Dicen que nunca hay que volver al pueblo donde creciste porque solo pueden pasar dos cosas: que descubras que todo sigue exactamente igual o que te toque heredar el negocio familiar. En el caso de Theresa le toca la segunda opción. Con el pequeño detalle de que el negocio consiste en leer el tarot, hablar con espíritus, lidiar con vecinos emocionalmente destartalados y comprobar que su árbol genealógico necesita más un exorcista que un genealogista. Con el segundo tomo de «Arcanos Menores», Jeff Lemire vuelve a demostrar que es un maestro haciendo algo que parece facilísimo hasta que intentas imitarlo. Convertir una reunión familiar en una historia de terror psicológico. Porque aquí los fantasmas sobrenaturales dan bastante menos miedo que una conversación entre madre e hija, los secretos pesan más que cualquier maldición ancestral y el verdadero misterio no es qué esconden las cartas del tarot, sino cómo demonios esta familia ha conseguido sobrevivir tantos años sin matarse mutuamente.

Lo más desesperante es que Lemire lleva media vida escribiendo variaciones de la misma historia. Cambia el escenario, cambia los nombres, añade un bosque, una granja, una tienda de cómics o una de tarot y vuelve a reunir a un puñado de personajes incapaces de expresar sus sentimientos sin antes acumular veinte años de traumas. Y, contra toda lógica, el truco sigue funcionando. Uno abre el tomo pensando: «A ver qué nueva desgracia canadiense me espera esta vez«, y cincuenta páginas después está completamente atrapado, preocupado por la vida sentimental de unos personajes que viven en un pueblo donde la mayor atracción turística probablemente sea una ardilla especialmente simpática.
Porque eso tiene mucho mérito. Mientras otros autores necesitan invasiones alienígenas, guerras multiversales o villanos empeñados en destruir la realidad por enésima vez, Lemire logra mantenerte pegado al sofá con una tienda esotérica, un hotel inquietante y un grupo de vecinos que cargan con más equipaje emocional que una telenovela emitida durante treinta temporadas. Es casi ofensivo para el resto de guionistas. Pero también es la prueba de que, cuando un autor domina el arte de escribir personajes, no necesita fuegos artificiales. Le basta con una baraja de tarot y un pueblo donde absolutamente todo el mundo debería plantearse ir al psicólogo.

Theresa continúa siendo el corazón absoluto de la historia. Es un personaje imperfecto, testarudo, irónico y, sobre todo, agotado de cargar con un pasado que parece empeñado en seguir llamando a su puerta. Lemire evita convertirla en la típica heroína destinada a salvar el mundo gracias a unos poderes extraordinarios. De hecho, sus dones sobrenaturales parecen más una condena que un privilegio. Mientras en otros cómics descubrir habilidades especiales implica ponerse un traje ajustado y aprender poses épicas, aquí significa atender a personas desesperadas, enfrentarte a recuerdos dolorosos y asumir responsabilidades que nadie en su sano juicio aceptaría voluntariamente. No parece un gran negocio, la verdad.
La reapertura de la tienda esotérica sirve como eje de muchas de las historias del volumen. El establecimiento acaba convirtiéndose en una especie de confesionario moderno donde los vecinos llegan buscando respuestas que, en el fondo, ya conocen. Cambian al cura por una baraja del tarot, pero la dinámica es prácticamente la misma. Todos quieren que alguien les diga que las cosas van a salir bien. Y, como suele ocurrir en los cómics de Lemire, las respuestas nunca son sencillas.

Uno de los grandes aciertos del autor es que jamás cae en la tentación de explicar demasiado. El componente sobrenatural permanece envuelto en un halo de misterio que hace que el lector dude constantemente de dónde termina la realidad y empieza la magia. Las cartas del tarot, las visiones y el inquietante hotel Edgewater funcionan más como herramientas narrativas que como elementos espectaculares. Aquí la magia no está para lanzar rayos de colores ni abrir portales dimensionales. Está para remover emociones, despertar viejas heridas y complicar aún más unas vidas que ya eran bastante caóticas de por sí. Como si les hiciera falta ayuda.
La relación con su madre tampoco ofrece tregua. Es una de esas dinámicas familiares donde uno entiende perfectamente por qué ambas se quieren y también por qué a veces no soportan estar en la misma habitación durante más de cinco minutos. Las conversaciones entre ellas tienen esa mezcla de cariño, resentimiento y cansancio acumulado que resulta dolorosamente real. Porque, al final, los mayores monstruos de esta historia no llevan colmillos ni cuernos. Llevan décadas sin pedir perdón.

