Los Ogros Dioses: Petit. Familias peligrosas

Hay familias complicadas. Está la típica que discute por la herencia, la que lleva veinte años sin hablarse por una disputa sobre una vajilla de Sargadelos y la que convierte cada reunión en una batalla campal entre cuñados. Y luego están los protagonistas de «Los Ogros Dioses: Petit», que elevan el concepto de «ambiente familiar tenso» a un nivel francamente admirable. Aquí los padres contemplan la posibilidad de devorar a sus hijos, los hermanos son una mezcla entre matones y accidentes evolutivos, y la idea de cariño paterno parece haber sido eliminada del diccionario hace varios siglos. Bienvenidos a la corte de los ogros.

Tengu Ediciones recupera, en el mercado español, esta pequeña joya de Hubert Boulard y Bertrand Gatignol, una obra que demuestra que el cómic europeo sigue empeñado en recordarnos que la fantasía no tiene por qué incluir elfos atractivos ni dragones con complejo de mascota. A veces basta con una familia de gigantes decadentes viviendo en un castillo enorme, alimentándose de humanos y arrastrando una cantidad de traumas intergeneracionales que haría llorar al mejor terapeuta del continente. La premisa es fantástica. En un reino dominado por los Ogros, seres tan inmensos como colinas y tan agradables como una auditoría de Hacienda, nace Petit, el hijo del rey. El inconveniente es que Petit apenas supera en tamaño a un ser humano. En otras palabras: es diferente. Y todos sabemos que la nobleza lleva regular eso de la diversidad. Preguntad a cualquier heredero que haya querido dedicarse a la música en lugar de estudiar Derecho.

Desde el momento en que aparece en escena, el pobre Petit tiene el futuro más negro que las páginas dibujadas por Gatignol. Es pequeño, frágil y posee una molesta tendencia a despertar empatía, algo que en una familia de ogros viene a ser equivalente a tener alergia al agua siendo marinero. Hubert construye aquí una fábula medieval con todas las de la ley. Hay reyes monstruosos, madres protectoras, hermanos crueles, intrigas palaciegas y una sensación permanente de que alguien va a tomar una decisión terrible en la siguiente página. Y lo mejor es que casi siempre sucede. Porque si algo hace bien Los Ogros Dioses es recordarnos que los cuentos tradicionales eran auténticas máquinas de generar traumas. Antes de que llegaran las versiones edulcoradas, los relatos infantiles incluían brujas caníbales, lobos antropófagos y niños abandonados en bosques oscuros. Hubert parece haber leído todo aquello y haber pensado: «Sí, pero ¿y si añadimos gigantes que comen personas y un determinismo familiar aplastante?«. El resultado es una obra fascinante y profundamente incómoda.

Petit es, en esencia, un héroe clásico atrapado en una tragedia griega. Su mera existencia pone en evidencia la decadencia de una estirpe que lleva demasiado tiempo convencida de su propia grandeza. Y es imposible no establecer ciertos paralelismos con algunas monarquías europeas. Afortunadamente, ninguna de ellas ha admitido públicamente utilizar a sus súbditos como aperitivo. Que sepamos.

Uno de los grandes aciertos del guion es que jamás trata a sus lectores como idiotas. No hay páginas enteras explicando cómo funciona este mundo ni personajes deteniendo la acción para impartir una conferencia sobre geopolítica fantástica. Hubert confía en la inteligencia del lector, una costumbre tan poco frecuente hoy en día que casi debería incluirse como reclamo en la contraportada. Eso sí, el autor también asume que tienes paciencia. Si buscas un tebeo en el que ocurran tres explosiones por capítulo y alguien grite «¡Vengadores reuníos!», quizá esta no sea tu obra. Aquí las cosas se cocinan a fuego lento. Muy lento. Como un estofado medieval. O como un humano en la cocina real, llegado el caso.

