Mucho antes de que la inteligencia artificial nos quitara el sueño, Jack Kirby ya imaginó a un robot que solo quería entender a los humanos. El problema es que los humanos, como siempre, prefieren dispararle antes que invitarlo a un café. Todo eso lo vemos en este primer tomo de «Hombre Máquina: El robot viviente» llega dentro de la línea Marvel Limited Edition TPB de Panini Comics recopilando Machine Man #1-9 y los números de The Incredible Hulk #234-237, en un volumen de 240 páginas que demuestra dos cosas. La primera, que Jack Kirby era incapaz de tener una idea poco ambiciosa. La segunda, que en los años setenta Marvel podía convertir cualquier concepto aparentemente absurdo en algo extrañamente fascinante. Porque, admitámoslo, la premisa tiene todos los ingredientes para convertirse en una película de sobremesa de ciencia ficción. Un robot militar desarrollado por el gobierno adquiere conciencia, es criado como un hijo por su creador y acaba huyendo de las autoridades mientras intenta descubrir qué significa ser humano. Lo que en otras manos podría haberse convertido en una historia olvidable de «robot bueno contra militares malos«, en las de Kirby es una explosión de imaginación, humanidad y paranoia tecnológica marca de la casa.

Aaron Stack, también conocido como X-51, es probablemente uno de los personajes más kirbianos jamás creados. Es un ser artificial que cuestiona constantemente su propia existencia mientras reparte puñetazos mecánicos y estira brazos telescópicos imposiblemente largos. Si alguien puede conseguir que una crisis existencial y unos brazos extensibles funcionen en la misma viñeta, ese es el Rey. La obra nace además como una especie de continuación espiritual de la adaptación que Kirby realizó de «2001: Una odisea del espacio«. Allí presentó a Mister Machine, personaje que posteriormente evolucionaría hasta convertirse en Machine Man cuando los derechos cinematográficos dejaron de estar disponibles. Vamos, que Marvel hizo lo que mejor sabe hacer: coger algo que no podía utilizar legalmente y transformarlo en un personaje completamente nuevo.
Lo maravilloso del cómic es que está impregnado de las obsesiones habituales de Kirby. La relación entre humanidad y tecnología, el conflicto con las instituciones gubernamentales, las preguntas filosóficas sobre la conciencia y, por supuesto, una cantidad considerable de explosiones y personajes con diseños imposibles. Y es que Jack Kirby no dibujaba simplemente cómics. Kirby declaraba la guerra a la anatomía convencional y al concepto mismo de la perspectiva. Sus páginas poseen una energía tan desbordante que parecen estar a punto de salirse del papel. El Hombre Máquina puede tener un diseño aparentemente sencillo, pero transmite personalidad en cada viñeta. Sus expresiones faciales, su lenguaje corporal mecánico y sus absurdamente maravillosos miembros extensibles son puro Kirby en estado de gracia.

Hay que decirlo claramente: este cómic es un producto de finales de los setenta. Los diálogos son abundantes, los personajes explican exactamente lo que están pensando y la sutileza narrativa se toma unas largas vacaciones. Si eres lector habitual del cómic moderno, prepárate para encontrarte bocadillos de texto que podrían considerarse pequeñas novelas cortas. Pero precisamente ahí reside parte de su encanto. El Hombre Máquina pertenece a una época en la que los cómics no tenían miedo de ser excesivos. Todo es más grande, más dramático y más directo. Aaron Stack no tiene una crisis existencial silenciosa mirando al horizonte mientras suena música indie de fondo. No. Aaron te contará durante tres páginas completas por qué se siente incomprendido mientras dispara rayos láser desde las palmas de las manos.
La inclusión de los números de Hulk resulta un complemento estupendo para el volumen. Roger Stern toma el relevo en el apartado del guion y Sal Buscema demuestra una vez más por qué es uno de los dibujantes más infravalorados de la historia de Marvel. El encuentro entre ambos personajes funciona sorprendentemente bien, enfrentando dos de las grandes tragedias vivientes del Universo Marvel. Un monstruo que quiere ser dejado en paz y un robot que simplemente quiere entender qué demonios significa estar vivo.

Sal Buscema aporta un estilo más clásico y limpio que contrasta con el salvajismo visual de Kirby, pero que encaja perfectamente con el tono aventurero de estos episodios. Quizá pierda algo de la personalidad desatada del creador original, pero gana en solidez narrativa y espectacularidad superheroica. En el apartado artístico también merece una mención especial el trabajo de los entintadores Mike Royer, Jack Abel y Mike Esposito. Royer, en particular, era probablemente el mejor compañero posible para Kirby, respetando la energía de sus lápices sin domesticarla en exceso. El color, obra de Petra Goldberg, George Roussos, Elaine Heinl y Bob Sharen, mantiene intacta esa estética setentera que hoy resulta deliciosamente nostálgica.
La edición de Panini Comics junto a SD Distribuciones es otro de esos pequeños milagros editoriales que permiten recuperar materiales que difícilmente ocuparían los primeros puestos en cualquier lista de personajes populares de Marvel. El Hombre Máquina nunca será tan famoso como Lobezno ni venderá tantas camisetas como Masacre. Pero precisamente por eso resulta tan agradable que siga encontrando su espacio en las librerías. Además, este volumen permite descubrir a uno de los personajes más peculiares del Universo Marvel en su etapa fundacional. Aaron Stack es un adelantado a su tiempo. Décadas antes de que la inteligencia artificial dominase los titulares tecnológicos y de que series como Westworld o películas como El Bicentenario nos hicieran cuestionarnos qué significa ser humano, Jack Kirby ya estaba planteándose esas mismas preguntas. Aunque habría que reconocer que el relato de Yo, Robot de Isaac Asimov nos dejo con el alma en vilo con estas ideas.

De ahí que este primer tomo de «Hombre Máquina: El robot viviente» sea un cómic imperfecto, excesivo y tremendamente hijo de su tiempo. Pero también es imaginativo, divertido y sorprendentemente emotivo. Es Jack Kirby haciendo exactamente lo que mejor sabía hacer. Coger una idea aparentemente ridícula y convertirla en una reflexión sobre la humanidad disfrazada de aventura superheroica. Puede que Aaron Stack sea un robot. Pero después de leer este tomo resulta difícil no sentir un poquito de cariño por esta tostadora existencialista con brazos extensibles. Ahora no queda más que esperar la segunda parte para terminar de disfrutar de estas magnificas aventuras.