Lemire también sigue desarrollando con paciencia el resto del reparto. Kelly, Melissa y los demás habitantes de Limberlost nunca dan la sensación de estar ahí únicamente para acompañar a la protagonista. Todos poseen conflictos propios, motivaciones creíbles y pequeñas historias que enriquecen la sensación de estar visitando una comunidad viva. Incluso los personajes que aparecen durante pocas páginas dejan la impresión de continuar existiendo cuando el lector pasa la hoja. Es uno de esos detalles invisibles que separan a un buen narrador de uno extraordinario.
Eso sí, quien espere que este segundo volumen acelere el ritmo quizá debería tomarse una tila antes de empezar. Lemire sigue avanzando con la tranquilidad de quien pasea un domingo por la tarde sin ninguna prisa. Cada respuesta genera dos preguntas nuevas, los misterios se expanden lentamente y la sensación es que el autor disfruta haciendo que el lector se impaciente. Hay momentos en los que parece mirarte desde la viñeta para decirte: «Relájate, ya llegaremos«. Es desesperante… y tremendamente eficaz. Porque la historia avanza, aunque lo haga sin estridencias. Poco a poco descubrimos más sobre el pasado familiar de Theresa, sobre el origen de sus habilidades y sobre las fuerzas que parecen mover los hilos desde la sombra. Nada se explica del todo, pero sí lo suficiente para mantener intacta la curiosidad. Es una construcción pausada que exige paciencia, algo que hoy en día parece casi una provocación.

En el apartado gráfico, Jeff Lemire vuelve a demostrar que su dibujo posee una personalidad imposible de confundir. Habrá quien siga diciendo que no es un dibujante espectacular desde un punto de vista académico, y probablemente tengan razón. Pero también es cierto que muy pocos artistas transmiten tantas emociones con trazos aparentemente tan sencillos. Sus personajes están llenos de pequeñas imperfecciones, miradas cansadas y gestos cotidianos que los hacen increíblemente humanos. La incorporación de Letizia Cadonici resulta mucho más natural de lo que cabría esperar. Su estilo respeta el tono de la serie y aporta una oscuridad ligeramente mayor, especialmente en las escenas más inquietantes. El relevo artístico nunca rompe la atmósfera. Al contrario, contribuye a enriquecerla sin que el lector tenga la sensación de estar leyendo dos cómics diferentes. En cuanto al color Lemiere se une a Patricio DelPeche para mantener el estilo de siempre con una tonalidades apagadas y algo brillantes cuando aparece la parte del tarot.
La edición de Astiberri vuelve a estar a un nivel sobresaliente con traducción de Santiago García. La reproducción del dibujo es magnífica, el formato resulta muy cómodo y las cinco cartas del tarot ilustradas por Lemire incluidas en esta primera edición son un extra tan atractivo como coherente con el universo de la serie. No son el típico regalo promocional metido con calzador; aquí tienen todo el sentido del mundo.

En conjunto, este segundo tomo de «Arcanos Menores» confirma que Jeff Lemire sigue jugando en una categoría muy particular dentro del cómic contemporáneo. Mientras medio mercado intenta convencerte de que el fin del universo es un acontecimiento mensual, él insiste en recordarte que una conversación pendiente entre una madre y su hija puede resultar mucho más devastadora que cualquier invasión alienígena. Tiene la desfachatez de escribir un cómic donde lo más emocionante puede ser una lectura de tarot o una discusión familiar… y encima consigue que funcione. Puede que algún lector termine el tomo protestando porque «no pasa tanto«. Y tendrá parte de razón. No explota ningún planeta, nadie golpea a un dios con un martillo mágico y ningún villano amenaza con destruir el continuo espacio-tiempo. Solo pasan cosas mucho más peligrosas: la gente cambia, perdona, recuerda, se equivoca, ama y aprende a convivir con las heridas que nunca terminan de cerrar. Que ya es bastante más complicado que salvar el universo. Al cerrar el tomo queda claro que Lemire sigue repartiendo las cartas de la partida. Nosotros, como lectores, únicamente podemos sentarnos a la mesa y aceptar que, por mucho que intentemos adivinar el futuro, siempre acabaremos cayendo en el mismo hechizo. Abrir el siguiente volumen en cuanto aparezca. Y eso, tratándose de una historia sobre una tienda de tarot en un pueblo perdido, tiene bastante más mérito que salvar el multiverso por decimoséptima vez.