La narración principal se complementa con El Libro de los Ancestros, una serie de textos que funcionan como una crónica histórica del linaje. Es un añadido magnífico, aunque tiene algo de trampa. Empiezas pensando que será un simple extra y acabas descubriendo que contiene buena parte del alma de la obra. Además, posee ese maravilloso tono de las historias oficiales escritas por vencedores. Porque todos los grandes imperios han necesitado siempre a alguien dispuesto a explicar que las atrocidades cometidas durante siglos eran, en realidad, decisiones muy meditadas y necesarias. La propaganda, al parecer, también existía entre los ogros.

En el aspecto gráfico, Bertrand Gatignol ofrece una auténtica exhibición. Y cuando digo exhibición, me refiero a que hay páginas que merecerían estar colgadas en una pared, siempre que quieras que tus visitas se pregunten si atraviesas algún tipo de crisis existencial. El dibujo es espectacular. Las enormes masas negras engullen las viñetas y convierten el castillo de los Ogros Dioses en un personaje más. Todo transmite decadencia: los salones, los pasillos, las miradas y hasta el aire parece cansado de existir. La sensación de escala es extraordinaria. Los ogros son inmensos, casi divinos, mientras que los humanos apenas son puntos insignificantes en la composición. Hay momentos en los que uno se siente leyendo una versión especialmente deprimente de Gulliver. Una escrita por alguien que acababa de descubrir que el universo es indiferente a nuestros problemas. Y luego está Petit. Vestido de blanco, pequeño, delicado y rodeado de monstruos, parece una vela encendida en mitad de una tormenta. Gatignol juega constantemente con este contraste, recordándonos que el protagonista no pertenece realmente a ningún lugar. Ni es un ogro como los demás ni puede ser humano. Es una anomalía, y el mundo de las anomalías suele ser un sitio bastante desagradable para vivir.

La edición de Tengu es excelente y permite disfrutar del trabajo gráfico en todo su esplendor. Porque este no es un cómic para leer con prisas. Requiere tiempo, atención y cierta predisposición a aceptar que quizá acabes reflexionando sobre la naturaleza del poder, la familia y el destino mientras miras al techo a las dos de la madrugada. Y eso, admitámoslo, no es algo que pueda decirse de todos los tebeos.

Hay algo especialmente cruel en la forma en que Hubert aborda el concepto del determinismo. Desde el principio intuimos que Petit está condenado. No sabemos exactamente cómo ni cuándo, pero el relato nos susurra constantemente al oído que las historias sobre familias malditas rara vez terminan con abrazos colectivos y fuegos artificiales. Es una sensación parecida a ver una película de terror y descubrir que el protagonista ha decidido bajar al sótano. Sabes que es una idea terrible. Él todavía no. Y, aun así, sigues avanzando porque necesitas comprobar hasta qué punto será desastroso.

Lo más admirable de este tebeo es que consigue ser profundamente humano hablando de criaturas monstruosas. Al final, esto no va de gigantes. Va de padres que proyectan sus frustraciones sobre sus hijos, de familias incapaces de escapar de su pasado y de individuos que intentan encontrar su lugar en un mundo empeñado en recordarles que no pertenecen a él. Vamos, lo normal. Solo que con más colmillos y menos sesiones de terapia.

En definitiva, «Los Ogros Dioses: Petit» es una obra magnífica. Oscura, elegante, perturbadora y maravillosamente incómoda. Un cuento medieval para adultos que demuestra que la fantasía todavía puede sorprendernos cuando se atreve a abandonar los caminos más transitados. Eso sí, si después de leerlo llamáis a vuestra madre para decirle que la queréis, no os juzgaré. Al fin y al cabo, hay pocas cosas que hagan apreciar más a la familia que pasar unas horas en compañía de unos ogros gigantes que consideran el canibalismo una respetable tradición dinástica. Y recordad: si alguna vez pensáis que vuestra familia es complicada, al menos nadie os ha sentado a la mesa preguntando si preferís ser heredero del reino o el plato principal.

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