Hay personajes que son hijos de su tiempo. Superman nació en plena Gran Depresión. Spiderman reflejaba las inseguridades adolescentes de los sesenta. Los X-Men hablaban de la intolerancia. Y Deathlok… bueno, Deathlok nació en los años setenta, una década en la que la gente estaba convencida de que el futuro sería una mezcla entre una guerra nuclear, una crisis del petróleo y una portada de Pink Floyd. Y, siendo sinceros, viendo cómo va el mundo en 2026, quizá Rich Buckler no estaba tan desencaminado. Panini Comics junto a SD Distribuciones rescata en este primer Marvel Limited Edition TPB, los Astonishing Tales #25-28 y #30-36 y el Marvel Fanfare #4, once números publicados entre 1974 y 1976 que constituyen una pequeña cápsula del tiempo. Una época maravillosa en la que Marvel todavía permitía a sus autores hacer experimentos sin necesidad de justificarlos con una reunión de ejecutivos, un comité editorial y tres eventos interconectados con veinte portadas variantes.

La premisa es sencilla. Bueno, no, es absolutamente ridícula, pero funciona. Luther Manning es un soldado que muere y es resucitado como un cyborg por Simon Riker, un científico cuyo lema vital parece ser: “¿Qué es lo peor que podría pasar?”. El resultado es Deathlok: mitad hombre, mitad máquina y mitad crisis existencial. Sí, son tres mitades, pero si este cómic ha demostrado algo es que las matemáticas nunca han sido una prioridad. Deathlok es una maravilla visual. Rich Buckler creó un diseño tan icónico que uno se pregunta cómo no ha acabado estampado en camisetas, tazas y tostadoras. El ojo rojo, la mandíbula metálica, la piel grisácea y ese arsenal capaz de iniciar una pequeña guerra regional siguen funcionando cincuenta años después. De hecho, Deathlok parece el personaje que dibujaría un niño de diez años al que le hubieran dado una caja de lápices y le hubieran dicho: “Hazlo más molón”. ¿Una pistola? Más grande. ¿Un cuchillo? Pegado a la pierna. ¿Una cara humana? Solo media. ¿Traumas psicológicos? Todos los disponibles. Y funciona. Dios mío, cómo funciona.
Resulta fascinante comprobar cómo Buckler y Doug Moench construyen un futuro que, desde la perspectiva de 1974, estaba a la vuelta de la esquina. El año 1990 era un páramo postnuclear gobernado por militares, científicos locos y gente muy enfadada. Supongo que era una predicción más optimista que imaginar un mundo dominado por algoritmos que te recomiendan vídeos de gente limpiando alfombras durante tres horas. Lo verdaderamente divertido es la cantidad de ideas que aparecen aquí antes que en otros lugares. ¿Un policía muerto convertido en máquina? RoboCop tomaba notas. ¿Un futuro devastado? Mad Max levantó una ceja. ¿Un hombre y una máquina compartiendo conciencia? Terminator apuntó algo en una libreta. Deathlok es ese músico veterano que lleva cuarenta años diciendo: “Yo ya tocaba esto antes de que fuese comercial”. Y tiene razón.

Sin embargo, conviene advertir al lector moderno: Deathlok es una experiencia. No una lectura. Una experiencia. Luther Manning tiene más monólogos internos que Hamlet en una semana complicada. Y luego está el ordenador. Ay, el ordenador. Ese entrañable sistema informático que comparte cerebro con Luther y que parece diseñado específicamente para demostrar que la inteligencia artificial puede ser insufrible. Uno termina desarrollando una extraña simpatía por ambos. Luther porque tiene que soportar semejante castigo tecnológico, y el ordenador porque debe de ser agotador convivir con un tipo cuya solución a todos los problemas consiste en disparar primero y preguntarse después si había otra alternativa.
El apartado gráfico de Deathlok es, sencillamente, una bofetada de personalidad. Rich Buckler no solo diseñó un personaje; diseñó una declaración de intenciones. En una Marvel que todavía vivía de héroes con mallas impecables y sonrisas relucientes, apareció un cadáver gris con un ojo rojo, media cara metálica y un rifle tan grande que probablemente necesitaba licencia de obra menor para transportarlo. Buckler entendió desde el primer momento que Deathlok debía ser impactante, y cincuenta años después sigue siéndolo.

