En la décima «Biblioteca Marvel Daredevil» que recoge los números 52 al 57 de la colección original, supone el auténtico aterrizaje de Roy Thomas como guionista. Ya había calentado motores en el tomo anterior, pero aquí se nota que empieza a hacer limpieza. Y falta hacía. Lo primero que decide es mandar al desguace uno de los recursos más exprimidos de los primeros años de Marvel: el interminable triángulo amoroso entre Matt, Daredevil y Karen. Un triángulo especialmente brillante porque dos de sus vértices eran exactamente la misma persona. Un prodigio del drama romántico que sólo podía mantenerse vivo gracias a que los personajes sufrían una preocupante alergia a sacar conclusiones lógicas.

Thomas entiende que la serie necesita avanzar. No revoluciona el personaje de la noche a la mañana, pero sí empieza a mover las piezas con una naturalidad que hacía tiempo que no se veía. Matt deja de parecer un protagonista atrapado en un bucle emocional y comienza a comportarse como un adulto funcional (bueno, relativamente funcional). Sigue siendo un superhéroe Marvel de finales de los sesenta, así que tampoco pidamos milagros.
Ese cambio también se refleja en el tono. Daredevil empieza a perder parte del colorido casi infantil de sus primeras aventuras para acercarse a historias con un aire más oscuro. No estamos todavía en la Cocina del Infierno deprimente de los años ochenta, pero sí vemos una intención clara de abandonar a esos villanos que parecían diseñados después de una tarde demasiado intensa viendo un desfile de carnaval.

El tomo arranca cerrando la historia de Starr Saxon, un enemigo bastante interesante que además consigue uno de esos logros que en Marvel duran aproximadamente lo mismo que un helado al sol: descubrir la identidad secreta del protagonista. A partir de ahí aparecen personajes como Mr. Miedo o Cabeza de Muerte, antagonistas con un aspecto mucho más siniestro que ayudan a que la colección empiece a parecerse al Daredevil que acabaría conquistando a generaciones posteriores.
Especialmente divertido resulta Mr. Miedo. Thomas juega con el apodo del Hombre Sin Miedo para convertir precisamente el miedo en el arma definitiva contra Matt. Es una idea sencilla, eficaz y sorprendentemente moderna para la época. De repente las amenazas ya no consisten únicamente en lanzar rayos de colores o construir robots gigantes. Ahora también importa cómo percibe la sociedad a su héroe. Parece mentira, pero incluso en 1969 ya existían las campañas de desprestigio. Hoy simplemente tendrían una cuenta en redes sociales. Luego está Cabeza de Muerte, una mezcla entre leyenda gótica, jinete fantasmal y pesadilla de Halloween. Es imposible no pensar que el personaje parece un primo lejano del Motorista Fantasma antes incluso de que éste existiera oficialmente. No será uno de los grandes enemigos del Hombre Sin Miedo, pero al menos aporta personalidad y demuestra que Thomas quería explorar territorios distintos.

Si Roy Thomas aporta frescura al guion, Gene Colan sigue demostrando que había nacido para dibujar a Daredevil. Su dibujo es cada vez más fluido, los movimientos tienen dinamismo, la acción respira y las escenas urbanas empiezan a tener esa personalidad que convertiría al personaje en uno de los más atractivos visualmente de Marvel. En cambio, Barry Windsor Smith todavía está lejos del artista legendario que acabaría siendo. Aquí se encuentra dando sus primeros pasos y eso se nota. Es fascinante contemplar sus inicios porque ya aparecen pequeños destellos del talento que explotaría años después en Conan, pero también abundan las inseguridades propias de un dibujante joven. Hay una influencia clarísima de Jack Kirby en muchos rostros, y eso significa exactamente lo que estáis pensando: caras angulosas, expresiones exageradas y personajes que parecen capaces de partir nueces utilizando únicamente la mandíbula. El contraste con Gene Colan es considerable. Mientras Colan transmite elegancia y naturalidad, Smith todavía parece estar buscando su personalidad artística. No molesta, ni mucho menos, pero sí sirve para recordar que incluso las leyendas empezaron dibujando como cualquier mortal antes de alcanzar el Olimpo. Las tintas de Johnny Craig, George Klein y Syd Shores mantienen un acabado sólido durante todo el volumen. No hay grandes experimentos, pero cumplen perfectamente su función acompañando unos lápices que, especialmente en el caso de Colan, empiezan a alcanzar un nivel muy notable.
La edición de Panini Comics vuelve a seguir la línea habitual de la colección Biblioteca Marvel. Rústica con solapas, 160 páginas a color, traducción de Gonzalo Quesada, Víctor Rubio y Juanan Cruz. Una edición cómoda, bien presentada y que continúa recuperando una etapa histórica que durante años quedó eclipsada por las versiones posteriores del personaje.

Lo más interesante de este tomo no es que todas las historias sean obras maestras. No lo son. Algunas todavía arrastran la ingenuidad propia de la época y Thomas, como él mismo reconoció implícitamente, necesita unos cuantos números para terminar de encontrar la voz del personaje. Pero precisamente ahí reside parte de su encanto. Estamos asistiendo al momento en que Daredevil empieza a dejar de ser simplemente «otro héroe Marvel» para construir una identidad propia. Este decimo tomo de la «Biblioteca Marvel: Daredevil» comienza una nueva etapa que todavía está en pañales pero que vamos viendo pequeños detalles que pueden gustar a todo el mundo. Si los primeros cincuenta números eran una montaña rusa de identidades secretas, celos y confusiones sentimentales, este tomo es el momento en que alguien pulsa por fin el botón de «saltar introducción«. Roy Thomas empieza a escribir un Daredevil más adulto, Gene Colan lo dibuja cada vez mejor y el lector respira aliviado al comprobar que la serie ha decidido evolucionar. Ya era hora.
