaker y Phillips se encargan de coger esa postal tan bonita y arrojarla a un charco lleno de barro, alcohol y sangre. Y el resultado es maravilloso.

Porque detrás de cada gran estudio había explotación laboral. Detrás de cada actriz famosa había contratos humillantes y productores depredadores. Detrás de cada sonrisa había un departamento entero dedicado a ocultar escándalos, manipular periodistas y fabricar mentiras. Hollywood no era la fábrica de sueños. Era una trituradora industrial que, de vez en cuando, permitía que algunos afortunados sobrevivieran lo suficiente como para recibir un Oscar.
Lo más deprimente (y al mismo tiempo lo más brillante) es descubrir que muchas de las miserias que aparecen en el cómic siguen siendo perfectamente reconocibles en la actualidad. Cambian los nombres, las redes sociales sustituyen a las revistas del corazón y los despachos tienen mejor decoración, pero los abusos de poder, las listas negras y la hipocresía continúan gozando de una salud extraordinaria. Por eso este comic es “noir” en estado puro. No hay héroes de mandíbula cuadrada ni detectives privados con un código moral inquebrantable. Hay personas rotas intentando sobrevivir en un sistema diseñado para utilizarlas y descartarlas cuando dejan de ser útiles. Y eso convierte la lectura en algo incómodamente contemporáneo.

Narrativamente, Brubaker está absolutamente desatado. Los diálogos son magníficos, la dosificación de la información es impecable y el ritmo resulta hipnótico. No estamos ante un thriller trepidante repleto de persecuciones y explosiones. Esto es una novela negra clásica cocinada a fuego lento, de las que exigen al lector prestar atención a cada conversación y a cada mirada perdida entre el humo de un cigarrillo.
Por supuesto, nada de esto funcionaría sin Sean Phillips. A estas alturas resulta complicado hablar de él sin caer en la repetición. Lleva tantos años dibujando maravillas junto a Brubaker que uno empieza a dar por sentado que el hombre simplemente no sabe hacerlo mal. Pero en The Fade Out alcanza uno de los puntos más altos de su carrera. Su Hollywood es elegante y decadente al mismo tiempo. Los personajes parecen vivir permanentemente agotados, como si todos arrastraran una resaca emocional imposible de superar. Cada rostro transmite más información que páginas enteras de diálogo, y su dibujo es sencillamente ejemplar. Luego está Elizabeth Breitweiser, que merece tantos aplausos como sus compañeros de viaje. Su trabajo con el color es absolutamente esencial para la atmósfera del cómic. Los tonos dorados y luminosos de las fiestas hollywoodienses contrastan con los azules y grises que dominan los momentos más oscuros de la historia. Es uno de esos trabajos que no llaman la atención a primera vista precisamente porque funcionan a la perfección.

En cuanto a la edición de Panini Comics, poco se le puede reprochar. Esta segunda edición mantiene el formato cartoné con sus generosas cuatrocientas páginas e incluye abundantes extras que ayudan a comprender la enorme labor de documentación realizada por el equipo creativo. No es un tomo barato, pero tampoco estamos hablando de un cómic que vaya a quedarse olvidado en una estantería después de una única lectura.
Al final, «The Fade Out» habla menos de un asesinato en Hollywood y más de las máscaras que todos llevamos puestas. Del precio del éxito, de los sueños que se venden al mejor postor y de la facilidad con la que convertimos la podredumbre en algo glamuroso si la iluminamos con los focos adecuados. Brubaker y Phillips nos recuerdan que detrás de cada época dorada suele esconderse una buena capa de óxido. Y lo hacen con una elegancia insultante. Resulta casi sarcástico que un cómic sobre el lado más miserable de la industria del entretenimiento sea, precisamente, una de las experiencias más bellas y absorbentes que uno puede encontrar en las estanterías. Si el Hollywood clásico era una fábrica de sueños, este tebeo es el momento en el que alguien enciende las luces del estudio y nos enseña la escoba, el polvo y los cadáveres escondidos detrás del decorado. Y, sinceramente, es mucho más interesante así.