Hay una energía salvaje en estas páginas que resulta contagiosa. Buckler dibuja como si temiera que le cancelaran la colección al día siguiente y necesitara meter todas las ideas posibles antes de que eso ocurriera. El resultado es un desfile constante de imágenes icónicas: Deathlok crucificado en el laboratorio de Simon Riker, avanzando entre los restos de una América devastada o disparando a un enemigo que huye con la misma tranquilidad con la que otros personajes piden un café. Porque, no nos engañemos, Luther Manning tiene menos reparos morales que un tiburón en una piscina infantil. Lo más curioso es comprobar cómo el diseño de Deathlok ha envejecido mejor que muchos personajes posteriores. Hay algo casi atemporal en esa mezcla de carne, metal y mala leche. De hecho, si alguien me dijera que el personaje fue creado en 1992 por un grupo de autores obsesionados con las armas imposibles, me lo creería… hasta que aparecieran los pies. Porque Buckler, afortunadamente, dibujaba pies.
La serie también sirve para contemplar el desfile de artistas y entintadores que fueron dejando su huella en el personaje. Keith Pollard, Arvell Jones, Bob McLeod, Michael Golden, Pablo Marcos, Al McWilliams, Klaus Janson, Bob Downs, Glynis Wein, Linda Lessmann o Janice Cohen. Por esta gente, Deathlok sigue siendo un tebeo arrollador. Puede que algunas composiciones resulten hijas de su tiempo y que ciertos fondos pidan clemencia en las fechas de entrega, pero la fuerza del conjunto permanece intacta. Buckler creó algo muy difícil de conseguir: un personaje reconocible a veinte metros de distancia. Y eso, en una industria donde cada década produce cientos de héroes condenados al olvido, es casi un superpoder.

Por supuesto, no todo ha envejecido igual de bien. La narrativa de Buckler es tan experimental que en algunos momentos uno sospecha que ni el propio Buckler sabía exactamente qué estaba ocurriendo. Hay subtramas que aparecen y desaparecen. Personajes que entran en escena con gran dramatismo para luego esfumarse durante meses. Villanos que cambian de motivación con la facilidad con la que uno cambia de canal cuando empiezan los anuncios. A medida que avanza la serie, resulta evidente que Buckler y Moench estaban improvisando buena parte del recorrido. Y eso no es necesariamente malo. Hay algo refrescante en leer un cómic que transmite la sensación de que cualquier cosa puede ocurrir. En la Marvel actual, si un personaje estornuda, probablemente haya una hoja de ruta planificada hasta 2032. En Deathlok da la impresión de que el equipo creativo llegaba cada mes, miraba las páginas del número anterior y decía: “Bueno… ya encontraremos una manera de explicarlo”. Y casi siempre la encontraban.
La incorporación de Bill Mantlo en la recta final añade todavía más caos a la mezcla. La colección entra en una espiral de ideas cada vez más extravagantes que desemboca en uno de los finales más desconcertantes de la Marvel setentera. Lo más admirable de Deathlok es que nunca intenta ser otra cosa. No busca ser accesible, ni moderna, ni especialmente coherente. Es un cómic profundamente orgulloso de sus rarezas. Un artefacto de una época en la que los autores todavía podían equivocarse a lo grande y, precisamente por eso, acertar de maneras inesperadas. Porque sí, tiene defectos. Muchos. A veces es confuso. A veces es excesivo. A veces parece escrito por tres personas encerradas en habitaciones distintas sin posibilidad de comunicarse entre ellas. Pero también posee una personalidad arrolladora.

Hoy en día, cuando tantas series parecen diseñadas por algoritmos para maximizar la retención del lector, encontrarse con algo tan extraño como Deathlok resulta casi emocionante. Es un recordatorio de que los cómics pueden ser imperfectos, desordenados y, aun así, absolutamente maravillosos. Panini ha hecho un trabajo excelente recuperando esta etapa, permitiendo que una nueva generación descubra a uno de los personajes más influyentes y menos reivindicados de Marvel. Porque «Deathlok: El Demoledor» merece mucho más reconocimiento. Al fin y al cabo, no todos los días te encuentras con un cómic que fue capaz de adelantarse a medio siglo de ciencia ficción mientras discutía consigo mismo en cada página. Y quizá esa sea la mejor definición posible de Deathlok: un cadáver con ansiedad anticipándose al futuro. La verdad es que hay algo profundamente humano en eso.
