Agente Veneno. La Colección Completa 1: veterano de guerra al servicio del gobierno

Hay personajes que parecen condenados a repetir la misma historia una y otra vez. Veneno lleva décadas viviendo en un bucle digno del Día de la Marmota: aparece, amenaza a Spiderman, jura que ahora es un Protector Letal, se come un cerebro metafórico (o literal), posa enseñando dientes imposibles y vuelta a empezar. Así que cuando Marvel anunció que el simbionte iba a ser propiedad del ejército de los Estados Unidos y que su nuevo portador sería Flash Thompson, más de uno levantó una ceja. Y no una ceja cualquiera, sino la ceja del lector veterano que ya ha sobrevivido a los noventa, a las hombreras, a los dientes kilométricos y a las incontables miniseries protagonizadas por un moco negro con muy mala leche. Porque sí, El primer volumen de «Agente Veneno», editado por Panini Comics junto con SD Distribuciones, parte de una premisa que sobre el papel suena a fanzine escrito a las tres de la mañana: «¿Y si Veneno fuera una mezcla entre Capitán América, James Bond y Metal Gear Solid?«. La respuesta es que funciona. Y funciona sorprendentemente bien.

En este tomo se recopilan los números Venom #1-16, Venom #13.1-13.4 y material de The Amazing Spider-Man #654 y #654.1 con traducción de Santiago García. Es uno de esos raros casos en los que una reinvención aparentemente absurda acaba convirtiéndose en una de las mejores etapas del personaje. Y eso tiene muchísimo mérito, porque estamos hablando de Veneno, un personaje que durante años fue, esencialmente, un exnovio tóxico de Peter Parker con problemas para gestionar sus emociones.

Los números de The Amazing Spider-Man funcionan como una introducción indispensable. Dan Slott coloca las piezas sobre el tablero y Rick Remender las mueve con una seguridad admirable. Flash Thompson, antiguo abusón de Peter Parker, veterano de guerra y fan número uno de Spiderman, ha perdido ambas piernas en combate. Su vida se ha reducido a recuerdos de tiempos mejores y a la amarga sensación de haber dejado atrás la persona que era. Entonces aparece el gobierno de Estados Unidos con una propuesta difícil de rechazar: servir a tu país, convertirte en un agente encubierto y, de paso, volver a caminar gracias a un simbionte alienígena con un historial francamente preocupante.

La gran idea de esta etapa es que el simbionte no es simplemente un uniforme; es una droga. Cuando Flash se une a Veneno vuelve a correr, vuelve a saltar y vuelve a sentirse completo. Sin embargo, existe una condición: no puede permanecer unido al traje más de cuarenta y ocho horas. Si lo hace, el vínculo será permanente. Remender convierte así el concepto clásico de Veneno en una historia sobre la adicción, el trauma y la necesidad desesperada de recuperar aquello que has perdido.

Los primeros números de la serie son una auténtica declaración de intenciones. Flash es enviado a Nrosvekistan (porque los cómics de superhéroes nunca dejarán de inventar países con nombres que parecen haber sido generados golpeando un teclado) para recuperar un cargamento de vibranium antártico. A partir de ahí, la colección abraza sin complejos su naturaleza híbrida. Una mezcla de thriller de espionaje, cómic de superhéroes y drama psicológico.

Por otra parte, si Flash Thompson es el corazón de la serie, Jack O’Lantern es su gran descubrimiento. Durante décadas, Jack fue uno de esos villanos olvidados que ocupaban las últimas posiciones en cualquier lista de enemigos de Spiderman. Rick Remender lo transforma aquí en un antagonista memorable: un psicópata carismático, brutal y completamente impredecible. Hay momentos en los que parece una mezcla entre el Joker, el Duende Verde y un personaje escapado de un cómic de terror de los años setenta. Sus interacciones con Flash son, sencillamente, magníficas. Sin embargo, donde realmente brilla la colección es en su capacidad para hacerte olvidar que estás leyendo un cómic protagonizado por un moco alienígena. La relación entre Flash y Betty Brant aporta una humanidad inesperada al conjunto. Betty sospecha que algo no va bien. Flash desaparece durante días, se muestra distante y parece estar constantemente al borde del colapso. En cierto sentido, Agente Veneno acaba convirtiéndose en una peculiar historia de Spiderman. Flash hereda todos los problemas clásicos de Peter Parker: una identidad secreta, una vida sentimental desastrosa y una asombrosa capacidad para complicarse la existencia.

La sombra de Peter, además, está presente durante toda la colección. Resulta irónico que el antiguo fan número uno del hombre araña termine convertido en una especie de reflejo oscuro de su héroe. Peter es amado por la ciudad; Flash suele ser confundido con un monstruo. Peter perdió a sus padres demasiado pronto; Flash nunca consiguió escapar de la influencia del suyo. Peter eligió ser un héroe; Flash aceptó un trato con un ser extraterrestre para volver a caminar. Ambos están definidos por el sacrificio, pero el camino que han recorrido es muy distinto. Los números vinculados a Spider-Island podrían haber sido un obstáculo, pero Remender consigue integrarlos sorprendentemente bien. Es cierto que el evento interrumpe parcialmente la trama principal, pero también permite explorar nuevas facetas del protagonista. Mientras Manhattan se convierte en un gigantesco festival arácnido, Flash continúa luchando contra algo mucho más peligroso: él mismo.

En el fondo, esta es una historia sobre padres e hijos. Remender ya había explorado estas dinámicas en los Imposibles X-Force, pero aquí alcanza algunos de sus mejores momentos. El padre de Flash fue un alcohólico abusivo, una figura cuya influencia continúa persiguiéndolo años después. El miedo a convertirse en él, a repetir sus errores, está presente en cada decisión que toma. Resulta difícil no ver al simbionte como una extensión de ese conflicto: una fuerza poderosa, adictiva y potencialmente destructiva que amenaza con consumirlo. Los números 13.1-13.4 profundizan precisamente en este aspecto. Lejos de ser simples complementos, son piezas fundamentales para comprender al personaje. Remender utiliza estas historias para explorar la culpa, la dependencia emocional y la posibilidad del perdón. Son episodios más íntimos, alejados de las explosiones y los enfrentamientos imposibles, pero precisamente por eso destacan tanto dentro del conjunto. La serie funciona como una sucesión de golpes perfectamente calculados. Cuando Flash parece haber encontrado algo parecido a la estabilidad, Remender introduce un nuevo problema. Cuando empieza a aceptar quién es, el simbionte le recuerda quién podría llegar a ser. El resultado es un protagonista constantemente al borde del abismo, y eso lo convierte en uno de los personajes más interesantes que Marvel produjo durante aquella década.

El apartado gráfico merece una mención especial. Tony Moore marca el tono visual de la colección con un trabajo espectacular. Sus páginas están llenas de energía, expresividad y una violencia casi palpable. Además, resulta imposible no apreciar el sospechoso parecido entre Flash Thompson y Rick Grimes, como si Moore hubiera decidido que todos los héroes traumatizados debían compartir rasgos faciales. Humberto Ramos, Lee Garbett, Julian Totino Tedesco, Tom Fowler, Stefano Caselli, Paulo Siqueira, Lan Medina y el resto de artistas mantienen un nivel notable, aunque el constante relevo de dibujantes provoca cierta irregularidad. No llega a ser un problema grave, pero sí se nota cuando Moore abandona la colección. Eso sí, todos coinciden en un aspecto fundamental: el diseño de Agente Veneno es sencillamente perfecto. La combinación de simbionte, armamento militar y estética táctica es una de las mejores reinvenciones de Marvel en lo que llevamos de siglo. Parece increíble que nadie hubiera pensado antes en convertir a Veneno en una mezcla de supersoldado y agente secreto. Una parte que me gustaría destacar de este integral son los números finales que implican a personajes tan salvajes como variopintos. El juego que hace Remender con Hulk Rojo, El Motorista Fantasma, X-23 y el mismísimo infierno parece que no tener sentido, pero según avanzas en las páginas te introduces en la historia de manera bestial.

Quizá lo más sorprendente es comprobar lo bien que ha envejecido esta etapa. Han pasado quince años desde su publicación original y continúa sintiéndose fresca. Sus temas (la discapacidad, la adicción, el trauma, el legado familiar y la búsqueda de identidad) siguen siendo igual de relevantes. Incluso sus defectos forman parte de su encanto: el ritmo algo acelerado de los primeros números, las inevitables interferencias editoriales y la sensación de que algunos personajes secundarios merecían más espacio. Pero esos pequeños problemas quedan eclipsados por sus virtudes. Rick Remender consiguió algo extraordinario: tomar un concepto agotado y transformarlo en una historia profundamente humana. Flash Thompson no sustituye a Eddie Brock; simplemente ocupa un lugar distinto. No intenta ser el nuevo Veneno, sino algo completamente diferente.

El primer tomo de «Agente Veneno La colección completa» es, en última instancia, un cómic sobre segundas oportunidades. Sobre un hombre que perdió las piernas, la dirección de su vida y buena parte de su autoestima, y que encontró una nueva oportunidad en el último lugar imaginable. Un simbionte extraterrestre con un preocupante historial de homicidios. No es una obra maestra absoluta, pero sí una de las mejores reinterpretaciones modernas de un personaje clásico y una demostración más del enorme talento de Rick Remender. Quién iba a imaginar que el mejor uso de Veneno en décadas consistiría en convertirlo en una mezcla entre un soldado universal, Deathlok y un grupo de terapia ambulante. El Universo Marvel es un lugar extraño. A veces demasiado extraño. Pero, de vez en cuando, de esa extrañeza nacen cómics tan buenos como este. Y eso, como diría el propio Flash Thompson, merece un saludo militar, siempre que el simbionte te permita levantar el brazo.

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